lunes, noviembre 04, 2019

XXVI. La historia no es tan sencilla

Día veintiseis: martes 05 de noviembre


La historia no es tan sencilla. Ambos lo sabemos bien. Me la has contado en fragmentos inconexos. Una suerte de rompecabezas emocional que yo he ido armando en distintos momentos sin tener un plano claro. Sin poseer una imagen final (ni certera) de lo que estos episodios, reunidos en conjunto, podrían significar. Aunque creo que aquí estoy mintiendo: sé a dónde conducen (al menos en apariencia), también qué imagen logran en conjunto. Lo primero que me contaste fue que tu ex te seguía escribiendo. Acabábamos de conocernos, todavía fumaba y me dijiste, como quien cuenta algo normal, que sí, que todavía él te seguía escribiendo. 

Solo unos meses después, cuando ya nos acostábamos con regularidad, entendí que él te escribía insultos. También te chantajeaba. Videos y fotos, creo. No estoy seguro de esto último. Pero había una amenaza constante allí. Estabas en clases (aún no las abandonabas), en casa. Y llegaba un mensaje de texto. Temblabas, su presencia digital te desconcentraba. Había ansiedad. Necesitabas encender otro cigarrillo sabor sandía y seguir contándomelo. Lo tenías bloqueado de todas las redes, pero los mensajes siempre aparecían. Ahora, a varios años de esas tardes, recuerdo cómo me confiabas todo eso y cómo no me importaba mucho. No puedo evitar sentir cierta vergüenza al pensarlo. Al escribirlo. 

Te deseaba. Yo solo te deseaba. Tus piernas hermosas y breves, tu cara siempre suave, tu olor, tu humedad. Pero no tus palabras. Solo te deseaba como un cuerpo en el que podía ahogarme de placer con desesperación y recurrencia. Sé que te escuchaba y que repreguntaba (y a veces eso contribuía a reorientar tus monólogos), pero creo que no me importaba mucho lo que decías. Era un oidor pasivo e inoperante, incapaz de comprender. Ya lo sé: tampoco es que yo me encontrara tan saludable. Lamento justificarme así. Eran años en los que necesitaba dos o tres pastillas diarias para estabilizarme. Para no hundirme en el charco de voces (y culpas) que solían aparecer. 

Luego dejaste de hablarme. Una pausa prolongada en la que mis venas se abrieron solo un poco más. Al volver, tú también tenías marcas. En el vientre, en la ceja, en la rodilla izquierda. Un aborto en tiempos más allá del requerido, una cachetada que te envió contra los bordes de una mesa de noche, una caída al intentar bajar corriendo las escaleras de su casa. Te pregunté por qué habías vuelto con él. Porque me sentía sola, porque me gustaba, porque había algo en sus palabras que me hacían sentir. Que te hacía sentir. ¿Qué te hacía sentir? 

Te quedaste a dormir unas semanas conmigo. Recién estaba instalándome. Había retomado la terapia. Mis libros estaban en cajas, las ollas también. Me recortaron la mensualidad. No salía mucho de casa. Solo una vez, cada dos o tres días, para comprar cigarrillos, pan, sopas instantáneas, atunes, chocolates y leche. En ese tiempo creía que las propiedades desintoxicadoras de la leche podían extenderse hasta mis adicciones. Una vez preparaste salsa roja, la comimos en silencio. Estaba rica. Recuerdo que esa noche lo hicimos con calma, con una paciencia infinita que no me conocía. Recuerdo también que ninguno llegó al orgasmo: me quedé dentro tuyo, adormecido y calmado. 

Cuando empezaba a enamorarme de ti, te fuiste otra vez. Con mi familia, no sé por cuánto tiempo, me respondiste. Puedes retomar, yo estoy intentándolo también, podríamos intentarlo juntos, insistí. Esa vez sí quería escucharte en serio. Me miraste con ternura. Tú no entiendes nada, pequeño adicto. Me dejaste uno de tus polos como regalo. Llevaba la cara de la princesa Leia y debajo, en homenaje a Bowie, unas letras rojas que cantaban Rebel, Rebel. Lo usé durante mucho, hasta olvidar que inicialmente fue tuyo. 



