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lunes, noviembre 04, 2019

XXVI. La historia no es tan sencilla

Día veintiseis: martes 05 de noviembre


La historia no es tan sencilla. Ambos lo sabemos bien. Me la has contado en fragmentos inconexos. Una suerte de rompecabezas emocional que yo he ido armando en distintos momentos sin tener un plano claro. Sin poseer una imagen final (ni certera) de lo que estos episodios, reunidos en conjunto, podrían significar. Aunque creo que aquí estoy mintiendo: sé a dónde conducen (al menos en apariencia), también qué imagen logran en conjunto. Lo primero que me contaste fue que tu ex te seguía escribiendo. Acabábamos de conocernos, todavía fumaba y me dijiste, como quien cuenta algo normal, que sí, que todavía él te seguía escribiendo. 

Solo unos meses después, cuando ya nos acostábamos con regularidad, entendí que él te escribía insultos. También te chantajeaba. Videos y fotos, creo. No estoy seguro de esto último. Pero había una amenaza constante allí. Estabas en clases (aún no las abandonabas), en casa. Y llegaba un mensaje de texto. Temblabas, su presencia digital te desconcentraba. Había ansiedad. Necesitabas encender otro cigarrillo sabor sandía y seguir contándomelo. Lo tenías bloqueado de todas las redes, pero los mensajes siempre aparecían. Ahora, a varios años de esas tardes, recuerdo cómo me confiabas todo eso y cómo no me importaba mucho. No puedo evitar sentir cierta vergüenza al pensarlo. Al escribirlo. 

Te deseaba. Yo solo te deseaba. Tus piernas hermosas y breves, tu cara siempre suave, tu olor, tu humedad. Pero no tus palabras. Solo te deseaba como un cuerpo en el que podía ahogarme de placer con desesperación y recurrencia. Sé que te escuchaba y que repreguntaba (y a veces eso contribuía a reorientar tus monólogos), pero creo que no me importaba mucho lo que decías. Era un oidor pasivo e inoperante, incapaz de comprender. Ya lo sé: tampoco es que yo me encontrara tan saludable. Lamento justificarme así. Eran años en los que necesitaba dos o tres pastillas diarias para estabilizarme. Para no hundirme en el charco de voces (y culpas) que solían aparecer. 

Luego dejaste de hablarme. Una pausa prolongada en la que mis venas se abrieron solo un poco más. Al volver, tú también tenías marcas. En el vientre, en la ceja, en la rodilla izquierda. Un aborto en tiempos más allá del requerido, una cachetada que te envió contra los bordes de una mesa de noche, una caída al intentar bajar corriendo las escaleras de su casa. Te pregunté por qué habías vuelto con él. Porque me sentía sola, porque me gustaba, porque había algo en sus palabras que me hacían sentir. Que te hacía sentir. ¿Qué te hacía sentir? 

Te quedaste a dormir unas semanas conmigo. Recién estaba instalándome. Había retomado la terapia. Mis libros estaban en cajas, las ollas también. Me recortaron la mensualidad. No salía mucho de casa. Solo una vez, cada dos o tres días, para comprar cigarrillos, pan, sopas instantáneas, atunes, chocolates y leche. En ese tiempo creía que las propiedades desintoxicadoras de la leche podían extenderse hasta mis adicciones. Una vez preparaste salsa roja, la comimos en silencio. Estaba rica. Recuerdo que esa noche lo hicimos con calma, con una paciencia infinita que no me conocía. Recuerdo también que ninguno llegó al orgasmo: me quedé dentro tuyo, adormecido y calmado. 

Cuando empezaba a enamorarme de ti, te fuiste otra vez. Con mi familia, no sé por cuánto tiempo, me respondiste. Puedes retomar, yo estoy intentándolo también, podríamos intentarlo juntos, insistí. Esa vez sí quería escucharte en serio. Me miraste con ternura. Tú no entiendes nada, pequeño adicto. Me dejaste uno de tus polos como regalo. Llevaba la cara de la princesa Leia y debajo, en homenaje a Bowie, unas letras rojas que cantaban Rebel, Rebel. Lo usé durante mucho, hasta olvidar que inicialmente fue tuyo. 



Luego recaí y esta vez me internaron y tuve tanta mierda encima que dejé de pensarte. Uno o dos años después, Esteban me contó que te había hallado en esa fiesta. Y que pasó eso. Eso que ahora quiero contar. El motivo de este correo que no enviaré. Todo este preámbulo para expresar en palabras torpes e inútiles cómo esa noche, en la fiesta por los treinta años de ese imbécil, cogiste el cuchillo. El cuchillo que cortaría la torta. Allí, delante de todos, para amenazarlo, para vengarte. Para quitarle, por fin, la máscara de hijo ejemplar, de buen estudiante, de amigo solidario que golpea a su novia a escondidas. Dejar el anonimato para que todos se enteren la mierda de persona que era. Que es. 

Pero todo salió mal. Y era previsible. No había otra forma de que eso saliera así. Esteban cuenta, exagerado y torpe, brusco e ignorante. Lo odio, pero es quien me lo cuenta. No estaba borracha ni drogada, al menos no parecía estarlo. Yo fui uno de los que la agarró. Gritaba incoherencias. Llegó a pasarle el cuchillo encima de la casaca, sí, se la cortó un poco. Pero la agarramos rápido. Como una loca, huevón, imagínate, como una loca poseída. Estaba dolidaza, no paraba de gritar. 

No, no es así. Le digo a Esteban que tú me contaste que él te golpeaba. No me cree. Nadie nos cree. Todos han asumido que te comportaste así porque él te dejó. Por fin. Luego de tantos años. Después de tanto terminar y regresar. Te dejó, por fin. Solo fuiste a la fiesta para querer cagarlo, porque estabas celosa, porque no aceptabas que te dejara. Porque le dieron la beca además, ¿cómo no iban a dársela? Se va el próximo semestre. Es mejor alejarse de ti. Se habían vuelto tan tóxicos. 

