jueves, febrero 28, 2019

XIX. Constantine o la inesperada virtud de la redención


DÍA DIECINUEVE: martes 26 de febrero



Nuestras elecciones revelan el tipo de persona que somos. Eso es algo que ya sabemos. Mínimas o trascendentes, cotidianas o excepcionales, cada decisión acusa algo de nosotros. El color que vestimos, los cuerpos que amamos, las fantasías a las que recurrimos para gozar, ese derrotero inalcanzable, ese modo de sufrir. Las músicas favoritas, libros y lugares a los que siempre regresamos: confiesa qué eliges y descubre quién eres. 

La realidad digital ha radicalizado esta posibilidad. Si alguien revisara nuestra lista de likes, favs, subscripciones, búsquedas y seguimientos sabría con certeza quiénes somos. Esto debería aterrorizarnos (al menos un poco), pero, en cambio, nos gusta. Creo que somos unos sujetos morbosos: sé que disfrutas secretamente cuando sabes que alguien te está mirando.

Pensaba en esto el otro día, sudoroso y abandonado en la cama, cuando buscaba una película. Lo que elijas dirá algo sobre ti, era el mantra que me repetía mientras exploraba las posibilidades de Netflix. Quería ver algo ligero, para reír y estar. Terminé eligiendo Constantine (2005), la película sobre exorcismos y demonios, basada en el cómic Hellblazer, dirigida por Francis Lawrence, con Keanu Reeves y Rachel Weisz jovencísimos.

Ya le he visto antes, pero esta vez me gustó mucho. No es una obra maestra, por supuesto, pero propone algunas ideas que la colocan por encima del promedio. Así que quiero comentar aquí –en este habitáculo temporal de abstinencia– un par de cosas sobre esta película. Puede ser un buen ejercicio para confesar por qué la elegí, qué me gusta en ella, quién soy. Porque al igual que con las elecciones, la manera cómo te aproximas explicita qué o quién eres.

Constantine es una película sobre la redención. El personaje de Reeves es un sujeto que halla demonios y los exorciza porque quiere el perdón de Dios: hace años (casi) se mató y, como bien sabemos, los suicidas no van al cielo. Injusticias (e incongruencias) divinas. Sin embargo, el perdón no llega. El propio arcángel Gabriel le asegura que sus conjuros contra esos esbirros no le aseguran nada, puesto que él ya está condenado. Así que desahuciado por un cáncer de pulmón –fuma con desesperación–, a Constantine solo le queda morir y que el propio Lucifer venga por él. La historia se desarrolla en este lapso de su agonía (que no tiene nada de lastimera), cuando él acaba de enterarse que esta vez sí se morirá y de conocer a una policía que investiga el suicidio de su hermana.

No voy a detenerme a contar todo el relato (porque ya lo sabes o porque deberías buscar y ver el filme). Tampoco quiero profundizar en aquellas cosas que no me gustaron: esas escenas de acción forzadas (John Constantine emulando a Rambo en su intento por ser matademonios), las resoluciones argumentativas (por ejemplo, una fácil: si Dios rige todo el universo y solo acepta católicos en su reino, ¿qué pasa con los creyentes de otras religiones?), lo maniqueo que por momentos resulta el guion (o sufres en el infierno pecador o vives feliz en el paraíso: ¡qué insultante y obvio, por favor!), el que sea un latino pobre, sucio y malvestido quien inicialmente funge del cuerpo antagónico (estereotipos everywhere). Lo que quiero es comentar dos ideas que me gustaron en esta película (como para que se animen a verla una de estas tardes de verano, sudorosos y abandonados).
Una escena icónica: Lucifer encendiéndole el último cigarrillo a Constantine.

Obviamente, el asunto con los cigarrillos es algo a lo que presté mucha atención. Este rasgo se articula bastante bien con la caracterización del personaje central. Constantine fuma desesperado, sabiendo que va a morirse, resignado a esa elección. Es solitario y apático, permanece asustado, acechante, está trastornado: es una propuesta de antihéroe. Salva personas poseídas, pero no por un bien altruista, sino por conveniencia propia. Quiere que Dios le perdone el haberse tajado las venas. Este cinismo no es exclusivo de él, sino que impregna toda la película. La andrógina enviada de Dios, el arcángel Gabriel, desprecia a los humanos (sus líneas sobre cómo solo el horror genera nobleza son de una psicosis singular). Angela, la policía, ha negado durante mucho tiempo su habilidad para presenciar espíritus –a costa de la locura de su hermana suicida. Lucifer, a quien la película muestra con un precioso traje blanco, pero con las bastas del pantalón embarradas (¡qué buen símbolo!) es uno de los personajes más carismáticos: ¿cómo se explica que Satanás termine cayéndote bien? El propio relato se desencanta por mostrar un no-amor: cada vez que parece concebirse una oportunidad para que los personajes de Reeves y Weisz concreten el afecto, esto no pasa (porque él no lo nota, porque ella se va). Constantine es, por tanto, un relato cínico. Y esta característica se resume bien en la elección de él por fumar: sabe que se va a morir, que tiene los pulmones dañados, pero insiste compulsivamente en la inhalación del humo. Esa situación es algo que me asusta, pero creo que también me gusta.

La contraparte de esto es la posibilidad del despojo como redención. Porque en los segundos finales antes de su muerte, Constantine, que le ha hecho un favor a Lucifer, le pide la retribución de este: salvar a la hermana de Angela, pasarla del infierno de los suicidas y atormentados al incognoscible cielo de paz. Y así lo hace. Entonces Dios lo perdona. Sé que podría criticarse esta resolución por simplona. Pero antes de que la película amenace con pervertirse y emular el edulcorado final de Gosth (con Patrick Swayze entre las nubes luminosas de Dios), Satanás hace una jugada potente: le cura los pulmones a Constantine y, así, este ya no puede morir. Entonces no se va al cielo, pero tampoco al infierno, sino que se queda en la tierra, con los pulmones sanos: una opción para redimirse. Todo lo que vendrá después es parte de la cura. En las escenas finales nuestro cazademonios ya no fuma, consume chicles de nicotina y deja su encendedor como ofrenda en la tumba de su amigo muerto.

Supongo que es un final aceptable. Aunque yo tengo sentimientos encontrados frente a esto. Creo que me resulta un poco decepcionante: algo en mí hubiese disfrutado viéndolo reincidir en el tabaco. No obstante, otra parte acepta esto y piensa en cómo este sujeto puede volver a probarse: ¿cuántas veces no hemos queridos todos –absolutamente todos– tener una segunda oportunidad? Porque quizá de eso se trate redimirse: no de alcanzar un perdón libertario y gratuito, una gracia que nos rescate con borrón y cuenta nueva, sino de poseer una nueva oportunidad para elegir y así demostrar qué o quién somos: una nueva posibilidad –legítima y necesaria– pero sin garantías.

miércoles, febrero 27, 2019

XVIII. Sueño (desnudo) de una noche de verano


DÍA DIECIOCHO: lunes 25 de febrero



Hace dos semanas y media que no fumo. Es lo que te dices, mientras te observas al espejo. Estás desnudo, no llevas barba y tienes el cabello muy corto, casi rapado. Miras tu sexo con ternura, tocas la punta de tu cuerpo enamorado. Hay algo en tus ojos que te perturba: una forma de mirar que no reconoces en ti. Introduces tus dedos, retiras los globos oculares con facilidad. Los limpias. No hay sangre, no hay dolor, no hay miedo. Solo un par de cavidades vacías y húmedas. ¿Cómo puedo ver todo esto si mis ojos están aquí debajo, entre mis manos? La persona que te acompaña, acabas de notarla, no te responde. Una música suena a lo lejos. Una radio mal sintonizada, quizá es mi tornamesa con algún disco sucio, piensas. Entonces notas que esta no es tu casa: pero es un lugar familiar. Reconoces a lo lejos unos libros tuyos –la poesía completa de Borges, unos ensayos sueltos de Gutiérrez–, hay fotografías con ella, también una maleta semiabierta, tu cenicero está limpio. 

Pero no te mueves, sigues mirándote al espejo. Quieres descubrir allí algo sobre ti que no sabrás jamás. Entonces algo pasa. Ahora no lo recuerdas (los sueños se olvidan rápido), pero el escenario cambia. Ya no estás frente a un espejo, en esa habitación, sino en la universidad. Estás frente al grupo de estudiantes, estás hablando, sigues desnudo, pero nadie parece notarlo. Algo más, una cosa muy importante: tienes un cigarrillo encendido entre los labios. ¿Sobre qué estás hablando? Tampoco lo recuerdo, pero ellos te prestan atención. Son muchos, demasiados. Sientes vergüenza, quizá miedo, sales del salón.

Triple autoretrato (1960), Norman Rockwell

Aquí ya todo se confunde (más). Estás caminando, creo que corres, sabes que estás desnudo pero ya no te importa. ¿Hacia dónde vas? Sigues sosteniendo el cigarrillo, quieres sacarlo de tu boca pero no puedes, se ha pegado a ti. Piensas que si desarmas tu rostro quizá este pueda salir. Entonces inicias: retiras los dientes, la piel, la lengua (es larga y rojiza). Nuevamente, no hay sangre, no hay dolor, no hay miedo. Pero el cigarrillo no se desprende. Sigue unido a ti. Entonces pruebas sacando la nariz, la mandíbula tosca, otra vez los ojos, el cabello, las orejas, el cerebro. Ya no hay nada. Lo estás viendo, en tercera persona, en primer plano. Ves cómo Oswaldo se desarma la cara para quitarse el cigarrillo. Y ves cómo este no sale. Porque allí, en el espacio donde deberían estar sus labios gruesos, sus ojos tristes, esa piel marcada, ya no hay nada: solo el cigarrillo sosteniéndose en el vacío. Imperturbable, invencible. El cuerpo sin rostro manotea, desolado.

Entonces te despiertas. Aún es de noche, pero ya no podrás volver a dormir.

martes, febrero 26, 2019

XVII. Segunda carta para Esteban: eres un sujeto de bares o de discotecas


DÍA DIECISIETE: domingo 24 de febrero



Eres un tipo que se aburre con facilidad, despreciable Esteban. Abandonaste rápidamente (y con pocas culpas) trabajos, mujeres, pasatiempos, lecturas. Los relatos que inicias nunca obtienen final. Más de una vez te has retirado de las fiestas –también de las salas de cine– cuando la celebración aún no terminaba. Sabes, de algún modo lo sabes, que eso resulta problemático. Te lo dices, en voz alta incluso, caminando solo y fumando (un cigarrillo se enciende luego de otro). Te lo has dicho en ese diván incómodo, con Alfonso de testigo, mirando sus libreros lacanianos, el techo recién pintado, su celular que interrumpe, la voz confesional y entrecortada. Sueles decírtelo, pero eso no evita que persistas, compulsivamente, en esa falta de constancia, en las pocas ganas de algo: esa suerte de nihilismo que siempre te provoca dejarlo todo y largarte.


Ahora deben ser las tres de la mañana, es domingo y sientes esas ganas. Te has retirado del grupo, has pedido una cerveza y, desde la barra, contemplas a la gente bailar, beber, gozar. Imaginas que tienes un cigarrillo, anotas estas palabras inconexas en tu libreta digital, imaginas que estás sentado cómodamente en un bar y no de pie, aquí, en el rincón de esta discoteca. No creo que pueda estar más tiempo así, te dices, me dices, nos decimos. Piensas, pensamos, que de algún modo todo nos resulta obvio: sexualidad desbordada, baile frenético y bello, un caos atractivo, bullicioso, alegría honesta pero en estampida. ¿Somos sujetos tan fáciles de descifrar y complacer? Bebemos un poco de alcohol, suena una melodía excitante, nos rozamos el cuerpo con fuerza y ya está, listos para entregarnos y ser uno con otro.

Todo es culpa del cansancio. Esta mañana te levantaste muy temprano (o casi). Anoche estuviste bebiendo hasta tarde con algunos conocidos. Fresco y agradable. Oliste de cerca un cigarrillo, te reíste mucho, cantaste, compartiste un taxi. Hoy, aquí, te sientes un poco fuera de lugar. Estás escribiendo estas líneas y alguien te coge la mano, sonríes amablemente, desistes. Vuelves a imaginar que fumas, que follas, que nos fuimos a ver el mar. La cerveza se está acabando y el ritmo ha cambiado. Si no estuvieras tan cansado pondrías un mejor gesto, Esteban. Incluso bailarías. Lo sabes. Con los años te has hecho un animal más tolerante, ya no haces desplantes estúpidos, comentarios pasivo-agresivos, intervenciones ofensivas. Quizá por eso has venido hasta aquí a fumarte un cigarrillo inexistente y a beber tu cerveza: solo, como a veces nos gusta estar.


Que el humo hable por nosotros.
(Tomé de de aquí la imagen)

Pero digámoslo de una puta vez: eres un tipo de bares y no de discotecas. Una dicotomía algo forzada, pero válida para expresar cómo te sientes ahora. Aunque las detesto, creo que estos gestos radicales de elegir un bando ayudan a resolver cierta identificación básica: sucede en los deportes, en las elecciones sexuales, en el tipo de alimentación, ¿por qué no sucedería también en la manera como celebramos? Eres, Esteban, un tipo que goza más de estar sentado en un bar. La posibilidad de conversar, los tragos que puedes beber con lentitud, la distancia suficiente de la gente y la música que no te dejará más sordo. Te gusta estar así, no te culpo por eso.

Y aunque algunas horas después (cuando la música se haya acoplado a tus ritmos, cuando vuelvas a oler un cigarrillo mientras caminas a ver el mar, cuando el desacuerdo haya pasado) nada de esto importe, aquí, ahora, escribes estas líneas como una forma de liberarte. Quizá, todas estas palabras son un modo de calmarte –de calmarnos– el aburrimiento, estas ganas por abandonarlo todo. Ya vete, Esteban. Debo volver a ponerme la máscara.

lunes, febrero 25, 2019

XVI. La locura de ser... madre


DÍA DIECISEIS: sábado 23 de febrero


Al colocarse audífonos, uno se escapa un poco del rostro sonoro y monstruoso de la ciudad. Usarlos es una medida protectora, aislante: un gesto que nos evita la inmersión completa en la bulla y que, a mí, me garantiza una mayor concentración. Así, abstraído en el bus, puedo corregir con desesperación todo tipo de evaluaciones (las largas, aburridas e inútiles; aunque también esas pocas que sorprenden o motivan), terminar de leer algunos libros (de pie, sentado, ahogándome de calor o maldiciendo el frío) y escribir/rescribir –en el felizmente sencillo Google Keep– textos como este que ahora lees, internauta voyeur. Siempre, aun con el riesgo que ello implique, los oídos taponeados de música.