Luego recaí y esta vez me internaron y tuve tanta mierda encima que dejé de pensarte. Uno o dos años después, Esteban me contó que te había hallado en esa fiesta. Y que pasó eso. Eso que ahora quiero contar. El motivo de este correo que no enviaré. Todo este preámbulo para expresar en palabras torpes e inútiles cómo esa noche, en la fiesta por los treinta años de ese imbécil, cogiste el cuchillo. El cuchillo que cortaría la torta. Allí, delante de todos, para amenazarlo, para vengarte. Para quitarle, por fin, la máscara de hijo ejemplar, de buen estudiante, de amigo solidario que golpea a su novia a escondidas. Dejar el anonimato para que todos se enteren la mierda de persona que era. Que es. 

Pero todo salió mal. Y era previsible. No había otra forma de que eso saliera así. Esteban cuenta, exagerado y torpe, brusco e ignorante. Lo odio, pero es quien me lo cuenta. No estaba borracha ni drogada, al menos no parecía estarlo. Yo fui uno de los que la agarró. Gritaba incoherencias. Llegó a pasarle el cuchillo encima de la casaca, sí, se la cortó un poco. Pero la agarramos rápido. Como una loca, huevón, imagínate, como una loca poseída. Estaba dolidaza, no paraba de gritar. 

No, no es así. Le digo a Esteban que tú me contaste que él te golpeaba. No me cree. Nadie nos cree. Todos han asumido que te comportaste así porque él te dejó. Por fin. Luego de tantos años. Después de tanto terminar y regresar. Te dejó, por fin. Solo fuiste a la fiesta para querer cagarlo, porque estabas celosa, porque no aceptabas que te dejara. Porque le dieron la beca además, ¿cómo no iban a dársela? Se va el próximo semestre. Es mejor alejarse de ti. Se habían vuelto tan tóxicos. 

No puedo seguir escuchándolo. Me invento una excusa. Regreso al carro a buscar mis cigarrillos. Solo queda uno. Lo enciendo, camino en busca de más. No tengo efectivo. Lo descubro recién en la tienda. No aceptan tarjetas. Estoy discutiendo con el tipo de la tienda. Le estoy gritando por no aceptar tarjetas. En medio de los gritos me doy cuenta de lo estúpido que soy. Me corto. Le digo disculpa, me voy. Quiero más cigarrillos, quiero fumar, quiero gritar, quiero llorar. Quisiera buscarte. Quisiera abrazarte y olerte. No tengo tus números, te perdí el contacto en redes hace mucho. Solo este correo aparece. Así que estoy escribiéndote. Aquí estoy intentando escribir parte de nuestra historia. No es tan sencilla.

sábado, agosto 17, 2019

XXV. Nunca es suficiente para mí


Día veinticinco: sábado 17 de agosto


Es sábado por la noche y estoy estimulado por el humo que no fumo. Vengo escuchando a Natalia Lafourcade desde hace unas horas. Anoche Kristhel me hizo prestar atención a algunas de sus canciones. Quizá como queriendo dedicármelas, pero sin decirlo explícitamente.


Lafourcade cantando a través del humo

Nunca es suficiente me ha parecido bastante honda. Me conmueve. Creo que me gusta muchísimo la facilidad con que expresa el desamor en uno de sus puntos más dolorosamente agudos: el momento exacto de la comprensión atroz (tú eliges si será breve o extensa) de que todo se acabó.

Solo quien ha terminado una relación amorosa importante, de esas que cambian y enrumban la vida, de esas que marcan y que con el recuerdo fresco todavía provocan calambres en el alma, solo ellos, solo ellas, los sobrevivientes del desamor, saben lo difícil e insoportable que puede llegar a ser ese momento exacto.

Esta canción, lenta y llorosa pero bella, habla de ello. Del momento en que el amante, ese sujeto al que nos hemos entregado, se va. Quizá no físicamente (porque podrían pasar todavía unos meses, unos años hasta verbalizarlo o decidirlo), pero sí del ‘nosotros’: cuando entiendes que, como canta Natalia, ese que amabas se perderá en los recuerdos por haberte hecho llorar.

De toda la canción, esta parte me conmueve mucho:
"Mi corazón estalla por tu amor y ¿tú qué crees?, ¿que esto es muy normal? Acostumbrado estás tanto al amor que no lo ves, yo nunca he estado así: si de casualidad me ves llorando un poco es porque yo te quiero a ti."
Creo que me he sentido en ambas posiciones: como el que canta esas letras y como al que se las cantan. Es el reclamo legítimo, entre esos dos que ya no son uno, de quien ha sido menos amado. Tan acostumbrado has estado a que te ame de esa manera que no has sido capaz de comprender la verdadera dimensión de lo que significa mi amor: esa es la exigencia. No es poca cosa, pues avizora la grieta insalvable que ahora los separa.