No puedo seguir escuchándolo. Me invento una excusa. Regreso al carro a buscar mis cigarrillos. Solo queda uno. Lo enciendo, camino en busca de más. No tengo efectivo. Lo descubro recién en la tienda. No aceptan tarjetas. Estoy discutiendo con el tipo de la tienda. Le estoy gritando por no aceptar tarjetas. En medio de los gritos me doy cuenta de lo estúpido que soy. Me corto. Le digo disculpa, me voy. Quiero más cigarrillos, quiero fumar, quiero gritar, quiero llorar. Quisiera buscarte. Quisiera abrazarte y olerte. No tengo tus números, te perdí el contacto en redes hace mucho. Solo este correo aparece. Así que estoy escribiéndote. Aquí estoy intentando escribir parte de nuestra historia. No es tan sencilla.

jueves, agosto 15, 2019

XXIV. 187 días sin fumar: mi amistad con Campo B



Día veiticuatro: miércoles 14 de agosto


I

Llevo 187 días sin fumar.
Seis meses y seis días exactamente.
Alrededor de cuatro veces más la propuesta que inicialmente me atribuí en este espacio.
(cuatro, como las partes de este texto confesional)

Que no se piense que escribo estas líneas para presumir mi abstinencia, lo hago tan solo para evidenciar mi ansiedad.

Porque esta es –quizá– una forma de retomar este espacio: como quien vuelve a su habitación después de un largo viaje y halla sus cosas, sus recuerdos, una parte de su vida, intactos.

Intactos en este lugar.


II

Así que quiero contar o, para ser más exacto, interpretar aquí –con ligereza y brevedad– la historia de mi amistad con Campo B. Me gustaría afirmar que esta fue una relación ejemplar sobre los modos en que he sobrellevado mis aproximaciones amicales (el símbolo de algo fallido que no logro identificar con claridad). Pero no estoy seguro de que las palabras que aquí escribo alcancen para sostener algo así.

¿Ausencia de representatividad? Tal vez.

Aunque probablemente se trate de mi incomodidad por revelar tanto a partir de tan poco.

(Quizá sea, más bien, esa incapacidad para sujetarse completamente a la verdad que todo testimonio conlleva. Porque el recuerdo de uno siempre termina ficcionando algo de lo relatado: unas palabras inexactas, el tono impreciso con que se dijo, la secuencia variable de los hechos. Simular es re-crear. Y probablemente solo lo colectivo garantice una aproximación verosímil a los hechos. Probablemente solo nuestras dos voces podrían acertar sobre lo que fue nuestra amistad. Y este espacio digital es tan monologante...)

Así que advierto: esto resultará incompleto, intervenido y algo ficcionado: quizá falseable, pero no falso.

Borges, indudablemente.

III

Esteban conoció a Campo B en el colegio. Cuando tenían catorce o quince años: más, menos. Y siempre le pareció un tipo raro. De esa rareza que se ubica con difícil claridad entre la brillantez y la estupidez. Entre lo ridículo y lo asombroso. Ya por esas épocas, esos compañeros que odiábamos mucho –porque eran tontos, porque no leían o veían lo que nosotros sí, porque se divertían de un modo que resultaba imposible (e inalcanzable) para nosotros– le decían ‘el viejo’ o ‘el abuelo’. No recuerdo exactamente cuál era el apodo, pero era un término vinculado con su seriedad. Con su silencio. Con esas expresiones duras y aparentemente frías que le conoció tan bien. Con su modo de aproximarse a los demás. Era un tipo diferente. Y a Esteban (que ya andaba tan solo en esos años) le llamó mucho la atención. Eso, en principio.

Empezaron a frecuentarse por Borges. Él le prestó por primera vez El Aleph y Ficciones: algo que debería bastar para hacerte amigo de alguien. También porque ambos venían de familias con trabajos más o menos precarios que no alcanzaban para pagar las boletas mensuales de esa jaula religiosa. Así que, sin poder entrar a clases, se quedaban afuera del colegio, conversando sobre lo que luego empezarían a llamar con demasiado fanatismo (y simplicidad) el sistema capitalista. Creo que también hablaban sobre dios. En esa época lo recuerda así: delgado, con ese uniforme escolar horrible, con unos pómulos levemente alterados por el acné; los inicios de una barba que siempre se mantuvo incipiente, breve e hirsuta; dedos largos, labios algo trompudos, orejón, cara ovalada. Hablaban, hablaban mucho.

Hicieron teatro juntos, entraron a la universidad en carreras más o menos cercanas. Aunque a Esteban no le guste aceptarlo (o contarlo), coquetearon –aquel más que él– con un partido de izquierdas hoy ya desacreditado. Presentaron en su viejo local la veintiúnica obra de su grupo llamado Ulises (en claro homenaje a Joyce). Una obra en clave de farsa que parodiaba la política latinoamericana. El argumento era sencillo: dos mendigos que juegan a gobernarse van pasando por distintos estadios –monarquía, democracia, dictadura–, hasta que uno se cansa y hace la revolución. La gente solía reírse mucho con esa obra. Yo creo que eran divertidos y únicos sobre el escenario. Tenían bastante química.

Por esa época hacían muchas cosas juntos: salían a caminar, veían exposiciones, nadaban, jugaban básquet, hablaban sobre pornografía, drogas y algunas formas para seducir mujeres. Alguna vez se emborracharon. Otra vez se quedaron varados a mitad de la noche en el centro de la ciudad y nadie quiso llevarlos. Compartían lecturas, películas, problemas familiares, canciones de Silvio. Era claramente una amistad fuerte, intensa. Se decían hermanos. Se querían mucho. Esteban solía acompañar a Campo B, incluso le regaló un poemario de Brecht. Campo B hizo entender a Esteban algunas cosas que él no quería ver. Era una amistad masculina que se miró con sospecha, que resultó fragilizada, cuestionada. Muchos, cercanos y ajenos, pensaron alguna vez –en broma y en serio– que eran una pareja. Dos hombres no pueden andar juntos mucho tiempo, les decían. Y era difícil: ahora mismo, mientras le dicto a Esteban estas palabras recuerdo lo difícil que era abrazarnos, decirle que era una persona muy importante para mí, que su amistad me había salvado muchas veces del delirio de sentirme solo y abandonado. Dos hombre no podían ser amigos, insistían.

Pero de alguna forma eso terminó siendo verdad. Demasiado tiempo juntos fue una fórmula que terminó agotándose. En algún momento ya no se soportaron. Campo B era un ofidio intenso en sus críticas, en sus ganas de hablar, en sus maneras de querer que lo quieran. Esteban era un caballo desbocado, gozosa y patéticamente herido, ridículo en sus manifestaciones de poder. Eso es todo lo que diré. Sin detalles específicos sobre el desamor, la lucha por ciertas posiciones o los abismos de su amistad. Porque no se habla mal de los muertos.

En algún momento de la Historia, estos cigarrillos solían costar dos por cincuenta centavos.

 IV

Así que cerremos esto de una puta vez. Si escribo aquí sobre Campo B. Si me performo en Esteban para hablar de mi amigo de adolescencia y primera juventud –ese sujeto que ya no volví a ver más, que una noche simplemente desapareció de mi vida– es porque quiero contar cómo le enseñé a fumar.

Fue sencillo: compré un par de Pall Mall mentolados en la rotonda de Letras, la de baños inmundos. Y de mi cajetilla de fósforos saqué algunos cerillos. Los encendí, aspiré. Le pasé el cigarro. Él no aspiró, sino que lo chupó. Creo que lo insulté por haber mojado el filtro, creo que me respondió, creo que nos divertimos. Nos acabamos ese cigarrillo rápidamente y luego le pedí que encendiera el otro. No le fue bien al principio, pero terminó funcionando. Ya no recuerdo si se atoró. Tampoco si le enseñé a golpear el humo allí. Hicimos eso porque en una presentación que el grupo Ulises tenía (nos pagaron cincuenta soles) él debía fumar. 

Y ya que no sabía, yo –Esteban– aproveché la ocasión.

Luego volvimos a fumar varias veces. Me pregunto si aún ahora lo hace. En una de nuestras últimas noches, me dijo que se sentía muy agobiado por todo lo que mi presencia significaba para él. Me has hecho mucho daño, creo que me dijo. Y yo, que a esas alturas ya no me importaba casi nada, simplemente le di la razón. Luego confesó algo, creo que emocionado, y se fue.

Por supuesto, hay detalles en los que aquí no me detendré. Algunos que pasan rápidamente por mi cabeza ahora, digo, por la cabeza de Esteban: los argumentos de cuentos que me dio, la relación con su padre, su hermana G a quien nunca pude acercarme bien, su linda y pequeña casa, su madre, las cosas que le dijo a Sé, las que también le dijo a A. Cómo se enamoró de A. Cómo no supe decirle que A no lo quería a él, sino a mí. Las tardes y noches en que hablaba y hablaba y hablaba y yo solo lo escuchaba (creo que aprendí algo sobre el arte de escuchar allí). Las maneras en que teníamos de pagar (y evadir) los pasajes. Su forma ridícula y tiesa de bailar (y también de cantar). Su influencia, su aprobación. La habitación en Roma de Eielson. Unas conferencias sobre filosofía, una caminata por San Marcos. La noche en que compartimos los tres un vino. La noche en que le dije que hablaba demasiado, que se callara, ¡por favor! Los libros que aún me debe. Los libros que aún le debo. La mañana en que, luego de un concurso de poesía, me mostró una manera de ser que pocos conocían: la del muchacho frágil y cariñoso que me hacía su amigo.

La última vez que lo vi estaba esperando el tren. Seguía delgado, huesudo, el bigote ya estaba poblado, pero el cabello seguía desordenado. Una chompa azul, un maletín negro, una camisa a cuadros: era un intelectual, de esos que enseñan en la universidad. Como yo mismo lo soy, o intento serlo, ahora. Solo lo vi de lejos, no quise acercarme a saludarlo. Irónicamente (o quizá como un tributo malsano) me puse a leer a Borges. Elegí, porque sí, Episodio del Enemigo (solo la Chica dragón entenderá esta referencia). Entonces el ciego me dijo: “además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón”.

Creo que me reí muy fuerte.

Creo que él me vio.

Pero nadie dijo nada.

Fue mejor así.

martes, abril 09, 2019

XXII. La chica que cazaba dragones



Día vientidós: martes 9 de abril



Hay una escena. Me ha estado llamando desde muy temprano, el día anterior, la noche pasada. Alguien ya no está y ella está empezando a padecer su ausencia. Ahora yo la espero, bajo un sol de domingo y mediodía. Aún puedo fumar. Todavía nos mantenemos en contacto y hablamos con regularidad. Esa noche no he dormido bien: ha sobrevenido un poco de exceso, pero ella jamás lo sabrá. No tendría por qué. Suena Pulpos y yo creo ver, en su letra y melodías, algunas verdades (palabras de amor) que no podré decirle mientras la abrace y llore sobre mí, absoluta y perdida. Recuerdo que llevaba consigo algunas prendas que no eran suyas y que nunca la había visto tan enloquecida. Si en algún momento se convirtió en mi amiga, en mi confidente, fue porque ella podía ver/entender en mí algunas cosas que también eran suyas. Hermanos en la (auto)expulsión. Pero ahora estamos allí y caminamos sin rumbo. Así nos recuerdo cada vez que suena Pulpos. Hay un momento en que yo me pierdo, me dejo seducir por su dolor, unos instantes en que verdaderamente no sé qué hacer. (Hace años tuve que sacrificarla para seguir creyendo en una idea.) Pero pronto ella nos rescata: sus genuinos impulsos por observarse desde el lado maternal de las cosas. Entonces me conduce. Entiendan la paradoja: yo estaba allí para cuidarla y ella me termina conduciendo a mí. Le comento sobre esta canción, me dice que no la ha escuchado. Mucho tiempo después me contará que no le gusta tanto, yo le responderé que de maneras inevitables me recuerda a ella. 

A mi amiga y a mi, durante mucho tiempo, nos gustó Fito Espinoza.
Ella solía identificarse con este cuadro

Hay otra escena. Es madrugada, hace mil años, tenemos 20 o quizá 10, tal vez solo somos unos cigotos interactuando entre sí. Hemos ido a una simulación de concierto sobre el tipo que nos musicaliza la amistad. En algún momento de la noche, los roles, las identidades, se van a confundir. Yo exploraré sus miedos, su cuerpo. Ella me dirá cosas demasiado importantes para olvidar. Cosas que a veces preferiría no saber. Vamos a estar frente al mar. Vamos a caminar demasiado. Tiempo después la vida nos dinamitará. Pasarán muchos años hasta que volvamos a tener este tipo de conversaciones, de intimidad. Esta vez estamos en una banca, en alguna parte de la ciudad. El humo nos ha marcado y reímos a carcajadas, exagerados y estimulados por las posibilidades de la noche, de la amistad. Ya hemos llorado juntos y abrazados en una esquina miraflorinamente concurrida. Ya me he disculpado. Ya me ha enviado un mensaje (que luego borró) para estar al tanto si el procedimiento no sale bien. Ya me ha contado su cuota de toxicidad, sus sueños, sus nuevos ritmos de vida, sus gatos, la planta que cuidó su padre, su nombre falso, esos esporádicos encuentros con él, la voz de su madre, luna. Yo creo haberla escuchado un poco, le he ofrecido muchos cigarrillos, el número de mi terapeuta, creo que también le enseñé a abrazar bien. A veces, cuando (ya) no (me) responde, miro nuestras conversaciones pasadas, interacciones digitales que testimonian una amistad, algunas complicidades, varias confesiones. 

La chica dragón (también de Fito Espinoza). ¿No es acaso una linda alegoría
sobre las posibilidades de aprender a controlar a las propias bestias?
Alguien dijo que la familia son los amigos que uno escoge. Alguien más dijo (creo que Borges) que los verdaderos amigos no necesitan verse o saber del otro siempre. Yo creo en ello cada vez que pienso en ese puñado de personas que tanto quiero, que tanto lastimo, que tanto amor y violencia me han generado. Y pienso en eso cada vez que la evoco, cada vez que le escribo cartas imaginarias, cada vez que nos recuerdo –jóvenes y hermosos– en el pórtico de Letras. Una vez soñé contigo, autoapodada chica dragón. Cazar dragones debe ser un arte estúpido, te decía (mientras fumaba). , pero es un arte valiente, me respondiste. 

Luego 
tú 
dragón 
alzaba(s) 
vuelo

viernes, marzo 01, 2019

XX. Veinte días sin fumar: veinte ideas fragmentadas


DÍA VEINTE: miércoles 27 de febrero


He estado ocupado. Escribiendo un artículo infinito, elaborando los sílabos de los cursos que dictaré este ciclo, también jugando FIFA 2019. He estado sin ganas. Por el calor que me anula (he elegido una mala temporada para escribir diariamente), por la falta de ideas concretas para desarrollar (a veces no se me ocurre nada: el cliché termina siendo certero), porque he estado algo obsesionado con el sílabo sobre análisis del discurso (y también con FIFA 2019, todo sea dicho). Así que no he publicado nada aquí en estos días. No porque haya vuelto a fumar –sigo intacto en la abstinencia de tabaco–, sino porque me he sentido un poco aletargado e inmovilizado (quizá sea el efecto de conocer a Talese y su historia cultural sobre sexualidad norteamericana, La mujer de tu prójimo: uno queda devastado –o sea, sin ganas de escribir– luego de leerlo).

En todo caso, para aplacar la sequía de textos, me propuse escribir, a propósito de mis veinte –malditos– días sin fumar, algunos fragmentos inconexos. Distintos momentos que anoté en mi libreta digital y que aquí desarrollo someramente, como para dejar constancia de estos embriones de futuras historias. Son veinte ideas, recuerdos, vaguedades: simples, privadas, independientes entre sí, improvisadas (bueno, no tanto) y breves. En el día veinte sin fumar.



1. Durante muchos años escuché a Silvio Rodríguez. Era un fan enamorado de él. Tenía casi todos sus discos (incluyendo los Inéditos). Mis amigos del colegio descubrían el reguetón o el rock; yo, la trova cubana. Esta no es una declaración de superioridad moral, menos estética: es solo una manera de justificar por qué, a veces, me siento tan desactualizado.

2. Uno de mis recuerdos más antiguos es verme a mí mismo sentado sobre un bacín. Estoy allí, cagando. Tengo 2 o 3 años. Y estoy solo. O al menos así parece. Sostengo ante mí una máscara de plástico (esas antiguas que llevaban una liga frágil para colgar sobre tu cabeza). Y la rompo. Voy cortándola con mis manos, tiras largas, e introduzco los fragmentos de la máscara rota en el bacín, con la ilusión –¿ilusión?– de que suceda algo. Siempre lo cuento, siempre regreso a esta escena. ¿No hay algo simbólico aquí?

3. Hace mucho tiempo, cuando estaba quebradísimo, sujeto culpable y asustado, entraba al cine a ver una, dos, tres películas seguidas. Cualquier cosa, no importaba el título. Solo importaba escapar. No llegar a casa, no pensar en ella, no recordar eso.

4. Una de esas veces, lloré demasiado con los primeros minutos de un filme llamado Valerian: Bowie forever. Puede ser que necesitara llorar y tomara como excusa eso (porque la película, a excepción de ese primer momento, es una completa mierda). Pero, en todo caso, esa escena me inquietó demasiado. Aún lo hace cada vez que la veo. Mírala acá y dime si no es una utopía conmovedora: 





5. Acabo de verla otra vez y he descubierto, con horror, que entre los jefes humanos participantes de este encuentro sideral nunca hay una mujer: los otros que llegan son seres de distintos tamaños y géneros, pero aquí, en la Tierra, los jefes siguen siendo hombres. De distintas razas, edades, apariencias o costumbres, pero siempre varones. El recuerdo afectuoso que tenía por esta escena está dañado.

6. Cuando estaba en el colegio fui brigadier general. Y, a pesar de lo que podrías creer, hacia cumplir inexpugnablemente la norma. Si me conoces algo, sé que eso podría parecerte una contradicción: las normas están para quebrarse –suele decir/asumir, a veces, la parte más estúpida de mí. Sin embargo, si lo pensamos bien, no lo es: suelo ser un tipo al que le gusta quebrar las reglas, a menos, claro, que las reglas las imponga yo. Perverso, pero honesto.