Sin embargo, todo se agota: llega un momento en que esta elección satura. Entonces me libero la escucha, despierto un poco y contemplo las calles, sin amor: el motor de los carros y sus cláxones, gente que conversa, que grita, que se hipnotiza a sus celulares, silenciosa, una emisora mal sintonizada, monedas cliqueantes, ventanas semiabiertas, llamados de rutas, pitidos, un heladero y su chicharra, alguien que reproduce para sí un video que todos oímos, un niño llora, una señora se ríe fuerte, tose, estornuda varias veces… tantos sonidos, tanta bulla: nuestra cotidiana sonoridad. En ese momento suben ellas al bus. 

Estoy en la Avenida Grau, en los límites del Centro de Lima. Es sábado por la tarde. Me dirijo a un concierto donde estaré ocho horas de pie. Y aunque en ese momento la posibilidad me suena divertida, más tarde estaré lamentando esta decisión. Allí, sostenido en el pasamanos, espero que mi paradero se acerque, ya sin audífonos, observando cómo el carro se queda sin pasajeros. Trato de adivinar cuántos otros de allí, jóvenes con vestimenta más o menos similar a la mía (alguna prenda negra, un poco de furia en la mirada), van al mismo concierto que yo.
Lima 6:43 pm, de Julius Sobrino. Cada uno de nosotros componemos un color
en este cuadro caótico que es la ciudad. Tomé la imagen de aquí.
Entonces me distraen los balbuceos que ella lanza. No articula palabras, solo mueve la boca y un bufido quejoso se escucha. Suelo ser un sordo infame, por eso pienso que –como tantas otras veces– no estoy escuchando bien lo que la vendedora ambulante de turno está diciendo. Pero no vende, y no estoy oyendo mal. Habla así y está pidiendo dinero. O comida. O ropa. No se entiende bien. Lo que sí creo descifrar: que le avisen cuando lleguemos a la avenida Alfonso Ugarte.

No había terminado de entender la situación, cuando escuché que un muchacho le decía a su compañero de asiento –¿acaso su amigo, su novio, su hermano, su conocido?– “se ha subido una loca”. Recién allí la miré con atención. ¿Cuántas veces has cruzado la acera, te alejaste un par de pasos, evitaste transitar por el mismo lugar donde ese loco existe, extraviado y mugriento? Siempre me ha fascinado/perturbado cómo estas personas resultan la representación máxima de lo expulsado, lo aberrante. En nuestro grupo cultural –y creo que junto a los terroristas, ese otro sistemáticamente repudiado– los locos callejeros son el significante más radical de alteridad. Todos les huyen, y aunque a veces causan pena y conmueven, los queremos lejos del espacio que ocupamos, fuera de la descendencia genética, negando alguno de sus rasgos en nosotros mismos.

La mujer llevaba la cara manchada de algo que me pareció grasa, estaba sudorosa y el cabello lo tenía largo y suelto, enredado. Su polo –de un azul desteñido (y obviamente sucio)– tenía una rotura en el hombro izquierdo. El pantalón buzo era plomo, lo llevaba arrastrando, estaba mojado en la entrepierna. ¿Esa humedad era orín, excremento líquido, simple agua? Deducciones sin importancia, porque su atuendo era el esperable. Uno se imagina estas descripciones clichés cuando piensa en un sujeto enloquecido y en abandono: la ropa traposa, el mal olor, la incapacidad para conectarse –con el lenguaje, con un gesto, con la mirada– a nuestra violenta y fragilizada realidad. Pero en ella, lo extraordinario –eso que resultó imprevisto e impactó– era la niña que llevaba consigo.

Tenía visiblemente sueño y era muy pequeña. No sé identificar edades en niños (todos me parecen iguales), pero ella ya caminaba. Cabello mal cortado, polo rosado de unicornios percudidos, sandalias muy grandes. Se sobaba la cara con las manos sucias y todos los que la contemplamos sentimos ¿pena?, ¿consternación?, ¿una culpa social por el abandono de estos cuerpos? Lo siento, no pretendo hacer aquí un abordaje victimista, ni intentar retratarlas desde lo triste que resultó el que hayan avanzado hasta el fondo, sin que nadie les ofreciera nada, y allí, instaladas, se hayan tirado a dormir, desparramadas y absolutas, en el último asiento del bus, ya casi vacío. No quiero conmover o interpelar con esta descripción. Mis intenciones son mucho más egoístas (y por eso, supongo, honestas): quiero testimoniar aquí lo que me generó ver a una mujer enloquecida –abandonada y absorta– llevando a su hija de la mano.

Aunque quizá puede que no haya sido su hija. Ya sabemos que suelen alquilarse niños para mendigar: seres que fungen de objetos que amplían la pena, la conmoción, esa capacidad para sacar del bolsillo más monedas y colaborar. Podría haber sido esta la situación. Ella una alcohólica o drogadicta o simple estafadora disfrazada de mendiga: entonces deberíamos entender a esta niña como una sección más del atuendo, junto a la cara grasosa y al performance de precariedad.

Pero creo que había realidad en esta mujer, en esta niña a la que abrazaba fuerte, como se abraza lo que se ama, lo que te pertenece, lo que es tuyo y de nadie más. Hay algo más: el olor no se puede falsificar. Entiendo que cualquiera podría performar miseria –las ropas y el maquillaje lo garantizan–, pero ese olor a excremento putrefacto, a orín empozado, esa herida que tenía en la mano sucia y sin curar, eran reales. No podían ser gestos inventados.

Quiero creer que esta mujer enloquecida es la madre de esa niña que, probablemente, heredará la misma suerte (si es que sobrevive hasta la edad en que pueda heredar algo). Cuando la cobradora se les acercó, volvió a repetir lo de avisarle cuando lleguen a Alfonso Ugarte (que ya estaba más o menos cerca). No dijo nada más, solo se durmió, abrazando a la niña. Recién allí pude notar que la madre estaba descalza. ¿Cómo había logrado sobrevivir tanto tiempo con su hija?, ¿dónde había estado todos estos años?, ¿cuándo y por qué enloqueció?, ¿era alcohol barato –además de la mierda y el orín– a lo que también olía?, ¿hay un padre en esta historia?, ¿hay más hijos?
Esto fue robado de aquí. Me gusta por esa barriga, tipo pez ciego, que 
está por colisionar con la cabeza de ese cuerpo fragmentado. 
Una metáfora dura e irónica sobre la maternidad.
No logré encontrar la autoría de la imagen.

El psicoanálisis ha profundizado, con algunas certezas, en la problemática relación entre ser mujer y ser madre: posiciones contrapuestas que no van en continuidad, que no se complementan (como suele creerse). Esa idea de que la mujer se realiza siendo madre es una creencia demasiado extendida, demasiado tóxica. No solo porque no todas quieren serlo, sino porque asumir este rol implica una negación de lo que previamente eras. Para ser madre, para adquirir el goce de la maternidad, dice Lacan y sus amigos, hay que abandonar algo como mujer, padecer la pérdida de algo que te constituía en ese sujeto femenino. Dejar uno y asumir lo otro puede ser mortificante, cruel, por la imposición social que significa. Y sobrellevar (sobreponerse a) esta dualidad puede conducirte, incluso, a la locura… como la madre y su hija enloquecidas que vi la tarde del sábado.

Por supuesto, escribo todo esto desde mi limitada comprensión masculina (imposible de parir); también desde apenas unas pocas lecturas (que me hacen simplificar el argumento). Pero, sobre todo, a partir del video donde Marita Hamman –en el marco de las jornadas sobre maternidad que organizó la NEL de Lima (y de donde robé el título de este texto: ver foto de arriba)– lo explica. No obstante, estas aproximaciones teóricas solo acompañan la escena que vi el sábado por la tarde, antes de permanecer de pie durante ocho horas, cuando me quité los audífonos para contemplar sin amor el sonido cotidiano de quienes viajamos en bus. El decorado conceptual ayuda, pero lo que importa son los sujetos que movilizan esta escena: una mujer, balbuceante y enloquecida, con su hija, sucia y frágil, durmiendo al fondo del bus. Cuando bajé del carro, las vi que seguían allí y sin poder fumarme un cigarrillo (este tipo de cosas siempre me provocan uno), me pregunté si acaso esta no era una metáfora perversa de esta psibilidad: la locura que puede significar ser… madre.




domingo, febrero 24, 2019

XV. Ayudante de carpintería


DÍA QUINCE: viernes 22 de febrero


Ya lo sabemos: algunas cosas se heredan. Vicios y enfermedades, ciertas predisposiciones afectivas. Los colores y las formas que condicionan nuestros cuerpos. Estilos de vida, las posibilidades (o ausencias) adquisitivas. Fama y algo de reputación, diversas suertes, fortunas, bienes. Los deseos de venganza, tus maldiciones, sus secretos, nuestras fotografías. Animales domésticos, canciones favoritas. Los gustos, esos recuerdos. También los oficios –de algún modo– se legan. Mi bisabuelo le heredó el artificio de la madera a mi abuelo, y este se lo enseñó –mal que bien– a mi padre. Soy un descendiente de carpinteros.

Cuidado que te vuelas un dedo con el formón, pásame la güincha, aprende a cubicar la madera, no metas la mano cuando la máquina esté encendida, agarra acá, búscame clavos de media pulgada, ¿dónde está el cebo?, no juegues con el taladro, no metas la mano, sostén esto, martilla, agarra el triplay, que no se caiga, marca aquí, alcánzame el destornillador estrella, el más grande, el alicate rojo, no metas la mano te estoy diciendo, cuida las herramientas, necesito una broca igual a esta, tornillos de pulgada y media, marca ahí mientras yo cargo, esto se hace con lijas de 120, esta madera tiene vetas bonitas, sigue lijando, falta más, no hables fuerte que te van a escuchar, el terokal ya secó, pega eso, que no juegues, que no metas la mano, ¿está derecho?, ¿cómo no vas a saber cubicar la madera?, ¿qué te han enseñado en la universidad?




Me lo ha dicho tantas veces que ya lo recuerdo así: estoy sentado sobre un montículo gigante de troncos, en una maderera. Este es uno de mis primeros recuerdos. Es Villa María del Triunfo, hay aserrín y virutas en el suelo. Fue hace más de veinte años, cuando Villa el Salvador –y su práctica melamina– aún no lo acaparaban casi todo. Probablemente visto un short y un polo delgado, debe ser verano. Mi madre está en casa, preparándonos el almuerzo (históricos roles familiares). Mi hermana aún no existe; lo sé porque mi fragilidad y pequeñez son evidentes, y en este recuerdo sirven para marcar temporalidad: apenas llevo unos años aquí. Mi padre, que está más allá, que elige y mide maderas para después transformar, dice que lloré, reclamándolo, insistiendo su presencia, lamentando el supuesto abandono del que me quejaba. Allí estoy, eso me ha contado, así me recuerdo. Entre ese montón de maderas humedecidas, rasposas, con olor a selva, con ese color de madera transportada por el río, cortada con violencia y descuido en aserraderos, negociada y malpagada en provincias: un tronco que ha sobrevivido cientos de años para que un niño llorón empiece a patearlo reclamando a su padre, que mide maderas, que elige troncos, que acuerda precios, que recuerda muchos años después este momento. 

Serrucha sin salirte de la línea marcada, echa poca goma, esta goma pega rápido, no gastes tanta goma, ¡no te comas la goma!, no cargues tú el maletín más pesado, ¿ya tienes hambre? vámonos a almorzar, no ensucies tanto, limpia, coge el huaype y échale tíner, ¿quién es el maestro aquí?, ¿tú o yo?, es como si yo me metiera a decir algo sobre todos esos libros que lees, ayúdame a sostener esto, vuelve a sostener eso, te estoy diciendo que prestes atención, déjame pensar, yo no soy ebanista, soy carpintero, me falta más técnica para lo primero, redáctame este presupuesto, así no, no te lo escribí así, pero así lo entiendes tú, no yo, ¿tienes tiempo?, redáctame este otro presupuesto, esta es capirona, esta pumaquiro, el cedro es más elegante, pero tornillo está bien, la melamine es más fácil de armar, me duele un poco la columna.




La familia es también –en algunos sectores más que otros– un medio de producción. Un hijo en casa de obreros es un cuerpo más en la obtención del capital: unas manos que alcanzan, una espalda que carga, una mirada que cerciora. Así, me hice, me hicieron, ayudante de carpintería. Obviamente, solo de manera extraoficial (y en vacaciones). A mi viejo no le gusta el trabajo grupal y siempre ha preferido evitar las tumultuosas y coimeras obras. Él trabaja por su cuenta, solo (una elección que también heredé), sin horarios específicos y sin intermediarios (aunque con exigencias igual de neuróticas que el jefe explotador que te reclama horas extras y compromiso laboral sobrehumano). En fin, la jerarquía es simple, aunque creo que ahora –salvo algunos espacios gremiales de construcción– permanece casi inexistente. Sé que la diré incompleta, aunque él me la haya repetido muchas veces mientras yo jugaba Candy Crush:

Primero está el maestro, el tipo más experimentado y con frecuencia de mayor edad y respeto. Lee planos, tiene diversas habilidades, conoce mucho más, suele liderar al grupo y resolverle los problemas al ingeniero estúpido y joven que gana mucho más, que no sabe, pero tiene título universitario.
Después viene el operario, que creo también llaman oficial (no estoy seguro de eso: sorry, pa’). Pero es el mando intermedio: un trabajador que ya tiene experiencia y que, con frecuencia, está a cargo de secciones específicas dentro de la obra. Entre otras cosas, por ejemplo, instala puertas, les coloca las chapas y bisagras, constata que la línea de luz entre el marco y la puerta se mantenga exacta, imperturbable, perfecta.
Al final está el ayudante, el rol que cumplí es esporádicas ocasiones durante algunos años. Es el tipo que acerca herramientas, que barre las virutas y junta el aserrín. Echas cola, buscas y luego alcanzas clavos o tornillos, cambias la broca de acero del taladro por una para perforar aluminio, vas a comprar (o a veces recibir) el almuerzo, lijas como desquiciado, marcas con un lápiz dónde debe martillarse, qué espiga empata con otra, a qué altura se coloca la bisagra. Suele ser un joven inexperto y, en mi caso, un poco ahuevado e inoportuno.
Por desamar, reconstruir y reinstalar, debo ir al contador, ¿puedes ayudarme mañana?, no, no te metas a cargar tú, vámonos ya, todo salió cuadra, no me dejas concentrarme, recoge las herramientas, que todo esté ordenado, toma, por tu ayuda de hoy, dice que hoy no va a pagar, no hay chamba, voy a comprar material, en ese tiempo caminábamos un montón buscando trabajo, él no sabía cubicar, entonces Marcos, entonces Rachi, entonces Peñarrieta, nosotros hicimos ese techo, un par de veces, luego del trabajo, nos fuimos a ver el mar, plata como mierda, ese es una cagada, ¡no, huevón!, putamadre, ¿ahora?, agarra acá, búscame clavitos así como este, de pulgada y media, sostén el desarmador rojo, échale grasa a los tornillos, marca ahí, no me distraigas, no cojas eso, enrolla la extensión, ¿dónde está el cebo?, no encuentro el alicate amarillo, presta atención, ¡que no cojas eso, carajo!, ¿quién se va a quedar con mis herramientas cuando yo no esté?




Creo que en esos años hubiese preferido quedarme (más) en casa, viendo TV, jugando algún videojuego o leyendo algo entretenido. Pero uno no elige su suerte cuando tiene quince años y yo terminaba ahí, con él, alcanzando martillos y lijando. Era una situación de exigencia física, prototípicamente masculina, es verdad. Pero al final de cada jornada, agotados y expectantes, había cierto placer honorable por el trabajo cumplido. Algo así como una emoción de heroicidad cotidiana, sencilla pero honesta: ese goce que –imagino– deben sentir todos aquellos que hacen su trabajo bien. No quiero ponerme solemne o glorificar estos episodios de ayudantía. El esfuerzo físico nunca me gustó y, por eso, apenas entré a la universidad (y hallé trabajo enseñando, leyendo, corrigiendo y escribiendo), lo abandoné. 

Sin embargo, a veces, en noches como esta, cuando por quiceava vez no hay cigarrillos para combatir el insomnio, y cuando él y mi madre me cuentan rápidamente que acabaron un nuevo trabajo (ahora ella es su ayudante y es mil veces mejor que yo), nos recuerdo a ambos, allí, en el trabajo. Él explicándome para qué sirve cada una de sus herramientas y qué debo hacer (también diciéndome que no toque nada y yo tocándolo todo). Entonces recuerdo los libreros que me ha hecho, el techo de nuestra casa, la mesa donde cenamos y hemos llorado juntos, los sillones de madera que tiñó junto a mamá, nuestras camas, las divisiones de nuestros cuartos, las repisas que le hizo a mi hermana, ese formón que su papá improvisó, las veces en que madrugaba todos los días para trabajar en otra ciudad, la gente que lo respeta, sus manías y desquicios, esa máquina que tanto le costó comprar, las herramientas que alguna vez heredaré, el color de la madera en mate y no brillante, las polillas que cada cierto tiempo amenazan esta casa, el polvillo miserable cada vez que se lija, el olor inconfundible de la madera. Y allí, también, lo recuerdo contándome mucho de su padre, de su abuelo, de cómo trabajaba con ellos, de la elección fortuita de este oficio (necesidad antes que aptitud): tantas historias sobre este linaje de carpinteros que yo no continuaré.

sábado, febrero 23, 2019

XIV. Doblez


DÍA CATORCE: jueves 21 de enero


Tres figuras, de Dolores Nuñez.
Es decir, tres formas de una misma mujer. 
Tomé la imagen de aquí.

La manera en que, una vez dentro de la cama, arropada, dobla el borde de las mantas: desde el polar más viejo y grueso, hasta la sábana más suave. Todo queda envuelto en una funda tersa, un solo manojo cuando ella está por dormirse, siempre de lado. Luego, durante  "la alta noche", controlará toda su protección nocturna desde allí. El sudor o el tiritar señalarán cuánto debe asumirse o rechazarse a esas mantas con el borde doblado. Repetirá, rehacerá el gesto más veces, cuando note que no puede moverlo todo con facilidad. Pero por lo general esta recomposición permanecerá casi imbatible durante las primeras horas del mandato. Sin embargo, porque todo cede, casi al final de la noche, con sus excesos y descuidos, las telas dobladas terminarán caóticas, descompuestas. Para esas horas ella ya ha perdido el interés en la corrección de las mantas. Al levantarse no recordará este gesto, porque está convertido en una costumbre mecánica. Pero también porque no le importa. Para eso escribo estas líneas.

En Chachapoyas, durante el cuatro de enero, en el año 2019. 

viernes, febrero 22, 2019

XIII. Formas de generarse dolor


DÍA TRECE: miércoles 20 de febrero


Hace algún tiempo, cuando era Sudestes –que fue mucho tiempo después de ser Hombre extraño–, escribí estas líneas. Creo que intentaba recopilar las maneras en que muchos sobrellevamos o reprimimos (elije tú el verbo) nuestros dolores, las angustias, ciertos vacíos. Creo que este es un buen lugar para recordarlo. No porque ahora suceda así, sino para tenerlo cerca, presente, como se tiene un "por si acaso" tal vez.


Guayasamín, siempre oportuno, y sus rostros sobre el dolor.

Formas de generarse dolor 
Los que se hincan un poco: en las muñecas, bajo los muslos, en zonas que no suelen verse; las que se cortan el pelo en un arranque de furiosa violencia; quienes devuelven la comida, casi puntualmente, entre treinta y cuarenta minutos después. 
Los que buscamos drogas cada cierto tiempo para olvidar, los que fumábamos en cada segundo de incertidumbre y nerviosismo; el regresar a contemplar las fotografías, los videos, los ritos vividos; quienes se engañan dando una nueva oportunidad. 
Las que se rascan la piel hasta sangrársela; aquellas personas que siguen y siguen y siguen llorando en silencio; el sentirse lástima o autocomplacencia o presuntuosidad; el no compartir las penas (o alegrías) con nadie; el dudar siempre. 
Esos sujetos que te prometen algo que no cumplirán; esos otros que lo aceptan sabiendo que no lo harás; quienes no olvidan, quienes olvidan rápidamente, quienes te hacen creer que olvidaron; más pastillas, más drogas, más alcohol, más cuerpos, más libros, más velocidad, más peligro. 
La que grita desesperadamente y estrella cosas contra la pared; el que consume más pastillas de las necesarias; la negación del pasado, el desinterés por el futuro; el creerles mucho a tus miedos; el creer que solo (¡solo!) existen tus miedos. 
Aquel que se pierde en cuerpos extraños, ajenos; aquella que se va casi siempre para no afrontar lo que hay aquí; el que se entrega a lo vicios sin más; los que no quieren ceder; aquellos que necesitan creer demasiado; quienes a todo dicen sí. 
Tus ganas por siempre regresar a los lugares donde fuiste feliz; tus ganas por nunca regresar a los lugares donde fuiste feliz; creer que nadie lo/te verá. El hacer recuentos como este —desvergonzados e ingenuos— de los dolores propios y ajenos.

jueves, febrero 21, 2019

XII. Escribir agota


DÍA DOCE: martes 19 de febrero



Escribir agota. Es un ejercicio mental y físico que requiere esfuerzo, dedicación, sobreexigencia. Al menos así funciona para mí. Por eso detesto a quienes señalan que escribir es un placer sin más. Hace tiempo, un poeta medianamente potente dijo que él se sentaba y disfrutaba escribiendo. Desprecié su intervención. ¿Qué de placentero puede tener unir palabras, una tras otra, con desesperación, con angustia, intentando construir las formas precisas que mejor revelen eso que quieres decir?

Escribir no es placentero, provoca tensión, te pone ansioso, estresa. Cuando escribo, me cuesta. Inicio anotando palabras sueltas, suburbios de alguna idea, frases que inicien párrafos, que conecten experiencias, que anclen al lector. Luego voy depurando: meto comas, cursivas, interrogaciones, dos puntos, ¿dónde están los dos puntos?, me gustan demasiado. Voy encontrándole un ritmo, una tonada precisa, una coloración especial que materilice el sentimiento en ese montón de palabras que arrimo, tarjo, edifico. 

Pero mi edificio de palabras siempre amenaza con caerse: no sé cómo generar el cierre, a veces falta fuerza en la capacidad de conmover; no hay una verdad que genere empatía, identidad; no logro cierta singularidad; las descripciones resultan flojas, los diálogos aburridos… tantas debilidades, tanta fragilidad. Escribir agota. Súmese a eso mi dispersión: anoto líneas y luego divago en la red, apago el wifi y me distraigo con las propiedades de algún archivo, escribo a mano y empiezo a dibujar malas abstracciones en mi libreta.

Así que esta es mi cuota de escritura diaria en este –poco más que anónimo– espacio virtual: el reconocimiento de que este goce es una tarea fatigosa y aplastante, doblega el bienestar. Te hace sudar, comerte las uñas, dolerte el culo; se te engrasa el cabello, el aliento se te descompone, la panza aumenta; la circulación se daña, el sueño se interrumpe, debes consumir cigarrillos. Maldito goce malsano: porque creo que solo puede entenderse así. Si esto me genera tanta incomodidad, ¿por qué regreso siempre aquí, de manera compulsiva, reincidente, dañina? Todo quiero ponerlo en palabras, todo lo ando pensando en breves relatos, siempre ando escribiendo. Insisto: maldito goce malsano.


El poeta pobre (1839), de Carl Spitzweg.
Prototipo del sujeto abandonado, solo, sucio y desordenado, pero escribiendo.

Hoy desperté alrededor del mediodía luego de haber terminado un texto para una revista, me bañé y continué escribiendo ese paper que ya debería estar acabado. En el trayecto de la jornada, escribí chats, correos de respuesta, acuerdos para una próxima reunión, excusas, un par de saludos de cumpleaños, las ideas de un proyecto futuro, nombres para poemas que aún no escribo, una dedicatoria posible. Ahora, por la noche, luego de una jornada encerrado y escribiendo, anoto estas líneas pesimistas, resignadas, declaratorias: escribir me agota, hace daño, perturba… y sin embargo, estoy aquí, escribiendo.

Bolaño lo supo bien:


Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.


Sus palabras funcionan como un mantra en esos interminables y tormentosos momentos de escritura, como el de ahora.

miércoles, febrero 20, 2019

XI. Tres escenas velópatas


DÍA ONCE: lunes, 18 de febrero


«La máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella», canta Drexler. ¿Qué es lo que hacemos nosotros con esta máquina llamada bicicleta?, ¿a qué emociones la vinculamos?, ¿cuáles son las posibilidades –tangibles o imaginadas– que proporciona este artefacto cultural?, ¿qué nos recuerda, por dónde nos extravía? Recurrir a la memoria –la inventora– es una opción siempre válida. A mí, tres situaciones/emociones se me revelan cada vez que evoco velopatía, ese amor desesperado por la bicicleta. 
Al velódromo (1912), del cubista fancés Jean Metzinger



Estamos sentados en el paradero. Yo enciendo un cigarrillo y ella sostiene su bicicleta. No nos vemos hace tiempo, aunque el esporádico contacto no quiebra nada. Está sudorosa, ha pedaleado desde casa hasta aquí, al otro lado de la ciudad. No importa por qué nos hemos juntado, tampoco el que ahora solo nos veamos unos minutos. Ella habla, yo inhalo y escucho. Las otras noches hubo un chico, un muchacho tonto que salía con su amiga y le gustaba. Un tipo cara-tierna que le hizo el amor dos veces –agradables y repetibles–, pero que la confunde. Él no es tan claro como ella quisiera. Lo odiamos. Pero también hay, está habiendo, una chica. Es más clara, pero esa claridad provoca miedo. Han bebido, a veces se han besado. A ella le gusta mucho cómo esta se despista y pierde con facilidad, cómo se hace necesitar, desear. Entonces creo que estoy indecisa, debería haberme dicho. Pero no recuerdo eso, porque probablemente no lo estaba. Lo que yo recuerdo es la manera en que sus puños sostienen el timón: firme y aferrada, como si de ese sostener (y mantener así el artefacto intacto) dependiera todo su futuro. Me habla, me sigue hablando, y yo contemplo sus manos sujetas al vehículo: imperturbables para lo que vendrá. 



II 

Mi padre discute el precio, yo contemplo el espectáculo: centenares de bicicletas alineadas confusamente. Podría ser Grau, debe ser de mañana, en algún día de mis ocho o nueve años. Me compró una linda imitación de Goliat. Tubos de color rojos y negros, llantas aro 24, pedales limpios, cadena nueva y engrasada, sin rueditas cobardes y con un timón envuelto en plástico de burbujas para reventar. Lo llevamos a casa en transporte público, dentro de esos buses viejos y antiguos que a esa hora y en esa época andaban despoblados. Creo que pagamos el pasaje de la bicicleta. Creo también que esa misma tarde me lleva a un descampado donde me enseña a manejarla. Mantener el equilibrio –con este objeto de dos ruedas, con ese otro objeto llamado vida– no es sencillo. Me voy a caer antes de lograr manejar/vivir bien. Años después, voy a destrozar el regalo. He subido a una de las pistas más empinadas de este lugar (ventajas de vivir en los cerros: el goce del vértigo y la adrenalina es más próximo). Llevo a alguien conmigo. Bajamos a velocidad, suicidas y hermosos. Algo nos golpea (¿una moto, una piedra, el espejo retrovisor de un auto, la mano inasible de Dios?) y caemos. Violencia y destrucción. Mi cara se deforma, mi bicicleta también. Me quedan un par de marcas para testimoniarlo. 



III 

Compró un promoción para alquilar bicicletas por algunas horas. Se está acabando lo suyo, pero aún no lo saben. Ese día se toman una foto que obtiene muchos likes. Al principio manejan con temor, él detrás de ella. Hay sol y demasiada gente, su lindo polo verde hace juego con esa cajetilla de mentolados que lleva en el bolsillo y que permanecerá intacta. Recorren el malecón, la tarde se acaba con ellos montados y fallidamente felices. De pronto, el vehículo de uno se estropea. Debe haber una metáfora críptica en esta imagen que no logro comprender: la cadena ha salido de su eje y lo ha desconfigurado todo. Sus ánimos, sus promesas de futuro, esa salida en bicicletas. Hay discusión, es un preámbulo para otras. Hay silencio, desacuerdo, ruptura. Varios meses después, cuando estén devolviéndose cosas y desterrando escenas compartidas, recordarán esta salida como una de sus últimas felicidades. Amar es dar lo que no tienes a quien no es, dijo Lacan. Quizá sea mejor así.

martes, febrero 19, 2019

X. Cigarrillos después del sexo



DÍA DIEZ: domingo 17 de febrero


Cigarettes after sex fue una de las bandas que descubrí cuando estaba quebrado. En ese tiempo –uno de lamentos, monólogos y ciertas vergüenzas–, creé un playlist de YouTube llamado Extrañas & Potentes. Allí almacenaba diariamente las canciones que me sonorizaban mejor la depresión. Descubrí Always, Teen Suicide, Mazzy Star, Hibou, varios más… todos dispuestos a organizarme la tristeza. Entre estas elecciones, hallé a Greg González y su grupo. Felizmente perduraron a esta etapa.

¿Qué es lo que me gusta de ellos? El sonido melancólico que transmiten sus canciones. La voz andrógina de Greg –la primera vez que los oí pensé que cantaba una mujer– se mezcla bien con esa atmósfera sencilla que generan la guitarra y el sintetizador (a los que eventualmente se suman el teclado y la batería). Como si cantaran con una máquina de hacer humo al lado (esas que usamos en las obras de teatro, pero también en las discotecas) y la música solo fungiera de acompañante secundaria, porque lo principal –lo importante– es el recuerdo invocado. No es la música lo que activa el recuerdo, parece decirnos Cigarettes after sex: nuestras canciones solo complementan lo que tú ya estabas rememorando.




El nombre, por supuesto, es atractivo. Referencia una escena más o menos cliché, pero auténtica: el pitillo de tabaco que los amantes se fuman luego de entregarse los cuerpos y los deseos. ¿Para qué se fuma luego de tirar?, ¿por qué consumimos cigarrillos después del sexo? ¿Porque se trata de un momento celebratorio y de desconexión?, ¿es un modo de terminar de sellar el pacto carnal?, ¿fumamos como una forma de –aunque suene ilógico– descansar?, ¿o quizá es para aliviar la frustración, la ansiedad, esa honda soledad que a veces sobreviene luego del orgasmo? En distintos momentos, con distintas personas, siendo yo sujetos distintos, he fumado por todas estas razones.

Tienen varias canciones de letras y tonadas sencillas. El productor Bob Boilen, en la descripción del video que la banda hizo para los tiny concert de NPR Music (una de las mejores secciones que puedes hallar en YouTube: mira/escucha los de Lafourcade, Drexler, The Cramberries o Juanes & Mon Laferte, me gustan mucho); Bob Boilen, decía, califica las canciones de Cigarettes after sex como minimalistas. Creo que es una retrato acertado. Ese lugar onírico que sus canciones movilizan es uno alejado de pretensiones pomposas, estridentes o crípticas. Por el contrario, hablan de situaciones valiosamente comunes. Repasemos con celeridad solo el contenido –sorry, pero es para lo que me alcanza el saber esta noche– de las tres canciones que este pequeño concierto presenta:




K –la canción inicial y mi favorita de la banda, por obvias razones– relata los inicios (y al parecer el final) de un amor. Desde las primeras dudas («we had made love earlier that day, with no strings attached, but I could tell that something had changed»), hasta cierta ausencia que duele («I've been waiting for you to slip back in bed, when you light the candle»), pasando por momentos claves como estas preciosas (y precisas) frases: «how you looked at me then» y «thin I like you best when you're just with me and no one else».

En Nothing’s gonna hurt you, baby alguien declara protección y cuidados siempre y cuando permanezcan juntos. Hay bailes y brindis modestos en su sala, una cotidianidad retratada en melodías favoritas, lentes de sol, risas que prometen algo. Una canción para cantársela a alguien luego de hacerle el amor.

Apocalypse, la última canción de este lista, es una exigencia de promesas: «Come out and haunt me», le pide. El apocalipsis, ese final catastrófico que evangelizó el cristianismo, aquí resulta una oportunidad para reiniciar. El amar. Porque, «got the music in you, baby»; porque «when you're all alone, I will reach for you»; porque «your lips, my lips: Apocalypse. Go and sneak us through the rivers».





Tres oportunidades para acercarse a esta banda melancólica y colgarse un poco en los recuerdos.


lunes, febrero 18, 2019

VIII y IX. Formas de la celebración (o escribir con resaca)


DÍAS OCHO Y NUEVE: viernes 15 y sábado 16 de febrero


Tres situaciones de la noche. Duran hasta hoy. No resumen todo lo acontecido (¿qué podría realmente hacer eso?), pero la iluminan bien. Son fragmentos. Retazos que delinean el trayecto emocional de un viernes por la noche, de un sábado por la madrugada. Tres formas de la celebración.


Primera situación

El bar Don Lucho ha perdido algo. Ahora tiene dos televisores enormes por donde pasan canciones estridentes que potencian mi precaria posibilidad de escuchar. Si ya soy ligeramente sordo con el sonido cotidiano, aquí, a cada molestoso rato, debo volver a preguntar qué dijo quien hablaba. ¡Ah?, ¿qué cosa?, exclamo. Mis amigos primero me ayudan: me vuelven a decir lo que el otro contó. Incluso, a veces, él o ella se repite: vuelve a usar la misma inflexión con que cerró la broma, reaplica ese tono peculiar que usó al relatar el chisme. Una cerveza Cusqueña y tres Pilsen después, ya no me hacen tanto caso. Me ignoran con un poco de indulgencia. Y los entiendo. Alguien está contando algo sobre el trabajo y esto acaba de provocar una risotada entre los otros tres, pero Marc Anthony no me ha dejado escuchar bien el remate. Todos se ríen, mientras yo sigo preguntando, ya avergonzado, ¿qué dijo, qué dijo? Pasan unos segundos, me contemplan… ahora se están riendo de mi sordera.


La mítica rockola del bar Don Lucho (el nombre exacto de la máquina es 'gramola',
un gramófono eléctrico que funciona a monedas). La imagen la tomé de aquí.