Hay varias versiones. La del Spotify Session me gusta por lo íntimo que resulta. La versión oficial me gusta por su videoclip. Comienza con una cama que gira mientras va mostrando varias parejas en sus diferentes desencuentros: el aburrimiento, lo que agota, ese final que se aproxima. Llama la atención lo que aquí se propone con los personajes: cómo se transita con tanta facilidad de esa proximidad amorosa al contacto agresivo, de los abrazos a los golpes. Acaso porque ambas situaciones son formas del contacto corporal, acaso porque ambos gestos –los golpes, los abrazos– son los símbolos de lo más irracional que tiene el amar: la pasión, la desesperación.



Nunca es suficiente para mí es, por tanto, un himno a esa declaración que, un poco escondida, contiene la canción: “yo quisiera hacerte más feliz”. Pero claramente no puedo. Así que solo queda aceptar el fin. Cantar la pena, musicalizarse el dolor y seguir. Seguir.


jueves, agosto 15, 2019

XXIV. 187 días sin fumar: mi amistad con Campo B



Día veiticuatro: miércoles 14 de agosto


I

Llevo 187 días sin fumar.
Seis meses y seis días exactamente.
Alrededor de cuatro veces más la propuesta que inicialmente me atribuí en este espacio.
(cuatro, como las partes de este texto confesional)

Que no se piense que escribo estas líneas para presumir mi abstinencia, lo hago tan solo para evidenciar mi ansiedad.

Porque esta es –quizá– una forma de retomar este espacio: como quien vuelve a su habitación después de un largo viaje y halla sus cosas, sus recuerdos, una parte de su vida, intactos.

Intactos en este lugar.


II

Así que quiero contar o, para ser más exacto, interpretar aquí –con ligereza y brevedad– la historia de mi amistad con Campo B. Me gustaría afirmar que esta fue una relación ejemplar sobre los modos en que he sobrellevado mis aproximaciones amicales (el símbolo de algo fallido que no logro identificar con claridad). Pero no estoy seguro de que las palabras que aquí escribo alcancen para sostener algo así.

¿Ausencia de representatividad? Tal vez.

Aunque probablemente se trate de mi incomodidad por revelar tanto a partir de tan poco.

(Quizá sea, más bien, esa incapacidad para sujetarse completamente a la verdad que todo testimonio conlleva. Porque el recuerdo de uno siempre termina ficcionando algo de lo relatado: unas palabras inexactas, el tono impreciso con que se dijo, la secuencia variable de los hechos. Simular es re-crear. Y probablemente solo lo colectivo garantice una aproximación verosímil a los hechos. Probablemente solo nuestras dos voces podrían acertar sobre lo que fue nuestra amistad. Y este espacio digital es tan monologante...)

Así que advierto: esto resultará incompleto, intervenido y algo ficcionado: quizá falseable, pero no falso.

Borges, indudablemente.

III

Esteban conoció a Campo B en el colegio. Cuando tenían catorce o quince años: más, menos. Y siempre le pareció un tipo raro. De esa rareza que se ubica con difícil claridad entre la brillantez y la estupidez. Entre lo ridículo y lo asombroso. Ya por esas épocas, esos compañeros que odiábamos mucho –porque eran tontos, porque no leían o veían lo que nosotros sí, porque se divertían de un modo que resultaba imposible (e inalcanzable) para nosotros– le decían ‘el viejo’ o ‘el abuelo’. No recuerdo exactamente cuál era el apodo, pero era un término vinculado con su seriedad. Con su silencio. Con esas expresiones duras y aparentemente frías que le conoció tan bien. Con su modo de aproximarse a los demás. Era un tipo diferente. Y a Esteban (que ya andaba tan solo en esos años) le llamó mucho la atención. Eso, en principio.

Empezaron a frecuentarse por Borges. Él le prestó por primera vez El Aleph y Ficciones: algo que debería bastar para hacerte amigo de alguien. También porque ambos venían de familias con trabajos más o menos precarios que no alcanzaban para pagar las boletas mensuales de esa jaula religiosa. Así que, sin poder entrar a clases, se quedaban afuera del colegio, conversando sobre lo que luego empezarían a llamar con demasiado fanatismo (y simplicidad) el sistema capitalista. Creo que también hablaban sobre dios. En esa época lo recuerda así: delgado, con ese uniforme escolar horrible, con unos pómulos levemente alterados por el acné; los inicios de una barba que siempre se mantuvo incipiente, breve e hirsuta; dedos largos, labios algo trompudos, orejón, cara ovalada. Hablaban, hablaban mucho.