7. La otra noche conocí a un hombre que acusaba a Donald Trump de confabular contra él. Compartimos asiento en el bus y me contó que era ecologista, que los ríos estaban contaminados, que sus tierras ya no producían. También habló de sus hijas, posibles asesinas; de su exesposa, hermana de los mandos más importantes del MRTA, y, por supuesto, de cómo Trump era dueño del oro peruano. A pesar de su evidente demencia, no pude evitar pensar que, de cierto modo, tenía un poco de razón. Me dio su tarjeta, me recomendó visitarlo y comer ciertos granos para no contraer el cáncer.


El ingreso a la comunidad nativa Chachibai, estuve allí durante mucho tiempo, en otra vida.

8. A veces recuerdo ese viaje a Chachibai y la noche en que nos gritamos mucho: en plena oscuridad amazónica, mientras los iskonawa dormían lejos de nosotros. Absolutamente aislados de lo que tú despreciabas (o no entendías). También recuerdo mi inestabilidad navegando en bote, un regreso a oscuras, los baños precarios, esa posibilidad de perderme entre pájaros y árboles para no volver. Aún conservo, entre algunos libros mojados, las hojas que recogí aquella vez.

9. Una vez, cuando todavía dormíamos en ese camarote, Lorena me preguntó quién me gustaba. Me propuso decirme quién le gustaba a ella, si yo decía quién me gustaba a mí. Éramos aún pequeños y aún compartíamos ese espacio de proximidad que, creo, poco a poco se va perdiendo (y aunque doloroso, supongo que es necesario). Ella me lo dijo primero: un chico con el que no llegó a bailar –¿o sí?– su vals de promoción. Cuando me tocó a mí, yo no supe qué responder: me gustaban todas, ¿cómo enunciar eso? Así que le dije que no me gustaba nadie. Espero que me haya perdonado la treta.

10. La violencia contenida con que te penetro: mis palabras evocando agresividad. Mi lengua humedecida por ti y en ti. Te cojo las manos con fuerza, jalo tu cabello, muerdo tu piel, la marco. Dos, tres dedos, ¿cuatro?. Tu saliva confundida sobre mis vellos, la piel de mis testículos marcada por tu boca. Tres orgasmos y medio. Te pregunto si te gusta, si quieres más, si te corres conmigo. Palabras inconexas que encadenan un significado: pinga, putita, cachar, tírame, chúpame, rico, así, sí, sí. Dos cuerpos confundidos violenta y gozosamente en uno.

11. La editorial de un sol, Toribio Anyarin Injante, nutrió mis primeras lecturas. Hay cosas que no se olvidan: historias recortadas, algunos vacíos inexplicables, lecturas posteriores en las que notabas que lo leído había sido una completa mierda (como Valerian). Una editorial 'chicha': sí, es probable. Pero era una posibilidad para leer.

12. Hace mucho tiempo perdí el talento para expropiar libros. Debería escribir (y quizá volver) sobre ello.

13. Quisiera estar afuera, fumando. Y no escribiendo estas letras inútiles.

14. La otra noche, K y yo vimos Mary Queen of Scots (Rourke, 2018), aquí traducida como Las dos reinas. Siento que es una película que debió tener mejor suerte: se estrenó en la misma temporada de La Favorita (Lanthimos, 2018) y esta se tragó por completo la atención sobre los dramas imperiales. No obstante, entre varias otras, me quedó esta idea muy marcada en la cabeza: lo masculino como potencialmente dañino. En este relato, todos los hombres son traidores, asesinos, estúpidos, crueles e infames. Y esa es una verdad que no está, para nada, alejada de la realidad.


15. Cuando me confesé por primera vez, le conté al cura que tenía “pensamientos indebidos” (así me dijeron que debía enunciarlo): fantaseaba con mis compañeras de colegio, me imaginaba besándoles el cuerpo, mordiéndole los pezones, convenciéndolas de tener una gran orgía conmigo. Una cosa curiosa: nunca hubo fantasía de penetración, todo era salival y táctil. Pero no se lo conté así, solo le dije que tenía pensamientos indebidos y, cuando quiso que profundizara, ya no le dije más. Entonces me recomendó que cada vez que fantaseara con ello, me imaginara a mi madre viéndome. Así de retorcido, pero efectivo. Me asustó mucho. Dejé de hacerlo por un tiempo, luego regresé. Pero el cura ya había efectuado su poder: instauró la culpa.

16. Me gustan los videojuegos por la capacidad de inmersión que producen. No juego tanto como me gustaría, pero cada cierto tiempo reinstalo mi adolescencia digital. Recuerdos de un visitante de cabina (por cinco horas, una gratis): StarCraft, Age of Empries, Counter Strike, WOW. El problema es que me envicio, y pierdo noción del tiempo, de las cosas, de la realidad. Entonces, con la ludopatía inoculada, abandono toda clase de deberes: comer, salir con mi novia, hablar con mi familia, ir al trabajo… solo un acto de voluntad radical –eliminarlo todo, ya mismo– me logra salvar.

17. David Bowie me gusta por lo que es: un tipo transgresor. Su propuesta, que me muscaliza muchos momentos de la vida, me parece muy potente. Algunos de sus temas: ambigüedad sexual, violencia desaforada, soledad estelar, experimentación, destino. He pensado en tatuarme su rayo emblemático en alguna parte del cuerpo que aún no decido.

Bowie sideral: aún mantengo la esperanza de vestirme como él en alguna fiesta de disfraces.

18. Un conjunto de versos sobre la masculinidad: tóxica, frágil, infantil. Un conjunto de ensayos sobre las diversas formas de violencia cotidiana (e imperceptible). Una reunión de perfiles de escritores peruanos malditos. Una investigación sobre los sujetos que no aceptaron militar en nuestra guerra interna (y que por ello pudieron escapar o, al menos, sobrellevar la vergüenza y deshonra que, en ese momento, significó decir no). 

