domingo, febrero 17, 2019

VII. Dos poemas de Eielson sobre el amor


DÍA SIETE: jueves 14 de febrero


Jorge Eduardo Eielson es sin duda uno de mis poetas favoritos. 

Sus versos-flechas me han atravesado-conmovido muchas veces. Todavía lo siguen haciendo. Hay algo en cómo dice las palabras que me hace sentirlo muy cercano, íntimo. Debe ser el modo en que describe el cuerpo («miro mi sexo con ternura, toco la punta de mi cuerpo enamorado»), o cómo convoca la soledad que lo habita («el mismo que se refleja en el espejo y ríe»), quizá sea la expresión singular de sus dudas («y no soy yo que veo, sino el otro, el mismo mono milenario que se refleja en el espejo y llora»). Hay algo allí. 

Fue uno de mis primeros descubrimientos en la universidad. Recuerdo haber leído su Poesía escrita con un asombro inusitado, pasional. Como la llegada del primer orgasmo, como el descubrimiento de algo que saboreas demasiado bien en el paladar, así, con esa fascinación, leí sus poemas en las bancas de Letras, en su pórtico, en los largos trayectos que recorría de regreso hasta mi casa, al sur de la ciudad. 

Hay lecturas que envejecen: ciertas novelas, algunos cuentos, varios poemas que releí hace poco ya no emocionan como antes. Pero con Eielson esto no ha pasado. Los mismos versos, los que más me gustaron, que leí desaforado y angustioso en cierta prehistoria de mi vida, me siguen estremeciendo, permanecen intactos en su compulsión. Quizá la clave esté en cómo sus palabras representan bien ese malestar para aproximarse (o sostener) el lazo con el otro del amor. 


Esta última idea no es mía, sino de Alfonso. Y no las dijo sobre Jorge Eduardo, sino sobre mí. Pero desde que mi terapeuta las escribió, yo no he dejado de pensar/sentir que Eielson ya me las había estado diciendo desde mucho antes. Probablemente, desde que hallé, conmovido, su póstumo Habitación en Roma (2008). Este es un libro que yo memorizaría esta noche, si mañana se acabara todo, todo. Veinte poemas (más uno agregado). A veces, me parece, siento que quien habla en este libro está encerrado en una habitación con balcón amplio y vistoso. Y desde allí, desde esa prisión irónica y privilegiada, va describiendo lugares, personajes, sentimientos y momentos que observa y recuerda. Pero esta es solo una impresión, al menos funciona para los dos poemas que quiero compartir aquí. 

Resultan doblemente idóneos: están ubicados casi a la mitad del poemario y están presentados uno después del otro. Son próximos y medulares, emocionalmente cercanos. No pretendo detenerme aquí a realizar un análisis sobre por qué son hermosos o potentes. Esto no es una clase, sino una exhibición. No es una conferencia; a lo mucho, quiere ser una suerte de lectura poética digitalizada. Por eso, me gustaría compartir, de todas las maneras posibles, estos dos poemas de Eielson sobe el amor (¿un regalo tardío de San Valentín?, quizás). Y para ello, creo que no bastan las imágenes que contienen las letras de ambos poemas. Por eso les puse voz. 

Hace un rato, me grabé leyéndolos: una sola pasada, una única grabación. Como cuando lees en algún recital y solo tienes una oportunidad para conmover. Disculparán la técnica fallida (creo que el primero me quedó mejor que el segundo), pero no quería dejar de hacerlo. Así que estos son los poemas –Albergo del sole II y Junto al Tíber la putrefacción emite destellos gloriosos–, y esta es mi vergonzosa voz leyéndolos:


  
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------



Siento que yo podría testimoniar muchas de las palabras que en estos versos Eielson enuncia. No entraré en detalles, porque ahora no importa, pero en Albergo del sole II hay toda una verdad sobre el arrepentimiento amoroso: ese dolor que uno no controla, pero que tampoco quiere controlar. No solo eso, también hay un reconocimiento y una descripción íntima de lo que Sabina dice al principio de Y sin embargo, pero de manera más vulgar:

«De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que darí­a por ti la vida entera: por ti, la vida entera. Y sin embargo, un rato, cada dí­a, ya ves, te engañarí­a con cualquiera, te cambiarí­a por cualquiera»

Esta es una posibilidad del amar, la del arrepentimiento. Pero no es la única. En Junto al Tíber…, en cambio, la posición del sujeto es otra, aunque igual de profunda. Aquí se parte del arrepentimiento hasta llegar –delirios y cigarrillos (que tampoco fumé) de por medio– al renacimiento del amor. Entre sus labios resecos, en esos versos que ya no serán durmientes, sino activos, poderosos e impactantes como lo pueden ser los balazos: ese gesto de reconstrucción es también una forma del amar.

Yo he sentido ambas dimensiones del amor. Estoy seguro que tú también: esa gran complejidad para sostener el lazo de reconocimiento mutuo con algún otro. Y aunque a veces –cuando me nublo y dudo y me pongo psychokiller– quiero dejarlo todo y largarme, creo que estoy aprendiendo –K de por medio– a lidiar con todo esto. Entre tantas otras cosas, le estoy muy agradecido por ello. Que así sea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario