martes, febrero 08, 2022

XXIX. Tres años tres

Día 1097: miércoles 9 de febrero de 2022



Una vez, un profesor, de quien aprendí mucho, me dijo que, cuando todavía era joven y hermoso, se pasaba algunas noches de largo, trabajando, con el hijo y los sueños creciendo, a punta de café, autoexigencia y un inevitable placer por estar haciendo, por fin, lo que quería hacer. No importaba la noche, el cansancio, tampoco la incertidumbre del futuro que, si bien se mostraba promisorio, aún no resultaba del todo perfecto. Solo él y sus sueños. Y los perros románticos.

Bien. Cada vez más, de cierta manera, me da un poco de vergüenza, pero también orgullo, admitirlo, me estoy convirtiendo en ese profesor. En ese sujeto.

Esta madrugada he cumplido tres años sin fumar. Muchos cambios están aproximándose y yo estoy aquí, deteniéndome en la violenta rapidez de estos días, para dar testimonio, en este espacio abandonado, sobre uno de mis hábitos favoritos: consumir cigarrillos.


***


Así que todavía extraño fumar. ¿Pero extraño realmente el acto de fumar o lo que extraño es el conjunto de prácticas que asociaba a la idea de fumar?, ¿es el humo en mi garganta mientras camino lo que verdaderamente extraño o, más bien, la caminata, el humo, mi garganta?

domingo, abril 12, 2020

XVIII. Formas del cambio: ¿qué es el amor después del amor?



Día veintiocho: lunes 13 de marzo


[Escribí estas idea hacia fines de febrero, para un proyecto que no existió, ¿pero que aún podría existir? No lo sé: otra cosa que deberá retomarse cuando los tiempos retomen cierta normalidad]



Uno. Anoche por fin acabé de mudarme. Trasladé todas mis cosas con lentitud y cierta negación cínica del cambio. Recién esta mañana pude terminar de ordenarlo casi todo. Libros, fotocopias, adornos, ropa. Estuve viviendo durante casi un año en un lugar del que no quiero irme, pero en el que ya no puedo vivir. Mientras transitaba todas esas cosas que a uno lo definen (dos libreros, un rompecabezas, varias bolsas de tela, cinco camisas sin planchar), mientras las llevaba de un lugar a otro, comprendí –aunque no sé si el término exacto sea 'comprender'– la melancolía que siento por estos días. Así que cuando casi estaba terminando de ordenarlo todo, y antes de tirarme en cama a lamentarme la vida, coloqué algunas canciones de Fito en el playlist.

Dos. Si la música que oímos diariamente se justifica por algo, si las canciones que tanto nos gustan importan, debe ser por los significados que estas transmiten. Significados emocionales, racionales. Por la manera cómo consolidan, en letra y melodía, algo sobre nosotros. Siento que me pasa eso con El amor después del amor de Fito Páez. Es algo así como mi canción de recomposición. Todos, imagino, debemos tener una canción así. A mí me funciona para esas jornadas en las que me siento algo bajoneado y con ganas de nada. La pongo y me estabiliza. Incluso, creo que estoy algo condicionado por ella. Apenas suenan los platillos iniciales algo en mí se activa. Algo en mí goza. Ya luego el buen humor va llegando, poco a poco, con el devenir de la canción.

Tres. Es cierto: ha sido harto escuchada, es bastante conocida. Esta canción apertura el disco homónimo más vendido de toda la historia argentina y, justamente por ello, le consolidó la fama a Fito. Además, en nuestras poco creativas radios nacionales suena a cada rato (por lo menos dos o tres veces al día). Y, para algunos, también, esta canción está asociada a esa linda película donde dos jóvenes homosexuales descubren sus cuerpos y aceptan sus deseos de modo soterrado pero disidente. En fin, El amor después del amor podría entrar, entonces, en ese rubro de canciones trilladas: la hemos oído por todas partes, muchas veces, de modo perenne y constante, tanto que su valor ya se ha degradado hasta no querer escucharlas más.

Y, sin embargo, pese a lo conocida que es, el título sigue siendo un enigma. Y creo que es oportuno decir algo sobre esta canción, sobre aquello que significa. Sobre todo a partir de la pregunta fundacional que plantea su título: ¿qué es el amor después del amor?

Cuatro. En este momento, ahora mismo, mientras organizo zapatos, desecho comida y doblo cubrecamas; mientras ordeno libros por géneros, me deshago de los papeles inútiles y barro mi nueva habitación, se me ocurren tres posibles respuestas para esta pregunta. Quiero mencionarlas con rapidez y efectividad, como para que la interpretación no se pierda en el “podría haber sido” y, al menos, perdure en este breve espacio digital. Así que estas son las tres posibilidades que se me ocurren ahora para el significado de esta canción llamada el amor después del amor: lo que acontece luego de la escena sexual, eso que queda después del fin de una relación amorosa importante, aquello que sobreviene luego del amor inicial.

Cinco. La primera posibilidad. Creo que la canción de Fito habla de aquello que sucede luego de la escena sexual. Cuando el sexo ha terminado y los cuerpos, un poco más desgastados, un poco más unidos, vuelven a su normalidad. Es un momento importante, porque se pone mucho en juego. Aquí suele decidirse el vínculo entre los amantes. Puede surgir el amor o el rechazo, puedes ponerte confesional y hablar sobre esas cosas que no cuentas a nadie, o puedes inventar una excusa, irte rápido, fugar de la escena del crimen. ¿Cuántas veces hemos escapado, arrepentidos, después de haberlo hecho?, ¿cuántas veces más se ha originado, allí mismo, un sentimiento cercano al amor? Definitivamente es un tiempo importante. La gente fuma cigarrillos, bebe agua, se seca el sudor. Quizá sientes vergüenza y te vistes, o quizá asumes y muestras tu cuerpo desnudo e imperfecto. Y entiéndase esto último de manera literal y metafórica. Cuando acabas de hacer el amor, pareciera decirnos Fito, puede surgir otra forma de amar. Cuando acabas de tirar, decimos nosotros, puede suceder algo más. Algo que se relaciona con ese “rayo de sol” que referencia la canción al principio (un significado de luminosidad, de bienestar, de inicio) y que también se relaciona con esa idea de “una llave por otra llave” (que termina siendo el vínculo del amor). Pero sobre todo “algo” que se justifica en esa frase harto cantada en el coro: “nadie puede y nadie debe vivir sin amor”.

Dicho de otro modo, explicado en simple, resumido: el amor después del amor podría ser la posibilidad de que aparezca otro tipo de conexión –más metafísica, más emocional, más íntima– luego de acontecida la conexión carnal.

Seis. La segunda posibilidad. También pienso en esta canción de Fito como en una que aborda todo eso que permanece luego del fin de una relación amorosa: una forma de mirar distinto a quien fue tu pareja. Aquí, ese amor que viene luego del amor es una forma del buen recuerdo. Me explico. Ya sabemos que con el fin de una relación llega el caos y la desconexión, la soledad, el intento por volver a uno mismo. Y también es cierto que las relaciones amorosas no siempre acaban bien. Pero, a pesar de ello, cuando el amor pasa y el vínculo entre los dos se ha roto, y a pesar de cómo se acabó, creo que con el tiempo uno aprende a mirar con “amor” a ese otro. Se trata entonces de agradecimiento, incluso de cierta comprensión por él o ella. De allí esa frase tan perfecta: “el perfume que lleva el dolor”, es decir, ese intento por acercarse a mirar lo bueno que también posee eso que ya no existe, ese que ya no está. Porque, después de todo, ¿no somos justamente, para bien o para mal, otras personas gracias a nuestros ex? Y esto es algo que también podríamos aplicar a las relaciones amicales o familiares: el fin de estas, cualquiera sea la razón, siempre nos deja saberes, buenos recuerdos, ser algo más de lo que éramos antes.

