jueves, abril 09, 2020

XXVII. El arte de vivir solo [o cinco ideas sobre cambiarse de habitación]


Día veintisiete: jueves 09 de marzo



[Esto debió publicarse hace casi tres meses: demasiado tiempo ya. Cuando estaba mudándome de habitación. De un cuarto breve a otro (un poco) más amplio. De Glenda a María Isabel. Desde una azotea desolada, donde podía imaginar que fumaba mirando la noche nublada, hacia un espacio donde puedo jugar con los alimentos y comer. Varios sucesos en el camino: proyectos, cursos, lecturas, artículos por terminar. Recién ahora puedo editar estas líneas y compartirlas aquí. Supongo que es una manera de mantenerme ocupado y no enloquecer en estos días de encierro. Supongo, también, que es una forma de retomar ciertos hábitos: seguir escribiendo sobre el despojo, por ejemplo]


Es principalmente placentero, creo. No hay horarios específicos, no hay límites más o menos claros. Vivir solo con uno mismo es un arte. Si entendemos ‘arte’ como una posibilidad de creación, como la instauración de nuevos significados. Vivir solo es resignificarse. Y eso, que puede parecer un don –citemos a Capote–, también constituye un látigo. Requiere más de una habilidad. No sé si lo estoy haciendo bien, pero lo estoy haciendo. Así que anotemos algunas ideas-emociones que puedan resumir(te) de qué va todo esto. Son pasajes dispersos pero suficientes. Cinco momentos para remarcar el arte de vivir solo.


I. Queremos tanto a Glenda

Es miércoles al mediodía. Es algún día de diciembre. Estos son los últimos días que probablemente pase en este lugar. He decidido irme, aunque no quiera dejarlo. Desperté hace unos minutos. Anoche, de madrugada, garuó en Lima, en pleno inicio de nuestro verano. Mientras me quedaba dormido, escuché cómo las gotas caían sobre el techo de mi habitación. Vivo aquí hace casi nueve meses. Más, menos. Las gotas cayendo sobre el techo, una a una, humedeciéndolo todo, también mis sueños. Esto último es una frase cliché, lo sé. No obstante eso, la marca de originalidad lo singular es que sonaba Pink Floid cuando desperté. Y eso es lo importante. Lo fuera de lugar. Tocaban esa canción onírica y marihuanesca –como muchas, como casi todas– llamada Breathe (in the Air). Glenda, mi casera, la había puesto a todo volumen. El sonido atravesaba toda la casa: desde su jardín salvaje, en el primer piso, hasta la azotea solitaria donde vivo. No me molesta nada –nada– vivir en un lugar donde se pueda despertar de esta manera.





II. Un recuento rápido de lo que hay

Ahora es una madrugada de viernes. K se fue hace un rato y yo, por fin, puedo escribir estas líneas que vengo pensando/deseando. Hoy también garúa. Gotas gruesas y rápidas. Me gusta la lluvia de verano. Es inesperada y desregula o agudiza todo el ambiente: cuando amanezca, más tarde, la humedad hará que el calor sea insoportable. Y eso me recordará que yo debo huir de esta habitación. Irme de este lugar se ha retrasado un poco más. En unas horas iré al mercado y trataré de comprar alimentos para subsistir estos días: mangos, aceitunas, paltas y jamón. Quiero comer eso. Creo que se han convertido en mis alimentos favoritos. He dejado las sopas instantáneas y trato de comer menos pan (aunque me guste mucho). Si tuviera una refrigeradora conmigo sería mucho más feliz. Si tuviera una cocina, también. Pero este lugar es pequeño (cómodo, pero pequeño) y apenas entro yo y mis libros. El primero de enero tuve que trasladar muchos a la casa de mis padres, como para hacer más espacio aquí. A mi regreso, la habitación lucía un poco más vacía. Hice un recuento rápido de lo que había: libros y revistas, fotocopias (muchas fotocopias), adornos pequeños, prendas que aún no me decido a usar, tarjetas que solo utilicé una vez, bolsas vacías para la basura, zapatos deslustrados, algunas medias, dos potes intactos de lavavajilla, un retablo, una cruz, un poemario autografiado, varias hojas donde hice alguna anotación vana, recuerdos, desechos, nostalgia, agua.


El café, los libros, el mate. Una escena cotidiana.