19. Un ejercicio de intertextualidad. Este es un precepto teórico-político (también ético), escrito por Žižek, que me gusta bastante:
«Quizás, el enigma final de la posmodernidad reside en esta coexistencia de las dos actitudes inconsistentes, no percibidas por la crítica de izquierda habitual de los jóvenes intelectuales que, aunque son teóricamente conscientes de la maquinaria capitalista de la industria cultural, disfrutan de los productos de la industria del rock sin problematizarlos.»
20. Escribir es testimoniar. 

jueves, febrero 21, 2019

XII. Escribir agota


DÍA DOCE: martes 19 de febrero



Escribir agota. Es un ejercicio mental y físico que requiere esfuerzo, dedicación, sobreexigencia. Al menos así funciona para mí. Por eso detesto a quienes señalan que escribir es un placer sin más. Hace tiempo, un poeta medianamente potente dijo que él se sentaba y disfrutaba escribiendo. Desprecié su intervención. ¿Qué de placentero puede tener unir palabras, una tras otra, con desesperación, con angustia, intentando construir las formas precisas que mejor revelen eso que quieres decir?

Escribir no es placentero, provoca tensión, te pone ansioso, estresa. Cuando escribo, me cuesta. Inicio anotando palabras sueltas, suburbios de alguna idea, frases que inicien párrafos, que conecten experiencias, que anclen al lector. Luego voy depurando: meto comas, cursivas, interrogaciones, dos puntos, ¿dónde están los dos puntos?, me gustan demasiado. Voy encontrándole un ritmo, una tonada precisa, una coloración especial que materilice el sentimiento en ese montón de palabras que arrimo, tarjo, edifico. 

Pero mi edificio de palabras siempre amenaza con caerse: no sé cómo generar el cierre, a veces falta fuerza en la capacidad de conmover; no hay una verdad que genere empatía, identidad; no logro cierta singularidad; las descripciones resultan flojas, los diálogos aburridos… tantas debilidades, tanta fragilidad. Escribir agota. Súmese a eso mi dispersión: anoto líneas y luego divago en la red, apago el wifi y me distraigo con las propiedades de algún archivo, escribo a mano y empiezo a dibujar malas abstracciones en mi libreta.

Así que esta es mi cuota de escritura diaria en este –poco más que anónimo– espacio virtual: el reconocimiento de que este goce es una tarea fatigosa y aplastante, doblega el bienestar. Te hace sudar, comerte las uñas, dolerte el culo; se te engrasa el cabello, el aliento se te descompone, la panza aumenta; la circulación se daña, el sueño se interrumpe, debes consumir cigarrillos. Maldito goce malsano: porque creo que solo puede entenderse así. Si esto me genera tanta incomodidad, ¿por qué regreso siempre aquí, de manera compulsiva, reincidente, dañina? Todo quiero ponerlo en palabras, todo lo ando pensando en breves relatos, siempre ando escribiendo. Insisto: maldito goce malsano.


El poeta pobre (1839), de Carl Spitzweg.
Prototipo del sujeto abandonado, solo, sucio y desordenado, pero escribiendo.

Hoy desperté alrededor del mediodía luego de haber terminado un texto para una revista, me bañé y continué escribiendo ese paper que ya debería estar acabado. En el trayecto de la jornada, escribí chats, correos de respuesta, acuerdos para una próxima reunión, excusas, un par de saludos de cumpleaños, las ideas de un proyecto futuro, nombres para poemas que aún no escribo, una dedicatoria posible. Ahora, por la noche, luego de una jornada encerrado y escribiendo, anoto estas líneas pesimistas, resignadas, declaratorias: escribir me agota, hace daño, perturba… y sin embargo, estoy aquí, escribiendo.

Bolaño lo supo bien:


Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.


Sus palabras funcionan como un mantra en esos interminables y tormentosos momentos de escritura, como el de ahora.

lunes, febrero 18, 2019

VIII y IX. Formas de la celebración (o escribir con resaca)


DÍAS OCHO Y NUEVE: viernes 15 y sábado 16 de febrero


Tres situaciones de la noche. Duran hasta hoy. No resumen todo lo acontecido (¿qué podría realmente hacer eso?), pero la iluminan bien. Son fragmentos. Retazos que delinean el trayecto emocional de un viernes por la noche, de un sábado por la madrugada. Tres formas de la celebración.


Primera situación

El bar Don Lucho ha perdido algo. Ahora tiene dos televisores enormes por donde pasan canciones estridentes que potencian mi precaria posibilidad de escuchar. Si ya soy ligeramente sordo con el sonido cotidiano, aquí, a cada molestoso rato, debo volver a preguntar qué dijo quien hablaba. ¡Ah?, ¿qué cosa?, exclamo. Mis amigos primero me ayudan: me vuelven a decir lo que el otro contó. Incluso, a veces, él o ella se repite: vuelve a usar la misma inflexión con que cerró la broma, reaplica ese tono peculiar que usó al relatar el chisme. Una cerveza Cusqueña y tres Pilsen después, ya no me hacen tanto caso. Me ignoran con un poco de indulgencia. Y los entiendo. Alguien está contando algo sobre el trabajo y esto acaba de provocar una risotada entre los otros tres, pero Marc Anthony no me ha dejado escuchar bien el remate. Todos se ríen, mientras yo sigo preguntando, ya avergonzado, ¿qué dijo, qué dijo? Pasan unos segundos, me contemplan… ahora se están riendo de mi sordera.


La mítica rockola del bar Don Lucho (el nombre exacto de la máquina es 'gramola',
un gramófono eléctrico que funciona a monedas). La imagen la tomé de aquí.

No siempre fue así. Ese bar me gustaba porque la escasa bulla era casi siempre monopolizada por dos circunstancias: una rockola, viejísima y de contadas canciones del recuerdo (a dos por cincuenta centavos, solo las necesarias, escuchadas en un lapso prolongado de tiempo); y las voces de los propios convidados (risas, chillidos, gritos, insultos y demás) que resultaban un indicador efectivo del estado etílico –el carnaval– que allí acontecía. Pero ahora no puedo escuchar lo que mis amigos dicen. El negocio visiblemente ha crecido –hay un altillo nuevo y dos mozos más–, aunque Ciro está más viejo y los baños siguen conteniendo el nauseabundo espectáculo de siempre. Todavía se puede fumar allí, no sé si aún te traerán ceniceros. Pero nos fuimos pronto, rápido.