Se trata, entonces, de aceptar el aprendizaje. Aceptar con gratitud. Aceptar que, pese al fin, esa persona que en algún momento fue importante para ti, contribuyó a ser lo que en estos momentos eres. Pensar de ese modo es también pensar en ese otro amor que llega luego del amor.

Siete. La tercera posibilidad (la que más me gusta, con la que me siento más identificado). El amor después del amor como el sentimiento que surge luego del primer momento amoroso. Ya lo sabemos todos: al principio siempre nos pega fuerte. El amor llega y arremete. Es enérgico e inesperado, transforma algo de ti, te desahueva de maneras impensadas. Pero ese primer momento del amor pasa. El shock inicial se agota más o menos rápido. Y luego acontece lo auténtico: la realidad de los sujetos que se proponen amar. Ciertas ideas, palabras, modos, acciones que no viste al inicio. Cuando ese primer momento del amor pasa, y si los sujetos implicados están dispuestos a comprometerse en serio, llega el otro amor: uno más maduro, uno más sabio. Este es un momento super decisivo: allí se juega mucho de la capacidad del diálogo, la comprensión mutua, el destierro del orgullo y cierto cinismo solipsista con que nos han educado. Se trata de poder sostener ese acontecimiento llamado amor. De poder ser fiel –y por tanto hacer perdurar– a la verdad, al mito, que ese sentir ha instaurado en nosotros.

Entonces esta es la tercera posibilidad para esta canción: el amor más sabio (una promesa de futuro) que llega luego del amar inicial. De allí que en esta interpretación sea fundamental esa parte en la que Fito dice: “me hice fuerte ahí, donde nunca vi: nadie puede decirme quién soy. Yo lo sé muy bien, te aprendí a querer”. Ese aprender a querer es la clave. Uno se enamora de manera intempestiva e inesperada, pero amar, verdaderamente amar, es todo un aprendizaje emocional que se adquiere con el tiempo, con las ganas, cuando el amor inicial ya pasó.

Ocho. Estas han sido mis tres posibilidades de interpretación: el amor después del amor como conexión, el amor después del amor como gratitud, el amor después del amor como promesa de futuro. Lo similar en ellas es la forma del cambio. Sea cual sea la posibilidad interpretativa que más te guste de todo lo que aquí he mencionado, todas estas versiones hablan de cómo se cambia, de cómo los sujetos y sus emociones –al igual que yo en estos momentos– van mudándose de lugar, de espacio, de sentir. Todo se moviliza. De eso habla esta sabia canción. Qué bueno que sea así.


jueves, abril 09, 2020

XXVII. El arte de vivir solo [o cinco ideas sobre cambiarse de habitación]


Día veintisiete: jueves 09 de marzo



[Esto debió publicarse hace casi tres meses: demasiado tiempo ya. Cuando estaba mudándome de habitación. De un cuarto breve a otro (un poco) más amplio. De Glenda a María Isabel. Desde una azotea desolada, donde podía imaginar que fumaba mirando la noche nublada, hacia un espacio donde puedo jugar con los alimentos y comer. Varios sucesos en el camino: proyectos, cursos, lecturas, artículos por terminar. Recién ahora puedo editar estas líneas y compartirlas aquí. Supongo que es una manera de mantenerme ocupado y no enloquecer en estos días de encierro. Supongo, también, que es una forma de retomar ciertos hábitos: seguir escribiendo sobre el despojo, por ejemplo]


Es principalmente placentero, creo. No hay horarios específicos, no hay límites más o menos claros. Vivir solo con uno mismo es un arte. Si entendemos ‘arte’ como una posibilidad de creación, como la instauración de nuevos significados. Vivir solo es resignificarse. Y eso, que puede parecer un don –citemos a Capote–, también constituye un látigo. Requiere más de una habilidad. No sé si lo estoy haciendo bien, pero lo estoy haciendo. Así que anotemos algunas ideas-emociones que puedan resumir(te) de qué va todo esto. Son pasajes dispersos pero suficientes. Cinco momentos para remarcar el arte de vivir solo.


I. Queremos tanto a Glenda

Es miércoles al mediodía. Es algún día de diciembre. Estos son los últimos días que probablemente pase en este lugar. He decidido irme, aunque no quiera dejarlo. Desperté hace unos minutos. Anoche, de madrugada, garuó en Lima, en pleno inicio de nuestro verano. Mientras me quedaba dormido, escuché cómo las gotas caían sobre el techo de mi habitación. Vivo aquí hace casi nueve meses. Más, menos. Las gotas cayendo sobre el techo, una a una, humedeciéndolo todo, también mis sueños. Esto último es una frase cliché, lo sé. No obstante eso, la marca de originalidad lo singular es que sonaba Pink Floid cuando desperté. Y eso es lo importante. Lo fuera de lugar. Tocaban esa canción onírica y marihuanesca –como muchas, como casi todas– llamada Breathe (in the Air). Glenda, mi casera, la había puesto a todo volumen. El sonido atravesaba toda la casa: desde su jardín salvaje, en el primer piso, hasta la azotea solitaria donde vivo. No me molesta nada –nada– vivir en un lugar donde se pueda despertar de esta manera.





II. Un recuento rápido de lo que hay

Ahora es una madrugada de viernes. K se fue hace un rato y yo, por fin, puedo escribir estas líneas que vengo pensando/deseando. Hoy también garúa. Gotas gruesas y rápidas. Me gusta la lluvia de verano. Es inesperada y desregula o agudiza todo el ambiente: cuando amanezca, más tarde, la humedad hará que el calor sea insoportable. Y eso me recordará que yo debo huir de esta habitación. Irme de este lugar se ha retrasado un poco más. En unas horas iré al mercado y trataré de comprar alimentos para subsistir estos días: mangos, aceitunas, paltas y jamón. Quiero comer eso. Creo que se han convertido en mis alimentos favoritos. He dejado las sopas instantáneas y trato de comer menos pan (aunque me guste mucho). Si tuviera una refrigeradora conmigo sería mucho más feliz. Si tuviera una cocina, también. Pero este lugar es pequeño (cómodo, pero pequeño) y apenas entro yo y mis libros. El primero de enero tuve que trasladar muchos a la casa de mis padres, como para hacer más espacio aquí. A mi regreso, la habitación lucía un poco más vacía. Hice un recuento rápido de lo que había: libros y revistas, fotocopias (muchas fotocopias), adornos pequeños, prendas que aún no me decido a usar, tarjetas que solo utilicé una vez, bolsas vacías para la basura, zapatos deslustrados, algunas medias, dos potes intactos de lavavajilla, un retablo, una cruz, un poemario autografiado, varias hojas donde hice alguna anotación vana, recuerdos, desechos, nostalgia, agua.


El café, los libros, el mate. Una escena cotidiana.

