martes, febrero 12, 2019

III. Aburrido, sudoroso, aletargado… la vida es eso que pasa mientras miras YouTube


DÍA TRES: domingo 10 de febrero


Hoy no hay mucho que contar, porque en días como hoy, cuando no es temporada de exigente y malpagado trabajo, hago muy poco. Despierto bastante tarde, me quedo en cama revisando las vitrinas sociales. Quizá me levanto al baño, a resolver algo sencillo y práctico. Luego vuelvo a echarme. Adormecido, incompresiblemente agotado, permanezco un largo rato en ese estado de somnolencia. Luego, varios días después, cuando la entrega de los pocos pero necesarios pendientes esté al límite, y me desespere, me reprocharé haber perdido el tiempo de esta manera. Lo sé, es un gesto compulsivo. Pero, ahora, en este domingo de verano, segundo de carnavales, permanezco así: aburrido, sudoroso, aletargado.

Antes, en este tipo de temporalidades grises, leía mucho más. ¿Existe algo así como el agotamiento lector? Creo que a veces podría asumir esa interrogante. No me malinterpreten, no intento decir que he leído tantos libros que he terminado hastiado de ellos. Eso sería tonto y vanidoso –y aunque soy ambos, no va por allí la afirmación. Sino a que, últimamente, mi atención es capturada con rapidez y efectividad por lo digital. Las horas se me pasan viendo películas o series, videos de YouTube, Instagram-WhatsApp-Facebook Stories… y ya no en esos libros que tengo acumulados, pendientes. Supongo que me da un poco de vergüenza admitir esto. Pero así es, así ha venido siendo.

Por supuesto, no intento decir que he dejado de leer: siempre quedan las bibliotecas, los buses, los baños (¿cuántos libros he comenzado o terminado allí, carajo!), los hoteles (mientras ella duerme), las esperas en cualquier otro lugar. No me malinterpreten una vez más, por favor. Sigo leyendo, pero con menos recurrencia –y acaso pasión– con que lo hacía hace algunos años. Quizá no he buscado bien, pero el último libro que me sorprendió mucho fue Seda, de Baricco (sí, llegué tarde). Y lo leí hace ocho meses ya. Antes, habría estado atento al consumo de artefactos literarios que me explosionaran el gusto. Ahora, más bien, eso me sucede con lo digital. Supongo que se trata de una fase; en todo caso, algo en mí quisiera que se acabe pronto. Pero el otro algo no.


Un par de portadas de Seda.
El libro que más me gustó el año 
pasado
 y que, por estos días, intento convencer 
a mi hermana de que lo lea.

Esto no es una queja, por si acaso. Gozo estar viendo –con un ánimo coercitivo– las series en Netflix o YouTube del mismo modo con que leí –con desesperación– algunos cuentos de Borges o Cortázar, los poemas de Parra y Eielson, las novelas de Bolaño o del primer Vargas Llosa. Pero ahora ya no siento eso por los textos, sino por el tipo de audiovisual que podríamos calificar de ligth. Y, ante ello, es inevitable no sentir que la cultura letrada, oficial y hegemónicamente racional (y seria, y excluyente pero convincente) me pesa como una culpa sobre el “deber ser”. La pérdida de cierta exigencia en el objeto de consumo me hace muchas veces cuestionarme la viabilidad e importancia de lo que hago: “deberías estar haciendo otra cosa, webón”, me dice algo en mí. Entonces, si ya me lo he repetido varias veces, quizá me pare, me cambie el atuendo, coja un libro (uno serio, me insisto) y abandone por un rato mi adicción a lo digital.

Pero siempre regreso: el síntoma es cíclico, repetitivo. Eso es algo que sabemos y sentimos todos. No te atrevas a negarlo. Así que gocemos el síntoma y asumamos nuestra condición de sujetos que (no) ven la vida pasar mientras (o porque) contemplan YouTube. Mi aporte a esta contemplación es el videoblog Sin fumar: una serie de 12 capítulos en los que el creador de Te lo resumo así nomás –si no conoces aún este canal, eres un procrastinador infame– comparte su abandono del cigarrillo. Es una serie agradable, fresca y divertida, sobre todo en sus primeros capítulos (luego se pone un tanto lineal, pero sigue siendo entreteniendo). Jorge, argentino y fumador desesperado, va contando, semanalmente, qué hace, cómo se siente, qué lo ayudó a evitar el cigarro (o sea, algo como lo que yo estoy haciendo en este espacio, solo que con más presupuesto, en un lenguaje distinto y con dos millones de seguidores más). Este es su primer video:




Para ir acabando (porque al principio dije que no había mucho que contar, pero ya me extendí demasiado), las dos cosas que más me gustan de esta serie web son la ironía rabiosa que Pinarello le pone y esa suerte de reflexión final a la que llega: dejar de fumar es un proceso personal, cada uno lo lleva como puede. Como en el descubrimiento del goce sexual, como en la elección de tu plato favorito, como el aprendizaje del amor, dejar de fumar es un conjunto de elecciones exclusivamente personales. 

Pienso en esto hoy, cuando la ficción del cigarrillo virtual empieza a agotarse y necesito aspirar tabaco para relajar la ansiedad que provoca ciertas decisiones aún no claras. Quizá solo porque hoy domingo me he quedado en casa, no me he atragantado de cigarrillos (aquí siempre fumo menos, aunque todos sean fumadores aquí). En todo caso, si dejar de fumar es un proceso personal, creo que este, para mí, recién inicia; y me aterra pensar que los primeros tiempos siempre resultan fáciles y que lo difícil de una decisión es el transcurso, su sostenimiento, esos intentos por conservarla indemne. 

Necesito distracción: quizá deba coger un libro.