III. El parque del frente

La primera vez que llegué a este lugar, preguntando por la habitación que alquilaban, Glenda (menuda y gentil, jamás me ha dicho ‘no’, me gusta mucho un cuadro de su escalera) estaba junto a su esposo (silencioso y doméstico, me saluda siempre con los ojos, jamás supe ni sabré su nombre) en la azotea. Trasplantaban un cactus. Mientras me explicaba las condiciones y me preguntaba mi pasado de inexperimentado inquilino “entonces este es el mejor lugar para que comiences”, un sonido extraño empezó a escucharse a lo lejos. Ella volteó, le hizo un gesto a su esposo, luego me miró y señaló los árboles del parque que están frente a su casa. Eran dos aves. Se remecían. Revoloteaban sobre las ramas, jugaban –alardeaban, quizá– con su posibilidad de volar. Ella me dijo que a esa hora se ponían ahí, que siempre podría verlas desde aquí. Eso me convenció. El reconocimiento de cierta sensibilidad que se deja impactar por lo inesperadamente bello. Porque ¿qué clase de persona, en plena transacción comercial, se detiene a contemplar cómo cantan las aves? Eso me convenció, insisto. Unos días después me mudé. A veces, cuando llevo horas encerrado en esta habitación, escribiendo, revisando, contestando, tratando de convertir mis ideas en palabras legibles, salgo a mirarlas. Hoy, por ejemplo, en una noche de febrero, ya casi despidiéndome de este cuarto, las he querido contemplar. Desde la azotea, mientras simulo que fumo, veo a esas aves. O me las imagino. Allí, imperecederas, me enrostran su capacidad para volar.


IV. Algunas noches

En varias noches, como ahora, los extraño. Suelo imaginarlos en el momento de la sobremesa, riéndose. La televisión coloca el sonido de fondo y ellos conversan. Ella se ha demorado en bajar, como casi siempre, y cuando por fin se sienta ellos dos ya van por la mitad de la cena (o del almuerzo). Conversan, se ríen, discuten, siguen conversando. Luego las actividades cotidianas: alguien lavará los platos, alguien más los secará. Hay que darles la comida a los perros. Regresará a su habitación. Él estará sentado sobre la mesa haciendo anotaciones de su trabajo, ella avanzará sus tejidos prometidos. Querrán encender un cigarrillo. Verán la TV hasta entrar en somnolencia, luego se irán a dormir. Ella aún permanecerá despierta tratando de combatir a sus monstruos. Imagino que en algún momento del día me piensan. En varios momentos del día yo los pienso así. Es, por supuesto, una escena idealizada. Pero el recuerdo y la nostalgia suelen trabajar de ese modo: idealizando. Mi hermana me contó que todavía algunos meses después de haberme mudado, mi papá continuaba nombrándome en las “gracias” que suelen darse luego de la cena. Me pareció un gesto tierno y doloroso. Por eso trato de regresar cada fin de semana, para mantenerme al tanto. Nunca es suficiente, claro, pero es. Algo que valoro de estos días en cuarentena, en el que ya vamos veinticuatro días juntos, es eso, precisamente, que estamos juntos. Ahora extraño mi habitación, pero sé que más adelante, cuando la normalidad sobrevenga, volveré a extrañarlos.

El cuadro de Glenda. Subías las escaleras y lo encontabas allí.

V. El sueño de todo voyeur

Tuve una amiga que contaba con orgullo los cuartos donde había vivido. No recuerdo con exactitud si fueron siete o trece, pero le escribí un poema sobre el destierro, los objetos y los amores que había perdido en cada habitación. No sé si en el futuro enumere con orgullo los lugares donde viví, pero sí sé que me gustaría vivir en varios: probar las distintas posibilidades de habitar un espacio propio que constantemente varía. Pensaba en ello mientras transportaba todas mis cosas de una cuadra a otra. Me fui de la casa de Glenda, por fin, un quince de febrero. K me terminó de convencer de que sea así. Pero no me fui lejos: apenas tres cuadras más allá. Le agradecí el espacio, el tiempo, la discreción, los olores y los sonidos. También le pregunté por mi cuadro favorito, aunque no tuve el valor para pedírselo. Antes, mis viejos me ayudaron con el traslado del librero, la cómoda y el escritorio. Yo querría haberlo hecho todo solo, pero habría sido agotador, inútil y un poco estúpido. Felizmente llegaron. K también llegó. En ese momento aún no tenía el cabello azul ni corto, solo el cuerpo erotizado por el sol. Esa noche, luego de debatirnos la vida, fuimos a un concierto. A la mañana siguiente, luego de un almuerzo familiar, volvió conmigo, intacta, y me ayudó a instalarme. En algún momento se quedó dormida sobre mi cama. En algún otro momento dobló la ropa, juntó fotocopias, cargó nuestro rompecabezas. La nueva casera se llama María Isabel (siempre sonríe, es práctica, tiene algunos emojis que usa con regularidad) y el espacio que me alquila tiene acceso a una cocina común más o menos equipada que casi nadie usa. La ventana de mi habitación, grande y luminosa, es lo que más me gusta. Desde aquí puedo contemplar a la gente sin que sepan que yo los miro: es el sueño de todo voyeur. Así que trato, a partir de esta ventana (y de todo lo que puede representar), de hacer mío este lugar. El arte de vivir solo, ya lo decía, es la posibilidad de resignificarse.

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