III. El parque del frente

La primera vez que llegué a este lugar, preguntando por la habitación que alquilaban, Glenda (menuda y gentil, jamás me ha dicho ‘no’, me gusta mucho un cuadro de su escalera) estaba junto a su esposo (silencioso y doméstico, me saluda siempre con los ojos, jamás supe ni sabré su nombre) en la azotea. Trasplantaban un cactus. Mientras me explicaba las condiciones y me preguntaba mi pasado de inexperimentado inquilino “entonces este es el mejor lugar para que comiences”, un sonido extraño empezó a escucharse a lo lejos. Ella volteó, le hizo un gesto a su esposo, luego me miró y señaló los árboles del parque que están frente a su casa. Eran dos aves. Se remecían. Revoloteaban sobre las ramas, jugaban –alardeaban, quizá– con su posibilidad de volar. Ella me dijo que a esa hora se ponían ahí, que siempre podría verlas desde aquí. Eso me convenció. El reconocimiento de cierta sensibilidad que se deja impactar por lo inesperadamente bello. Porque ¿qué clase de persona, en plena transacción comercial, se detiene a contemplar cómo cantan las aves? Eso me convenció, insisto. Unos días después me mudé. A veces, cuando llevo horas encerrado en esta habitación, escribiendo, revisando, contestando, tratando de convertir mis ideas en palabras legibles, salgo a mirarlas. Hoy, por ejemplo, en una noche de febrero, ya casi despidiéndome de este cuarto, las he querido contemplar. Desde la azotea, mientras simulo que fumo, veo a esas aves. O me las imagino. Allí, imperecederas, me enrostran su capacidad para volar.


IV. Algunas noches

En varias noches, como ahora, los extraño. Suelo imaginarlos en el momento de la sobremesa, riéndose. La televisión coloca el sonido de fondo y ellos conversan. Ella se ha demorado en bajar, como casi siempre, y cuando por fin se sienta ellos dos ya van por la mitad de la cena (o del almuerzo). Conversan, se ríen, discuten, siguen conversando. Luego las actividades cotidianas: alguien lavará los platos, alguien más los secará. Hay que darles la comida a los perros. Regresará a su habitación. Él estará sentado sobre la mesa haciendo anotaciones de su trabajo, ella avanzará sus tejidos prometidos. Querrán encender un cigarrillo. Verán la TV hasta entrar en somnolencia, luego se irán a dormir. Ella aún permanecerá despierta tratando de combatir a sus monstruos. Imagino que en algún momento del día me piensan. En varios momentos del día yo los pienso así. Es, por supuesto, una escena idealizada. Pero el recuerdo y la nostalgia suelen trabajar de ese modo: idealizando. Mi hermana me contó que todavía algunos meses después de haberme mudado, mi papá continuaba nombrándome en las “gracias” que suelen darse luego de la cena. Me pareció un gesto tierno y doloroso. Por eso trato de regresar cada fin de semana, para mantenerme al tanto. Nunca es suficiente, claro, pero es. Algo que valoro de estos días en cuarentena, en el que ya vamos veinticuatro días juntos, es eso, precisamente, que estamos juntos. Ahora extraño mi habitación, pero sé que más adelante, cuando la normalidad sobrevenga, volveré a extrañarlos.

El cuadro de Glenda. Subías las escaleras y lo encontabas allí.

V. El sueño de todo voyeur

Tuve una amiga que contaba con orgullo los cuartos donde había vivido. No recuerdo con exactitud si fueron siete o trece, pero le escribí un poema sobre el destierro, los objetos y los amores que había perdido en cada habitación. No sé si en el futuro enumere con orgullo los lugares donde viví, pero sí sé que me gustaría vivir en varios: probar las distintas posibilidades de habitar un espacio propio que constantemente varía. Pensaba en ello mientras transportaba todas mis cosas de una cuadra a otra. Me fui de la casa de Glenda, por fin, un quince de febrero. K me terminó de convencer de que sea así. Pero no me fui lejos: apenas tres cuadras más allá. Le agradecí el espacio, el tiempo, la discreción, los olores y los sonidos. También le pregunté por mi cuadro favorito, aunque no tuve el valor para pedírselo. Antes, mis viejos me ayudaron con el traslado del librero, la cómoda y el escritorio. Yo querría haberlo hecho todo solo, pero habría sido agotador, inútil y un poco estúpido. Felizmente llegaron. K también llegó. En ese momento aún no tenía el cabello azul ni corto, solo el cuerpo erotizado por el sol. Esa noche, luego de debatirnos la vida, fuimos a un concierto. A la mañana siguiente, luego de un almuerzo familiar, volvió conmigo, intacta, y me ayudó a instalarme. En algún momento se quedó dormida sobre mi cama. En algún otro momento dobló la ropa, juntó fotocopias, cargó nuestro rompecabezas. La nueva casera se llama María Isabel (siempre sonríe, es práctica, tiene algunos emojis que usa con regularidad) y el espacio que me alquila tiene acceso a una cocina común más o menos equipada que casi nadie usa. La ventana de mi habitación, grande y luminosa, es lo que más me gusta. Desde aquí puedo contemplar a la gente sin que sepan que yo los miro: es el sueño de todo voyeur. Así que trato, a partir de esta ventana (y de todo lo que puede representar), de hacer mío este lugar. El arte de vivir solo, ya lo decía, es la posibilidad de resignificarse.

lunes, noviembre 04, 2019

XXVI. La historia no es tan sencilla

Día veintiseis: martes 05 de noviembre


La historia no es tan sencilla. Ambos lo sabemos bien. Me la has contado en fragmentos inconexos. Una suerte de rompecabezas emocional que yo he ido armando en distintos momentos sin tener un plano claro. Sin poseer una imagen final (ni certera) de lo que estos episodios, reunidos en conjunto, podrían significar. Aunque creo que aquí estoy mintiendo: sé a dónde conducen (al menos en apariencia), también qué imagen logran en conjunto. Lo primero que me contaste fue que tu ex te seguía escribiendo. Acabábamos de conocernos, todavía fumaba y me dijiste, como quien cuenta algo normal, que sí, que todavía él te seguía escribiendo. 

Solo unos meses después, cuando ya nos acostábamos con regularidad, entendí que él te escribía insultos. También te chantajeaba. Videos y fotos, creo. No estoy seguro de esto último. Pero había una amenaza constante allí. Estabas en clases (aún no las abandonabas), en casa. Y llegaba un mensaje de texto. Temblabas, su presencia digital te desconcentraba. Había ansiedad. Necesitabas encender otro cigarrillo sabor sandía y seguir contándomelo. Lo tenías bloqueado de todas las redes, pero los mensajes siempre aparecían. Ahora, a varios años de esas tardes, recuerdo cómo me confiabas todo eso y cómo no me importaba mucho. No puedo evitar sentir cierta vergüenza al pensarlo. Al escribirlo. 

Te deseaba. Yo solo te deseaba. Tus piernas hermosas y breves, tu cara siempre suave, tu olor, tu humedad. Pero no tus palabras. Solo te deseaba como un cuerpo en el que podía ahogarme de placer con desesperación y recurrencia. Sé que te escuchaba y que repreguntaba (y a veces eso contribuía a reorientar tus monólogos), pero creo que no me importaba mucho lo que decías. Era un oidor pasivo e inoperante, incapaz de comprender. Ya lo sé: tampoco es que yo me encontrara tan saludable. Lamento justificarme así. Eran años en los que necesitaba dos o tres pastillas diarias para estabilizarme. Para no hundirme en el charco de voces (y culpas) que solían aparecer. 

Luego dejaste de hablarme. Una pausa prolongada en la que mis venas se abrieron solo un poco más. Al volver, tú también tenías marcas. En el vientre, en la ceja, en la rodilla izquierda. Un aborto en tiempos más allá del requerido, una cachetada que te envió contra los bordes de una mesa de noche, una caída al intentar bajar corriendo las escaleras de su casa. Te pregunté por qué habías vuelto con él. Porque me sentía sola, porque me gustaba, porque había algo en sus palabras que me hacían sentir. Que te hacía sentir. ¿Qué te hacía sentir? 