No siempre fue así. Ese bar me gustaba porque la escasa bulla era casi siempre monopolizada por dos circunstancias: una rockola, viejísima y de contadas canciones del recuerdo (a dos por cincuenta centavos, solo las necesarias, escuchadas en un lapso prolongado de tiempo); y las voces de los propios convidados (risas, chillidos, gritos, insultos y demás) que resultaban un indicador efectivo del estado etílico –el carnaval– que allí acontecía. Pero ahora no puedo escuchar lo que mis amigos dicen. El negocio visiblemente ha crecido –hay un altillo nuevo y dos mozos más–, aunque Ciro está más viejo y los baños siguen conteniendo el nauseabundo espectáculo de siempre. Todavía se puede fumar allí, no sé si aún te traerán ceniceros. Pero nos fuimos pronto, rápido.


Segunda situación

Fernando atiende este lugar que, poco a poco, se ha convertido en uno de mis espacios favoritos de la ciudad. Es un bar pequeño y frágil. También inesperado. Sus paredes están adornadas con objetos disímiles entre sí, pero que, en conjunto, cobran una fuerza simbólica inusitada. Recito algunos rápidamente, los que más recuerdo: anuncios de productos antiguos (té Huyro o gaseosas Lulú, por ejemplo), una cruz breve, botellas al parecer jamás abiertas, una vieja butaca de cine (donde he visto a G jugar un par de veces), la fotografía de unos niños sobrevolando la Plaza San Martín (lo que más me gusta), sillones antiguos, un piano que ya no funciona, afiches de películas, disquets como posavasos, un cartel que dice Estación de la sal y tantos otros adornos que parecen sacados de Camaná (la calle donde se consiguen cosas viejas en Lima). El bar está iluminado con delicadeza, siempre pone buena música (a bajo volumen) y tiene una trastienda discreta; en el baño hay una radio antigua y, para llegar allí, se camina por un pasadizo donde alguna vez pensé en besarte. Cuando salía a fumar, antes, cuando fumaba, me solía preguntar cómo cabían tantas cosas (y personas) en este bar. Posee cierta singularidad. Creo que lo mejor son sus cartas de bebidas. En la contratapa estas tienen frases sobre el (desa)amor y otros dilemas: “sé que lo nuestro fue un error, pero también sé que debemos equivocarnos otra vez” o “nunca has sabido lo que quieres y siempre estás queriendo saber algo” (ven las fotos). Sus boletas de venta, aunque suene raro, también me gustan mucho: incluyen poemas y, en la parte que va el nombre del consumidor, Fernando escribe siempre “chicos” con una caligrafía de sujeto tímido y tierno, atento pero cordialmente distante (vean las fotos, otra vez). Es un tipo que se hace querer por su amabilidad y que le otorga un aura especial al comercio del alcohol. Nos fotografió la primera vez que fuimos, le obsequió un queque –diminuto y lindo– a Z cuando celebramos allí su cumpleaños. Siempre te hace sentir cómodo, a gusto, como si estuvieras en la sala de un viejo amigo.


Así que hasta allí nos movimos, a Olvídate Bar. Él pidió un capitán, ellas macerados, nosotros dos chilcanos. Hablamos de la primera vez que fuimos a ese lugar, de los padres que nos tocó a cada uno, las familias y ciertas miserias, de los proyectos futuros, las becas, los hijos que no tendrán, el doctorado, K hizo un brindis porque gané un concurso, conversamos sobre nuestras exparejas, A profundizó en sus razones para haber acabado una larga relación, G recordó un anillo, ella un deseo, yo varios viajes. En medio de la conversa, Fernando preguntó si alguien fumaba. Le dije que solía hacerlo pero que estaba en abstinencia. Entonces me obsequió un cigarrillo Inca. Es de los años setenta, está intacto, me dijo. Creo que sonrió. Se abalanzaron para que lo encienda allí mismo, pero yo vi una suerte de señal en el obsequio y no les hice caso. Así que lo guardé en el bolsillo de mi camisa, dispuesto a no fumarlo nunca.


Tercera situación

Más inmundo que los baños de Don Lucho es el piso de Vichama. Una mezcla de escupitajos, colillas, chela derramada, sudor acumulado (y probablemente orín) que el agua no limpia. Cuando llegamos, un concierto de rock duro, metálico, chirriante estaba terminando. Ellas fueron por reguetón, Z por trago, yo por cualquier cosa. G ya nos había abandonado (se fue con la excusa de terminar una tesis que ahora avanza con desesperación, dice). Creo que al final Z y yo nos divertimos más. Los videos de nosotros dos bailando así lo prueban. Nunca pasaron las canciones que ellas esperaban. Mientras, nosotros, jugamos al fálico fulbito de mesa en un destartalado armatoste (las manijas se salían cada vez que las manipulabas). Me ganó 4 a 3 y lo celebró como si Cueva no hubiese fallado ese penal (traumas de la historia nacional). Compramos varias cervezas. Hacia el final de la noche, estábamos más borrachos de lo que nos hubiese gustado aceptar. Un par de horas después, dormía en el sillón de K.

Hace mucho tiempo que no vomito. Me gustaba pensar que era una de las pocas cosas que, a diferencia de muchos, no realizo. Puedo –o podía– beber demasiado y no vomitar. Mantenerme incólume, sin exhibiciones grotescas. Es una afirmación algo tonta, pero válida, de la cual me sentía discretamente orgulloso. Pero la madrugada del sábado devolví tanto de mí que esa racha se quebró con violencia. El punto climático fue a la mañana siguiente, cuando luego de habérseme ido la vida sobre un sanitario ajeno, y escapar algo avergonzado de ese lugar, tuve que bajarme apresurado del bus que me trasladaba a casa, porque –oh, malditas arcadas– mi cuerpo amenazaba con hacer un espectáculo. No hubo tal cosa, es cierto. Pero sí algo cercano a la ironía vergonzosa: luego de reponerme un poco, noté que estaba a punto de vomitar afuera del campus de esa vieja universidad estatal en la que tantas veces me emborraché. Como quien contiene un dejavú o un acertijo indescifrable pero insultante, solo atiné a sonreír y recobrar la compostura. No vaya a ser que alguno de mis estudiantes me encuentre así, ¡já!

***

En fin, esas fueron las tres situaciones. Un bar que ya no me gusta, otro que sí. Una conversación fluida (y franca) sobre el futuro, un lugar que aún permanece inmundo. Y una racha quebrada por muchas náuseas matutinas. El cigarrillo Inca, regalo de Fernando, sobreviviente de los años setenta, resistió toda la jornada en el bolsillo de mi camisa blanca. En varios momentos me olvidé de él y no sé cómo permaneció sin quebrarse… Hasta la tarde del domingo, en que –vuelto a la vida– empecé a tomar nota de estas ideas (escribir con resaca es una actitud para valientes) y, al cogerlo para observarlo de cerca (pensé en describir su aspecto), se me rompió. Absurdo y descarado. También irónico e inesperado. ¿Acaso debo entender esto como una metáfora de mi alejamiento total de los cigarrillos y el acto de fumar? No lo sé. Pero el quiebre me pareció tan idóneo, que lo fotografié: ahora es la portada de este espacio digital de testimonios.