Segunda situación

Fernando atiende este lugar que, poco a poco, se ha convertido en uno de mis espacios favoritos de la ciudad. Es un bar pequeño y frágil. También inesperado. Sus paredes están adornadas con objetos disímiles entre sí, pero que, en conjunto, cobran una fuerza simbólica inusitada. Recito algunos rápidamente, los que más recuerdo: anuncios de productos antiguos (té Huyro o gaseosas Lulú, por ejemplo), una cruz breve, botellas al parecer jamás abiertas, una vieja butaca de cine (donde he visto a G jugar un par de veces), la fotografía de unos niños sobrevolando la Plaza San Martín (lo que más me gusta), sillones antiguos, un piano que ya no funciona, afiches de películas, disquets como posavasos, un cartel que dice Estación de la sal y tantos otros adornos que parecen sacados de Camaná (la calle donde se consiguen cosas viejas en Lima). El bar está iluminado con delicadeza, siempre pone buena música (a bajo volumen) y tiene una trastienda discreta; en el baño hay una radio antigua y, para llegar allí, se camina por un pasadizo donde alguna vez pensé en besarte. Cuando salía a fumar, antes, cuando fumaba, me solía preguntar cómo cabían tantas cosas (y personas) en este bar. Posee cierta singularidad. Creo que lo mejor son sus cartas de bebidas. En la contratapa estas tienen frases sobre el (desa)amor y otros dilemas: “sé que lo nuestro fue un error, pero también sé que debemos equivocarnos otra vez” o “nunca has sabido lo que quieres y siempre estás queriendo saber algo” (ven las fotos). Sus boletas de venta, aunque suene raro, también me gustan mucho: incluyen poemas y, en la parte que va el nombre del consumidor, Fernando escribe siempre “chicos” con una caligrafía de sujeto tímido y tierno, atento pero cordialmente distante (vean las fotos, otra vez). Es un tipo que se hace querer por su amabilidad y que le otorga un aura especial al comercio del alcohol. Nos fotografió la primera vez que fuimos, le obsequió un queque –diminuto y lindo– a Z cuando celebramos allí su cumpleaños. Siempre te hace sentir cómodo, a gusto, como si estuvieras en la sala de un viejo amigo.


Así que hasta allí nos movimos, a Olvídate Bar. Él pidió un capitán, ellas macerados, nosotros dos chilcanos. Hablamos de la primera vez que fuimos a ese lugar, de los padres que nos tocó a cada uno, las familias y ciertas miserias, de los proyectos futuros, las becas, los hijos que no tendrán, el doctorado, K hizo un brindis porque gané un concurso, conversamos sobre nuestras exparejas, A profundizó en sus razones para haber acabado una larga relación, G recordó un anillo, ella un deseo, yo varios viajes. En medio de la conversa, Fernando preguntó si alguien fumaba. Le dije que solía hacerlo pero que estaba en abstinencia. Entonces me obsequió un cigarrillo Inca. Es de los años setenta, está intacto, me dijo. Creo que sonrió. Se abalanzaron para que lo encienda allí mismo, pero yo vi una suerte de señal en el obsequio y no les hice caso. Así que lo guardé en el bolsillo de mi camisa, dispuesto a no fumarlo nunca.


Tercera situación

Más inmundo que los baños de Don Lucho es el piso de Vichama. Una mezcla de escupitajos, colillas, chela derramada, sudor acumulado (y probablemente orín) que el agua no limpia. Cuando llegamos, un concierto de rock duro, metálico, chirriante estaba terminando. Ellas fueron por reguetón, Z por trago, yo por cualquier cosa. G ya nos había abandonado (se fue con la excusa de terminar una tesis que ahora avanza con desesperación, dice). Creo que al final Z y yo nos divertimos más. Los videos de nosotros dos bailando así lo prueban. Nunca pasaron las canciones que ellas esperaban. Mientras, nosotros, jugamos al fálico fulbito de mesa en un destartalado armatoste (las manijas se salían cada vez que las manipulabas). Me ganó 4 a 3 y lo celebró como si Cueva no hubiese fallado ese penal (traumas de la historia nacional). Compramos varias cervezas. Hacia el final de la noche, estábamos más borrachos de lo que nos hubiese gustado aceptar. Un par de horas después, dormía en el sillón de K.

Hace mucho tiempo que no vomito. Me gustaba pensar que era una de las pocas cosas que, a diferencia de muchos, no realizo. Puedo –o podía– beber demasiado y no vomitar. Mantenerme incólume, sin exhibiciones grotescas. Es una afirmación algo tonta, pero válida, de la cual me sentía discretamente orgulloso. Pero la madrugada del sábado devolví tanto de mí que esa racha se quebró con violencia. El punto climático fue a la mañana siguiente, cuando luego de habérseme ido la vida sobre un sanitario ajeno, y escapar algo avergonzado de ese lugar, tuve que bajarme apresurado del bus que me trasladaba a casa, porque –oh, malditas arcadas– mi cuerpo amenazaba con hacer un espectáculo. No hubo tal cosa, es cierto. Pero sí algo cercano a la ironía vergonzosa: luego de reponerme un poco, noté que estaba a punto de vomitar afuera del campus de esa vieja universidad estatal en la que tantas veces me emborraché. Como quien contiene un dejavú o un acertijo indescifrable pero insultante, solo atiné a sonreír y recobrar la compostura. No vaya a ser que alguno de mis estudiantes me encuentre así, ¡já!

***

En fin, esas fueron las tres situaciones. Un bar que ya no me gusta, otro que sí. Una conversación fluida (y franca) sobre el futuro, un lugar que aún permanece inmundo. Y una racha quebrada por muchas náuseas matutinas. El cigarrillo Inca, regalo de Fernando, sobreviviente de los años setenta, resistió toda la jornada en el bolsillo de mi camisa blanca. En varios momentos me olvidé de él y no sé cómo permaneció sin quebrarse… Hasta la tarde del domingo, en que –vuelto a la vida– empecé a tomar nota de estas ideas (escribir con resaca es una actitud para valientes) y, al cogerlo para observarlo de cerca (pensé en describir su aspecto), se me rompió. Absurdo y descarado. También irónico e inesperado. ¿Acaso debo entender esto como una metáfora de mi alejamiento total de los cigarrillos y el acto de fumar? No lo sé. Pero el quiebre me pareció tan idóneo, que lo fotografié: ahora es la portada de este espacio digital de testimonios.

sábado, febrero 16, 2019

VI. Esto no es una entrada de blog

DÍA SEIS: miércoles 13 de febrero


Escribo con retraso, las líneas que ahora anoto las publicaré recién en un par de días. En ese sentido este es un diario rezagado. No es fidedigno ni exclusivamente directo (lo edito y reescribo más de lo que debería para considerarlo así). Creo que lo publicado aquí resulta una suerte de aproximación a lo real: «verosimilizante pero no necesariamente verdadero», como nos ha enseñado Sarlo. Sé que esto recoge algunas desventajas. La pérdida de lo inmediato, por ejemplo, esa belleza adictiva que contiene el breaking news (una de las poquísimas cosas que extraño de cuando fui periodista). Pero quizá sea mejor así. Todo testimonio (aún el más creíble) tiene un componente de re-creación que muchas veces no se ajusta a lo que otros también testimonian sobre el mismo evento. No estoy invalidando lo que el o la sujeto relata como propio –como legítimo y vivido–, solo señalo el componente ficcional que todo relato personal posee. Las autobiografías célebres, esos documentales intimistas, las memorias publicadas… todo contiene su cuota de ficción: también las palabras que lees en este espacio digital.

Comento esto porque hoy, aquí, quería relatar que toda la tarde se me fue viendo un streaming en el que se decidía mi futuro laboral más o menos próximo. Estaba boceteando la descripción de esta escena –el sujeto que mira y escucha nervioso la lectura de un acta final–, pero mientras escribía esto, lo que relataba me pareció poco creíble, inválido, falso. ¿Qué viabilidad tiene narrar en autobiográfico?, dudé. Y ya sé que la tiene (la singularidad subjetiva que cada uno ofrece, por ejemplo, ese lugar desde el cual solo tú puedes testimoniar). Pero, en ese rato, cuestionado, abandoné la descripción de cómo me retorcía ansioso en el asiento y me puse a elucubrar el párrafo anterior, ese que ya leíste. Creo que así queda mejor.

Comencé a escribir estas líneas desordenadas el miércoles por la noche y recién hoy, sábado de resaca, las acabo. En el trayecto desde ese día hasta hoy, me he preguntado si lo que aquí escribo debería ceñirse a una temática específica (los cigarrillos, la voluntad para aceptar su abandono) o si debería continuar con la narración de, so pretexto de mi cuarentena de tabaco, algunas otras cosas que hago en esta misma temporada de abstinencia. He venido haciendo esto último porque considero que la comprensión de cualquier evento (de cualquier decisión, incluso) no puede (no debe) registrarse aisladamente: necesitamos tener un panorama macro, complejo, polivalente, para comprender mejor. Inscribo mi decisión de no fumar bajo esa misma lógica, por ello cuento que estaba muy nervioso esa tarde de miércoles –mi sexto día sin fumar–, mientras miraba una transmisión en vivo y sin poder aplacar mi ansiedad con cigarrillos. Creo que por eso repetía, a cada rato y para mí, un ¡mierda! paliativo.

(Pero, nuevamente, me pregunto hasta qué punto todo este detalle verosimilizante resulta destacable, atractivo, necesario).

El evento duró un poco más de tres horas y yo, desde mi escritorio primero y luego abandonado sobre mi cama, miré cómo el conflicto acontecía. En San Marcos, la universidad pública más grande del país, la violencia es un asunto cotidiano. Las frecuentes protestas políticas, la guerra interna que desapareció estudiantes, la pobreza, lo han hecho así. Para el sentido común sanmarquino el reclamo es un componente elemental. Y este siempre conlleva violencia. Porque reclamar es interrumpir cierto estatus normalizado, un estallido en el supuesto bienestar calmo. Yo estoy parcialmente de acuerdo con eso. Y eso está presente, de diversos modos y matices, en toda la universidad. Por lo que así también fue en la reunión que veía nervioso:

El asunto estuvo divertido por momentos, es cierto. También ridículo en otros. Pero recién pude disfrutarlo luego del anuncio. Antes (una temporalidad que alude a los minutos previos de lectura del acta, pero también a los días preliminares cuando la espera me desquiciaba), estuve intranquilo y sudoroso. En fin, el punto es que ingresé –otra vez, pero esta como docente ordinario– a San Marcos.

Dos cosas sobre esto: una optimista y la otra confesional. La optimista es que el ingreso aún falta validarse. Puede que alguien impugne el proceso y que, valiéndose de una webadilla que me da flojera explicar ahora, le hagan caso y anulen el concurso. Esto sería un poco triste, pero bastante ridículo. No obstante, confío en que no sea así, de allí que este sea el asunto optimista. Lo confesional radica en que me da vergüenza haber sacado uno de los puntajes más bajos de los ingresantes. Me siento como el cachimbo que ingresa en el puesto 24 de 24 vacantes: al tope, casi raspando, justito. Y aunque, en mi defensa, diré que soy el más joven de los profesores ingresantes y que los otros obtuvieron más puntaje por sus libros publicados (yo aún estoy esperando la confirmación de una revista supuestamente indexada que no sé por qué carajos aún no responde las revisiones levantadas), el roche permanece.



Esto no es una pipa
, el famoso cuadro de René Magritte. Lo pintó en 1929.

Ese es el asunto. En su serie La traición de las imágenes (¡qué buen nombre!), Magritte presentó su famoso cuadro Esto no es una pipa. Así hacía alusión a que eso que todo el mundo veía no era el objeto que conocían como una pipa, sino solo una representación. Esa es la idea con la que quiero cerrar esta entrada. Siguiendo a Magritte –y salvando las diferencias abismales y burdas, obviamente– podríamos jugar a parafrasear que esto, lo que ahora lees, no es una entrada de blog: es, más bien, el recuento verosimilizante de qué hice la tarde-noche del trece de febrero. Hacia el final del día, un poco satisfecho –e ilusionado– con los resultados, me dieron ganas de fumar un cigarrillo celebratorio. Esos que tanto fumé y amé. Lo cambié por un breve shot de pisco: espero no terminar reemplazando una adicción por otra.

(Eso último fue el comentario irónico e innecesario, quizá incluso algo forzado, para cerrar el texto. Lo sé. Creo que esa era la intención.)