Te quedaste a dormir unas semanas conmigo. Recién estaba instalándome. Había retomado la terapia. Mis libros estaban en cajas, las ollas también. Me recortaron la mensualidad. No salía mucho de casa. Solo una vez, cada dos o tres días, para comprar cigarrillos, pan, sopas instantáneas, atunes, chocolates y leche. En ese tiempo creía que las propiedades desintoxicadoras de la leche podían extenderse hasta mis adicciones. Una vez preparaste salsa roja, la comimos en silencio. Estaba rica. Recuerdo que esa noche lo hicimos con calma, con una paciencia infinita que no me conocía. Recuerdo también que ninguno llegó al orgasmo: me quedé dentro tuyo, adormecido y calmado. 

Cuando empezaba a enamorarme de ti, te fuiste otra vez. Con mi familia, no sé por cuánto tiempo, me respondiste. Puedes retomar, yo estoy intentándolo también, podríamos intentarlo juntos, insistí. Esa vez sí quería escucharte en serio. Me miraste con ternura. Tú no entiendes nada, pequeño adicto. Me dejaste uno de tus polos como regalo. Llevaba la cara de la princesa Leia y debajo, en homenaje a Bowie, unas letras rojas que cantaban Rebel, Rebel. Lo usé durante mucho, hasta olvidar que inicialmente fue tuyo. 



Luego recaí y esta vez me internaron y tuve tanta mierda encima que dejé de pensarte. Uno o dos años después, Esteban me contó que te había hallado en esa fiesta. Y que pasó eso. Eso que ahora quiero contar. El motivo de este correo que no enviaré. Todo este preámbulo para expresar en palabras torpes e inútiles cómo esa noche, en la fiesta por los treinta años de ese imbécil, cogiste el cuchillo. El cuchillo que cortaría la torta. Allí, delante de todos, para amenazarlo, para vengarte. Para quitarle, por fin, la máscara de hijo ejemplar, de buen estudiante, de amigo solidario que golpea a su novia a escondidas. Dejar el anonimato para que todos se enteren la mierda de persona que era. Que es. 

Pero todo salió mal. Y era previsible. No había otra forma de que eso saliera así. Esteban cuenta, exagerado y torpe, brusco e ignorante. Lo odio, pero es quien me lo cuenta. No estaba borracha ni drogada, al menos no parecía estarlo. Yo fui uno de los que la agarró. Gritaba incoherencias. Llegó a pasarle el cuchillo encima de la casaca, sí, se la cortó un poco. Pero la agarramos rápido. Como una loca, huevón, imagínate, como una loca poseída. Estaba dolidaza, no paraba de gritar. 

No, no es así. Le digo a Esteban que tú me contaste que él te golpeaba. No me cree. Nadie nos cree. Todos han asumido que te comportaste así porque él te dejó. Por fin. Luego de tantos años. Después de tanto terminar y regresar. Te dejó, por fin. Solo fuiste a la fiesta para querer cagarlo, porque estabas celosa, porque no aceptabas que te dejara. Porque le dieron la beca además, ¿cómo no iban a dársela? Se va el próximo semestre. Es mejor alejarse de ti. Se habían vuelto tan tóxicos. 

No puedo seguir escuchándolo. Me invento una excusa. Regreso al carro a buscar mis cigarrillos. Solo queda uno. Lo enciendo, camino en busca de más. No tengo efectivo. Lo descubro recién en la tienda. No aceptan tarjetas. Estoy discutiendo con el tipo de la tienda. Le estoy gritando por no aceptar tarjetas. En medio de los gritos me doy cuenta de lo estúpido que soy. Me corto. Le digo disculpa, me voy. Quiero más cigarrillos, quiero fumar, quiero gritar, quiero llorar. Quisiera buscarte. Quisiera abrazarte y olerte. No tengo tus números, te perdí el contacto en redes hace mucho. Solo este correo aparece. Así que estoy escribiéndote. Aquí estoy intentando escribir parte de nuestra historia. No es tan sencilla.

sábado, agosto 17, 2019

XXV. Nunca es suficiente para mí


Día veinticinco: sábado 17 de agosto


Es sábado por la noche y estoy estimulado por el humo que no fumo. Vengo escuchando a Natalia Lafourcade desde hace unas horas. Anoche Kristhel me hizo prestar atención a algunas de sus canciones. Quizá como queriendo dedicármelas, pero sin decirlo explícitamente.


Lafourcade cantando a través del humo

Nunca es suficiente me ha parecido bastante honda. Me conmueve. Creo que me gusta muchísimo la facilidad con que expresa el desamor en uno de sus puntos más dolorosamente agudos: el momento exacto de la comprensión atroz (tú eliges si será breve o extensa) de que todo se acabó.

Solo quien ha terminado una relación amorosa importante, de esas que cambian y enrumban la vida, de esas que marcan y que con el recuerdo fresco todavía provocan calambres en el alma, solo ellos, solo ellas, los sobrevivientes del desamor, saben lo difícil e insoportable que puede llegar a ser ese momento exacto.

Esta canción, lenta y llorosa pero bella, habla de ello. Del momento en que el amante, ese sujeto al que nos hemos entregado, se va. Quizá no físicamente (porque podrían pasar todavía unos meses, unos años hasta verbalizarlo o decidirlo), pero sí del ‘nosotros’: cuando entiendes que, como canta Natalia, ese que amabas se perderá en los recuerdos por haberte hecho llorar.

De toda la canción, esta parte me conmueve mucho:
"Mi corazón estalla por tu amor y ¿tú qué crees?, ¿que esto es muy normal? Acostumbrado estás tanto al amor que no lo ves, yo nunca he estado así: si de casualidad me ves llorando un poco es porque yo te quiero a ti."
Creo que me he sentido en ambas posiciones: como el que canta esas letras y como al que se las cantan. Es el reclamo legítimo, entre esos dos que ya no son uno, de quien ha sido menos amado. Tan acostumbrado has estado a que te ame de esa manera que no has sido capaz de comprender la verdadera dimensión de lo que significa mi amor: esa es la exigencia. No es poca cosa, pues avizora la grieta insalvable que ahora los separa.

Hay varias versiones. La del Spotify Session me gusta por lo íntimo que resulta. La versión oficial me gusta por su videoclip. Comienza con una cama que gira mientras va mostrando varias parejas en sus diferentes desencuentros: el aburrimiento, lo que agota, ese final que se aproxima. Llama la atención lo que aquí se propone con los personajes: cómo se transita con tanta facilidad de esa proximidad amorosa al contacto agresivo, de los abrazos a los golpes. Acaso porque ambas situaciones son formas del contacto corporal, acaso porque ambos gestos –los golpes, los abrazos– son los símbolos de lo más irracional que tiene el amar: la pasión, la desesperación.



Nunca es suficiente para mí es, por tanto, un himno a esa declaración que, un poco escondida, contiene la canción: “yo quisiera hacerte más feliz”. Pero claramente no puedo. Así que solo queda aceptar el fin. Cantar la pena, musicalizarse el dolor y seguir. Seguir.


jueves, agosto 15, 2019

XXIV. 187 días sin fumar: mi amistad con Campo B



Día veiticuatro: miércoles 14 de agosto


I

Llevo 187 días sin fumar.
Seis meses y seis días exactamente.
Alrededor de cuatro veces más la propuesta que inicialmente me atribuí en este espacio.
(cuatro, como las partes de este texto confesional)

Que no se piense que escribo estas líneas para presumir mi abstinencia, lo hago tan solo para evidenciar mi ansiedad.

Porque esta es –quizá– una forma de retomar este espacio: como quien vuelve a su habitación después de un largo viaje y halla sus cosas, sus recuerdos, una parte de su vida, intactos.

Intactos en este lugar.


II

Así que quiero contar o, para ser más exacto, interpretar aquí –con ligereza y brevedad– la historia de mi amistad con Campo B. Me gustaría afirmar que esta fue una relación ejemplar sobre los modos en que he sobrellevado mis aproximaciones amicales (el símbolo de algo fallido que no logro identificar con claridad). Pero no estoy seguro de que las palabras que aquí escribo alcancen para sostener algo así.

¿Ausencia de representatividad? Tal vez.

Aunque probablemente se trate de mi incomodidad por revelar tanto a partir de tan poco.

(Quizá sea, más bien, esa incapacidad para sujetarse completamente a la verdad que todo testimonio conlleva. Porque el recuerdo de uno siempre termina ficcionando algo de lo relatado: unas palabras inexactas, el tono impreciso con que se dijo, la secuencia variable de los hechos. Simular es re-crear. Y probablemente solo lo colectivo garantice una aproximación verosímil a los hechos. Probablemente solo nuestras dos voces podrían acertar sobre lo que fue nuestra amistad. Y este espacio digital es tan monologante...)

Así que advierto: esto resultará incompleto, intervenido y algo ficcionado: quizá falseable, pero no falso.

Borges, indudablemente.

III

Esteban conoció a Campo B en el colegio. Cuando tenían catorce o quince años: más, menos. Y siempre le pareció un tipo raro. De esa rareza que se ubica con difícil claridad entre la brillantez y la estupidez. Entre lo ridículo y lo asombroso. Ya por esas épocas, esos compañeros que odiábamos mucho –porque eran tontos, porque no leían o veían lo que nosotros sí, porque se divertían de un modo que resultaba imposible (e inalcanzable) para nosotros– le decían ‘el viejo’ o ‘el abuelo’. No recuerdo exactamente cuál era el apodo, pero era un término vinculado con su seriedad. Con su silencio. Con esas expresiones duras y aparentemente frías que le conoció tan bien. Con su modo de aproximarse a los demás. Era un tipo diferente. Y a Esteban (que ya andaba tan solo en esos años) le llamó mucho la atención. Eso, en principio.

Empezaron a frecuentarse por Borges. Él le prestó por primera vez El Aleph y Ficciones: algo que debería bastar para hacerte amigo de alguien. También porque ambos venían de familias con trabajos más o menos precarios que no alcanzaban para pagar las boletas mensuales de esa jaula religiosa. Así que, sin poder entrar a clases, se quedaban afuera del colegio, conversando sobre lo que luego empezarían a llamar con demasiado fanatismo (y simplicidad) el sistema capitalista. Creo que también hablaban sobre dios. En esa época lo recuerda así: delgado, con ese uniforme escolar horrible, con unos pómulos levemente alterados por el acné; los inicios de una barba que siempre se mantuvo incipiente, breve e hirsuta; dedos largos, labios algo trompudos, orejón, cara ovalada. Hablaban, hablaban mucho.

Hicieron teatro juntos, entraron a la universidad en carreras más o menos cercanas. Aunque a Esteban no le guste aceptarlo (o contarlo), coquetearon –aquel más que él– con un partido de izquierdas hoy ya desacreditado. Presentaron en su viejo local la veintiúnica obra de su grupo llamado Ulises (en claro homenaje a Joyce). Una obra en clave de farsa que parodiaba la política latinoamericana. El argumento era sencillo: dos mendigos que juegan a gobernarse van pasando por distintos estadios –monarquía, democracia, dictadura–, hasta que uno se cansa y hace la revolución. La gente solía reírse mucho con esa obra. Yo creo que eran divertidos y únicos sobre el escenario. Tenían bastante química.

Por esa época hacían muchas cosas juntos: salían a caminar, veían exposiciones, nadaban, jugaban básquet, hablaban sobre pornografía, drogas y algunas formas para seducir mujeres. Alguna vez se emborracharon. Otra vez se quedaron varados a mitad de la noche en el centro de la ciudad y nadie quiso llevarlos. Compartían lecturas, películas, problemas familiares, canciones de Silvio. Era claramente una amistad fuerte, intensa. Se decían hermanos. Se querían mucho. Esteban solía acompañar a Campo B, incluso le regaló un poemario de Brecht. Campo B hizo entender a Esteban algunas cosas que él no quería ver. Era una amistad masculina que se miró con sospecha, que resultó fragilizada, cuestionada. Muchos, cercanos y ajenos, pensaron alguna vez –en broma y en serio– que eran una pareja. Dos hombres no pueden andar juntos mucho tiempo, les decían. Y era difícil: ahora mismo, mientras le dicto a Esteban estas palabras recuerdo lo difícil que era abrazarnos, decirle que era una persona muy importante para mí, que su amistad me había salvado muchas veces del delirio de sentirme solo y abandonado. Dos hombre no podían ser amigos, insistían.

Pero de alguna forma eso terminó siendo verdad. Demasiado tiempo juntos fue una fórmula que terminó agotándose. En algún momento ya no se soportaron. Campo B era un ofidio intenso en sus críticas, en sus ganas de hablar, en sus maneras de querer que lo quieran. Esteban era un caballo desbocado, gozosa y patéticamente herido, ridículo en sus manifestaciones de poder. Eso es todo lo que diré. Sin detalles específicos sobre el desamor, la lucha por ciertas posiciones o los abismos de su amistad. Porque no se habla mal de los muertos.

En algún momento de la Historia, estos cigarrillos solían costar dos por cincuenta centavos.

 IV

Así que cerremos esto de una puta vez. Si escribo aquí sobre Campo B. Si me performo en Esteban para hablar de mi amigo de adolescencia y primera juventud –ese sujeto que ya no volví a ver más, que una noche simplemente desapareció de mi vida– es porque quiero contar cómo le enseñé a fumar.

Fue sencillo: compré un par de Pall Mall mentolados en la rotonda de Letras, la de baños inmundos. Y de mi cajetilla de fósforos saqué algunos cerillos. Los encendí, aspiré. Le pasé el cigarro. Él no aspiró, sino que lo chupó. Creo que lo insulté por haber mojado el filtro, creo que me respondió, creo que nos divertimos. Nos acabamos ese cigarrillo rápidamente y luego le pedí que encendiera el otro. No le fue bien al principio, pero terminó funcionando. Ya no recuerdo si se atoró. Tampoco si le enseñé a golpear el humo allí. Hicimos eso porque en una presentación que el grupo Ulises tenía (nos pagaron cincuenta soles) él debía fumar. 

Y ya que no sabía, yo –Esteban– aproveché la ocasión.

Luego volvimos a fumar varias veces. Me pregunto si aún ahora lo hace. En una de nuestras últimas noches, me dijo que se sentía muy agobiado por todo lo que mi presencia significaba para él. Me has hecho mucho daño, creo que me dijo. Y yo, que a esas alturas ya no me importaba casi nada, simplemente le di la razón. Luego confesó algo, creo que emocionado, y se fue.

Por supuesto, hay detalles en los que aquí no me detendré. Algunos que pasan rápidamente por mi cabeza ahora, digo, por la cabeza de Esteban: los argumentos de cuentos que me dio, la relación con su padre, su hermana G a quien nunca pude acercarme bien, su linda y pequeña casa, su madre, las cosas que le dijo a Sé, las que también le dijo a A. Cómo se enamoró de A. Cómo no supe decirle que A no lo quería a él, sino a mí. Las tardes y noches en que hablaba y hablaba y hablaba y yo solo lo escuchaba (creo que aprendí algo sobre el arte de escuchar allí). Las maneras en que teníamos de pagar (y evadir) los pasajes. Su forma ridícula y tiesa de bailar (y también de cantar). Su influencia, su aprobación. La habitación en Roma de Eielson. Unas conferencias sobre filosofía, una caminata por San Marcos. La noche en que compartimos los tres un vino. La noche en que le dije que hablaba demasiado, que se callara, ¡por favor! Los libros que aún me debe. Los libros que aún le debo. La mañana en que, luego de un concurso de poesía, me mostró una manera de ser que pocos conocían: la del muchacho frágil y cariñoso que me hacía su amigo.

La última vez que lo vi estaba esperando el tren. Seguía delgado, huesudo, el bigote ya estaba poblado, pero el cabello seguía desordenado. Una chompa azul, un maletín negro, una camisa a cuadros: era un intelectual, de esos que enseñan en la universidad. Como yo mismo lo soy, o intento serlo, ahora. Solo lo vi de lejos, no quise acercarme a saludarlo. Irónicamente (o quizá como un tributo malsano) me puse a leer a Borges. Elegí, porque sí, Episodio del Enemigo (solo la Chica dragón entenderá esta referencia). Entonces el ciego me dijo: “además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón”.

Creo que me reí muy fuerte.

Creo que él me vio.

Pero nadie dijo nada.

Fue mejor así.

jueves, mayo 09, 2019

XXIII. ¿Dónde será que estás ahora en este instante?

Día vientitres: jueves 9 de mayo



Esta foto me la tomó mi amiga Mary, hace mil años.
Ayer cumplí noventa días sin fumar. Estas son semanas demasiado ocupadas. Me he mudado (parcialmente), intento pensar en otro idioma por las mañanas, trato de ser responsable. También consecuente. A veces sueño que fumo o que, más bien, estoy siendo fumado. Es raro de explicar, así que imagínense ustedes qué significa esto de soñar que uno es fumado. Tengo muchos textos a medio terminar que deberían ir completando este espacio: sobre un amigo que ya no veo y a quien enseñé a fumar, sobre las imágenes de colección que colocan las cajetillas en sus empaquetaduras, sobre mi madre fumando cada noche con más o menos los mismos gestos, sobre mi hermana pidiéndome un cigarrillo mientras bailamos Un verano en Nueva York, sobre otras maneras de fumar, sobre cómo estoy intentando sobrevivir a este ejercicio de autocontrol y despojo. Espero irlos acabando en esas noches en que paso café y me siento a mirar (algo sosprendido, algo dichoso, algo melancólico) cómo las cosas han cambiado. 

Por lo pronto, dejo esta canción como testimonio de una noche pasada, de una tarde actual, también de una mañana por venir. Me gusta mucho. Si alguien se preguntara, en este preciso momento, qué está haciendo el sujeto de chompa azul con puntitos (ese con cara desesparada) 
que se refugia de la celebración (que se refugia de una verdad) mientras escribe estas líneas, yo le contestaría que escucho esto. Y no es poca cosa:


Dove sei, bella? Dove vai?
¿Dónde será que estás ahora en este instante?
¿En cuál de tus varios mundos distantes?


Cause you come and you go
you go and I wait,
I wait and you move,
you move and I come.

Dove sei, bella? Dove vai?
¿Será que sientes en la distancia, mi comprañía?
¿Y en cuál de tus varias sillas vacías?


Cause you come and you go
you go and I wait,
I wait and you move,
you move and I come.

Dove sei, bella? Dove vai?
¿Dónde será que estás ahora en este instante?
¿En cuál de tus varios mundos distantes?



 

martes, abril 09, 2019

XXII. La chica que cazaba dragones



Día vientidós: martes 9 de abril



Hay una escena. Me ha estado llamando desde muy temprano, el día anterior, la noche pasada. Alguien ya no está y ella está empezando a padecer su ausencia. Ahora yo la espero, bajo un sol de domingo y mediodía. Aún puedo fumar. Todavía nos mantenemos en contacto y hablamos con regularidad. Esa noche no he dormido bien: ha sobrevenido un poco de exceso, pero ella jamás lo sabrá. No tendría por qué. Suena Pulpos y yo creo ver, en su letra y melodías, algunas verdades (palabras de amor) que no podré decirle mientras la abrace y llore sobre mí, absoluta y perdida. Recuerdo que llevaba consigo algunas prendas que no eran suyas y que nunca la había visto tan enloquecida. Si en algún momento se convirtió en mi amiga, en mi confidente, fue porque ella podía ver/entender en mí algunas cosas que también eran suyas. Hermanos en la (auto)expulsión. Pero ahora estamos allí y caminamos sin rumbo. Así nos recuerdo cada vez que suena Pulpos. Hay un momento en que yo me pierdo, me dejo seducir por su dolor, unos instantes en que verdaderamente no sé qué hacer. (Hace años tuve que sacrificarla para seguir creyendo en una idea.) Pero pronto ella nos rescata: sus genuinos impulsos por observarse desde el lado maternal de las cosas. Entonces me conduce. Entiendan la paradoja: yo estaba allí para cuidarla y ella me termina conduciendo a mí. Le comento sobre esta canción, me dice que no la ha escuchado. Mucho tiempo después me contará que no le gusta tanto, yo le responderé que de maneras inevitables me recuerda a ella. 

A mi amiga y a mi, durante mucho tiempo, nos gustó Fito Espinoza.
Ella solía identificarse con este cuadro

Hay otra escena. Es madrugada, hace mil años, tenemos 20 o quizá 10, tal vez solo somos unos cigotos interactuando entre sí. Hemos ido a una simulación de concierto sobre el tipo que nos musicaliza la amistad. En algún momento de la noche, los roles, las identidades, se van a confundir. Yo exploraré sus miedos, su cuerpo. Ella me dirá cosas demasiado importantes para olvidar. Cosas que a veces preferiría no saber. Vamos a estar frente al mar. Vamos a caminar demasiado. Tiempo después la vida nos dinamitará. Pasarán muchos años hasta que volvamos a tener este tipo de conversaciones, de intimidad. Esta vez estamos en una banca, en alguna parte de la ciudad. El humo nos ha marcado y reímos a carcajadas, exagerados y estimulados por las posibilidades de la noche, de la amistad. Ya hemos llorado juntos y abrazados en una esquina miraflorinamente concurrida. Ya me he disculpado. Ya me ha enviado un mensaje (que luego borró) para estar al tanto si el procedimiento no sale bien. Ya me ha contado su cuota de toxicidad, sus sueños, sus nuevos ritmos de vida, sus gatos, la planta que cuidó su padre, su nombre falso, esos esporádicos encuentros con él, la voz de su madre, luna. Yo creo haberla escuchado un poco, le he ofrecido muchos cigarrillos, el número de mi terapeuta, creo que también le enseñé a abrazar bien. A veces, cuando (ya) no (me) responde, miro nuestras conversaciones pasadas, interacciones digitales que testimonian una amistad, algunas complicidades, varias confesiones. 

La chica dragón (también de Fito Espinoza). ¿No es acaso una linda alegoría
sobre las posibilidades de aprender a controlar a las propias bestias?
Alguien dijo que la familia son los amigos que uno escoge. Alguien más dijo (creo que Borges) que los verdaderos amigos no necesitan verse o saber del otro siempre. Yo creo en ello cada vez que pienso en ese puñado de personas que tanto quiero, que tanto lastimo, que tanto amor y violencia me han generado. Y pienso en eso cada vez que la evoco, cada vez que le escribo cartas imaginarias, cada vez que nos recuerdo –jóvenes y hermosos– en el pórtico de Letras. Una vez soñé contigo, autoapodada chica dragón. Cazar dragones debe ser un arte estúpido, te decía (mientras fumaba). , pero es un arte valiente, me respondiste. 

Luego 
tú 
dragón 
alzaba(s) 
vuelo

lunes, abril 08, 2019

XXI. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida


DÍA VEINTIUNO: lunes 8 de abril 


Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Dejé de escribir en este espacio por falta de tiempo, no porque haya retomado el arte de consumir cigarrillos. Me mantengo intacto de tabaco y demás sustancias. La cuarentena ya se cumplió, pero mi abstinencia continúa: aún no he fumado. Hay (muchas) más ganas, aunque también un poco más de control. A veces siento demasiada ansiedad (ganas de soltarlo todo y largarse), pero aparecen nuevas certezas que calman, estremecen, enrumban: ya no estoy hablando solo de los cigarrillos. Después de todo, esto siempre ha sido un pretexto –una posibilidad– para escribir. Es cierto que he estado a punto de quebrar el pacto y correr a comprar una cajetilla para reventarme la boca fumándome el paquete de una sola vez (idea para un video estúpido en YouTube: un sujeto se introduce todos los cigarros que caben en su boca e intenta encenderlos, y fumarlos todos, a la vez). Pero desistí. También es cierto que he olido demasiado cerca el tabaco de algunos acompañantes: envidio su condición de sujetos que no necesitan demostrarse su capacidad de contención. En fin. Quise probar con inhaladores digitales pero creo que me identifico como un sujeto más o menos analógico: uno envejece sin que lo note con claridad. La escena del cigarrillo virtual, imaginado, ficticio, recreado, me sigue sosteniendo. Pero no basta. Así que aquí estamos, cínico lector: hoy cumplo sesenta días sin fumar. 

Cuando me propuse esta cuarentena de autocontrol (y autoconfesión), supuse que algo así pasaría. Que en algún momento se interrumpiría esta simulación de diario personal. Quizá no había calculado que oficializar mi trabajo como docente universitario me consumiera tanto tiempo. Confieso que desde hace algunos años me dedico a este rubro –el arte de convencer a jóvenes incrédulos de leer (y reflexionar) los textos que yo les asigno–, pero creo que antes no me había esforzado tanto por diseñar los cursos que este ciclo ya estoy dictando. El porqué tiene muchas respuestas, pero la principal es enteramente pasionaria: me gustan los temas que ahora enseño. Trabajo gozoso. Aunque agotador. En días como hoy, en que regresaré a casa golpeado por el cansancio, queriendo una ducha, una cama, un cuerpo para amar, me pregunto si sentirse así tiene sentido: es un acierto que todavía pueda contestarme sí. 

Yo, en una foto divertidamente posera, durante esos días en que anduve encerrado en la biblioteca.
La foto la tomó K., que anda desaparecida de las redes y se le extraña (más).

Por supuesto, como suele gustarme, me doblé la apuesta. Si termino los días agitado y en lamento es porque mi horario está exigente. Me levanto muy temprano y me acuesto muy tarde; y en el intervalo, hago demasiadas cosas. Pero está bien, no me quejo (del todo). Ya era necesario retomar ciertos temas y ocuparse de algunas decisiones. Veo poco a mi familia y no paso mucho tiempo de calidad con K. Tampoco webeo tanto como quisiera. Lamentación en clave cliché: a veces extraño esos días en que, luego de alguna clase aburrida, me iba al bosque de Letras, con baños inmundos, y, allí, abandonado, me ponía a leer o fumar, despreocupado. Fin del episodio cliché. Ahora soy un sujeto ocupado. Tanto, que empecé a esbozar estas palabras en los resquicios entre clase y clase, mientras vuelvo a casa, en los extramuros de esta ciudad, cuando cierta ansiedad aparece y no se calma. 

Entonces me rehúso a retomar los cigarrillos sin haber terminado la ¿promesa? de escribir cuarenta entradas aquí. Cuarenta textos breves que testimonien algunas ideas, un par de sensaciones, experiencias, goces (negados o acontecidos), en relación al arte de fumar. No pretendo decir algo importante o trascendente, solo quiero hablar desde la cotidiana abstinencia, desde la más elemental y común capacidad para no ceder. Así que esta es mi forma de retomar. En estos primeros días de clases, cuando empiezo a sentir el ciclo en su intensidad y a rezar en los dioses que no creo para que, por lo menos, la mitad de matriculados se retire del curso (para poder corregir menos y mejor), pienso que puedo sumarle unas monedas extras a la apuesta de la vida y, también, ocuparme de escribir este diario digital. Le haré caso a papá Bob que, precisamente, me está cantando "don't think twice, its alright". Ojalá que sea así. 

viernes, marzo 01, 2019

XX. Veinte días sin fumar: veinte ideas fragmentadas


DÍA VEINTE: miércoles 27 de febrero


He estado ocupado. Escribiendo un artículo infinito, elaborando los sílabos de los cursos que dictaré este ciclo, también jugando FIFA 2019. He estado sin ganas. Por el calor que me anula (he elegido una mala temporada para escribir diariamente), por la falta de ideas concretas para desarrollar (a veces no se me ocurre nada: el cliché termina siendo certero), porque he estado algo obsesionado con el sílabo sobre análisis del discurso (y también con FIFA 2019, todo sea dicho). Así que no he publicado nada aquí en estos días. No porque haya vuelto a fumar –sigo intacto en la abstinencia de tabaco–, sino porque me he sentido un poco aletargado e inmovilizado (quizá sea el efecto de conocer a Talese y su historia cultural sobre sexualidad norteamericana, La mujer de tu prójimo: uno queda devastado –o sea, sin ganas de escribir– luego de leerlo).

En todo caso, para aplacar la sequía de textos, me propuse escribir, a propósito de mis veinte –malditos– días sin fumar, algunos fragmentos inconexos. Distintos momentos que anoté en mi libreta digital y que aquí desarrollo someramente, como para dejar constancia de estos embriones de futuras historias. Son veinte ideas, recuerdos, vaguedades: simples, privadas, independientes entre sí, improvisadas (bueno, no tanto) y breves. En el día veinte sin fumar.



1. Durante muchos años escuché a Silvio Rodríguez. Era un fan enamorado de él. Tenía casi todos sus discos (incluyendo los Inéditos). Mis amigos del colegio descubrían el reguetón o el rock; yo, la trova cubana. Esta no es una declaración de superioridad moral, menos estética: es solo una manera de justificar por qué, a veces, me siento tan desactualizado.

2. Uno de mis recuerdos más antiguos es verme a mí mismo sentado sobre un bacín. Estoy allí, cagando. Tengo 2 o 3 años. Y estoy solo. O al menos así parece. Sostengo ante mí una máscara de plástico (esas antiguas que llevaban una liga frágil para colgar sobre tu cabeza). Y la rompo. Voy cortándola con mis manos, tiras largas, e introduzco los fragmentos de la máscara rota en el bacín, con la ilusión –¿ilusión?– de que suceda algo. Siempre lo cuento, siempre regreso a esta escena. ¿No hay algo simbólico aquí?

3. Hace mucho tiempo, cuando estaba quebradísimo, sujeto culpable y asustado, entraba al cine a ver una, dos, tres películas seguidas. Cualquier cosa, no importaba el título. Solo importaba escapar. No llegar a casa, no pensar en ella, no recordar eso.

4. Una de esas veces, lloré demasiado con los primeros minutos de un filme llamado Valerian: Bowie forever. Puede ser que necesitara llorar y tomara como excusa eso (porque la película, a excepción de ese primer momento, es una completa mierda). Pero, en todo caso, esa escena me inquietó demasiado. Aún lo hace cada vez que la veo. Mírala acá y dime si no es una utopía conmovedora: 





5. Acabo de verla otra vez y he descubierto, con horror, que entre los jefes humanos participantes de este encuentro sideral nunca hay una mujer: los otros que llegan son seres de distintos tamaños y géneros, pero aquí, en la Tierra, los jefes siguen siendo hombres. De distintas razas, edades, apariencias o costumbres, pero siempre varones. El recuerdo afectuoso que tenía por esta escena está dañado.

6. Cuando estaba en el colegio fui brigadier general. Y, a pesar de lo que podrías creer, hacia cumplir inexpugnablemente la norma. Si me conoces algo, sé que eso podría parecerte una contradicción: las normas están para quebrarse –suele decir/asumir, a veces, la parte más estúpida de mí. Sin embargo, si lo pensamos bien, no lo es: suelo ser un tipo al que le gusta quebrar las reglas, a menos, claro, que las reglas las imponga yo. Perverso, pero honesto.

7. La otra noche conocí a un hombre que acusaba a Donald Trump de confabular contra él. Compartimos asiento en el bus y me contó que era ecologista, que los ríos estaban contaminados, que sus tierras ya no producían. También habló de sus hijas, posibles asesinas; de su exesposa, hermana de los mandos más importantes del MRTA, y, por supuesto, de cómo Trump era dueño del oro peruano. A pesar de su evidente demencia, no pude evitar pensar que, de cierto modo, tenía un poco de razón. Me dio su tarjeta, me recomendó visitarlo y comer ciertos granos para no contraer el cáncer.


El ingreso a la comunidad nativa Chachibai, estuve allí durante mucho tiempo, en otra vida.

8. A veces recuerdo ese viaje a Chachibai y la noche en que nos gritamos mucho: en plena oscuridad amazónica, mientras los iskonawa dormían lejos de nosotros. Absolutamente aislados de lo que tú despreciabas (o no entendías). También recuerdo mi inestabilidad navegando en bote, un regreso a oscuras, los baños precarios, esa posibilidad de perderme entre pájaros y árboles para no volver. Aún conservo, entre algunos libros mojados, las hojas que recogí aquella vez.

9. Una vez, cuando todavía dormíamos en ese camarote, Lorena me preguntó quién me gustaba. Me propuso decirme quién le gustaba a ella, si yo decía quién me gustaba a mí. Éramos aún pequeños y aún compartíamos ese espacio de proximidad que, creo, poco a poco se va perdiendo (y aunque doloroso, supongo que es necesario). Ella me lo dijo primero: un chico con el que no llegó a bailar –¿o sí?– su vals de promoción. Cuando me tocó a mí, yo no supe qué responder: me gustaban todas, ¿cómo enunciar eso? Así que le dije que no me gustaba nadie. Espero que me haya perdonado la treta.

10. La violencia contenida con que te penetro: mis palabras evocando agresividad. Mi lengua humedecida por ti y en ti. Te cojo las manos con fuerza, jalo tu cabello, muerdo tu piel, la marco. Dos, tres dedos, ¿cuatro?. Tu saliva confundida sobre mis vellos, la piel de mis testículos marcada por tu boca. Tres orgasmos y medio. Te pregunto si te gusta, si quieres más, si te corres conmigo. Palabras inconexas que encadenan un significado: pinga, putita, cachar, tírame, chúpame, rico, así, sí, sí. Dos cuerpos confundidos violenta y gozosamente en uno.

11. La editorial de un sol, Toribio Anyarin Injante, nutrió mis primeras lecturas. Hay cosas que no se olvidan: historias recortadas, algunos vacíos inexplicables, lecturas posteriores en las que notabas que lo leído había sido una completa mierda (como Valerian). Una editorial 'chicha': sí, es probable. Pero era una posibilidad para leer.

12. Hace mucho tiempo perdí el talento para expropiar libros. Debería escribir (y quizá volver) sobre ello.

13. Quisiera estar afuera, fumando. Y no escribiendo estas letras inútiles.

14. La otra noche, K y yo vimos Mary Queen of Scots (Rourke, 2018), aquí traducida como Las dos reinas. Siento que es una película que debió tener mejor suerte: se estrenó en la misma temporada de La Favorita (Lanthimos, 2018) y esta se tragó por completo la atención sobre los dramas imperiales. No obstante, entre varias otras, me quedó esta idea muy marcada en la cabeza: lo masculino como potencialmente dañino. En este relato, todos los hombres son traidores, asesinos, estúpidos, crueles e infames. Y esa es una verdad que no está, para nada, alejada de la realidad.


15. Cuando me confesé por primera vez, le conté al cura que tenía “pensamientos indebidos” (así me dijeron que debía enunciarlo): fantaseaba con mis compañeras de colegio, me imaginaba besándoles el cuerpo, mordiéndole los pezones, convenciéndolas de tener una gran orgía conmigo. Una cosa curiosa: nunca hubo fantasía de penetración, todo era salival y táctil. Pero no se lo conté así, solo le dije que tenía pensamientos indebidos y, cuando quiso que profundizara, ya no le dije más. Entonces me recomendó que cada vez que fantaseara con ello, me imaginara a mi madre viéndome. Así de retorcido, pero efectivo. Me asustó mucho. Dejé de hacerlo por un tiempo, luego regresé. Pero el cura ya había efectuado su poder: instauró la culpa.

16. Me gustan los videojuegos por la capacidad de inmersión que producen. No juego tanto como me gustaría, pero cada cierto tiempo reinstalo mi adolescencia digital. Recuerdos de un visitante de cabina (por cinco horas, una gratis): StarCraft, Age of Empries, Counter Strike, WOW. El problema es que me envicio, y pierdo noción del tiempo, de las cosas, de la realidad. Entonces, con la ludopatía inoculada, abandono toda clase de deberes: comer, salir con mi novia, hablar con mi familia, ir al trabajo… solo un acto de voluntad radical –eliminarlo todo, ya mismo– me logra salvar.

17. David Bowie me gusta por lo que es: un tipo transgresor. Su propuesta, que me muscaliza muchos momentos de la vida, me parece muy potente. Algunos de sus temas: ambigüedad sexual, violencia desaforada, soledad estelar, experimentación, destino. He pensado en tatuarme su rayo emblemático en alguna parte del cuerpo que aún no decido.

Bowie sideral: aún mantengo la esperanza de vestirme como él en alguna fiesta de disfraces.

18. Un conjunto de versos sobre la masculinidad: tóxica, frágil, infantil. Un conjunto de ensayos sobre las diversas formas de violencia cotidiana (e imperceptible). Una reunión de perfiles de escritores peruanos malditos. Una investigación sobre los sujetos que no aceptaron militar en nuestra guerra interna (y que por ello pudieron escapar o, al menos, sobrellevar la vergüenza y deshonra que, en ese momento, significó decir no). 

19. Un ejercicio de intertextualidad. Este es un precepto teórico-político (también ético), escrito por Žižek, que me gusta bastante:
«Quizás, el enigma final de la posmodernidad reside en esta coexistencia de las dos actitudes inconsistentes, no percibidas por la crítica de izquierda habitual de los jóvenes intelectuales que, aunque son teóricamente conscientes de la maquinaria capitalista de la industria cultural, disfrutan de los productos de la industria del rock sin problematizarlos.»
20. Escribir es testimoniar.