Hicieron teatro juntos, entraron a la universidad en carreras más o menos cercanas. Aunque a Esteban no le guste aceptarlo (o contarlo), coquetearon –aquel más que él– con un partido de izquierdas hoy ya desacreditado. Presentaron en su viejo local la veintiúnica obra de su grupo llamado Ulises (en claro homenaje a Joyce). Una obra en clave de farsa que parodiaba la política latinoamericana. El argumento era sencillo: dos mendigos que juegan a gobernarse van pasando por distintos estadios –monarquía, democracia, dictadura–, hasta que uno se cansa y hace la revolución. La gente solía reírse mucho con esa obra. Yo creo que eran divertidos y únicos sobre el escenario. Tenían bastante química.

Por esa época hacían muchas cosas juntos: salían a caminar, veían exposiciones, nadaban, jugaban básquet, hablaban sobre pornografía, drogas y algunas formas para seducir mujeres. Alguna vez se emborracharon. Otra vez se quedaron varados a mitad de la noche en el centro de la ciudad y nadie quiso llevarlos. Compartían lecturas, películas, problemas familiares, canciones de Silvio. Era claramente una amistad fuerte, intensa. Se decían hermanos. Se querían mucho. Esteban solía acompañar a Campo B, incluso le regaló un poemario de Brecht. Campo B hizo entender a Esteban algunas cosas que él no quería ver. Era una amistad masculina que se miró con sospecha, que resultó fragilizada, cuestionada. Muchos, cercanos y ajenos, pensaron alguna vez –en broma y en serio– que eran una pareja. Dos hombres no pueden andar juntos mucho tiempo, les decían. Y era difícil: ahora mismo, mientras le dicto a Esteban estas palabras recuerdo lo difícil que era abrazarnos, decirle que era una persona muy importante para mí, que su amistad me había salvado muchas veces del delirio de sentirme solo y abandonado. Dos hombre no podían ser amigos, insistían.

Pero de alguna forma eso terminó siendo verdad. Demasiado tiempo juntos fue una fórmula que terminó agotándose. En algún momento ya no se soportaron. Campo B era un ofidio intenso en sus críticas, en sus ganas de hablar, en sus maneras de querer que lo quieran. Esteban era un caballo desbocado, gozosa y patéticamente herido, ridículo en sus manifestaciones de poder. Eso es todo lo que diré. Sin detalles específicos sobre el desamor, la lucha por ciertas posiciones o los abismos de su amistad. Porque no se habla mal de los muertos.

En algún momento de la Historia, estos cigarrillos solían costar dos por cincuenta centavos.

 IV

Así que cerremos esto de una puta vez. Si escribo aquí sobre Campo B. Si me performo en Esteban para hablar de mi amigo de adolescencia y primera juventud –ese sujeto que ya no volví a ver más, que una noche simplemente desapareció de mi vida– es porque quiero contar cómo le enseñé a fumar.

Fue sencillo: compré un par de Pall Mall mentolados en la rotonda de Letras, la de baños inmundos. Y de mi cajetilla de fósforos saqué algunos cerillos. Los encendí, aspiré. Le pasé el cigarro. Él no aspiró, sino que lo chupó. Creo que lo insulté por haber mojado el filtro, creo que me respondió, creo que nos divertimos. Nos acabamos ese cigarrillo rápidamente y luego le pedí que encendiera el otro. No le fue bien al principio, pero terminó funcionando. Ya no recuerdo si se atoró. Tampoco si le enseñé a golpear el humo allí. Hicimos eso porque en una presentación que el grupo Ulises tenía (nos pagaron cincuenta soles) él debía fumar. 

Y ya que no sabía, yo –Esteban– aproveché la ocasión.

Luego volvimos a fumar varias veces. Me pregunto si aún ahora lo hace. En una de nuestras últimas noches, me dijo que se sentía muy agobiado por todo lo que mi presencia significaba para él. Me has hecho mucho daño, creo que me dijo. Y yo, que a esas alturas ya no me importaba casi nada, simplemente le di la razón. Luego confesó algo, creo que emocionado, y se fue.

Por supuesto, hay detalles en los que aquí no me detendré. Algunos que pasan rápidamente por mi cabeza ahora, digo, por la cabeza de Esteban: los argumentos de cuentos que me dio, la relación con su padre, su hermana G a quien nunca pude acercarme bien, su linda y pequeña casa, su madre, las cosas que le dijo a Sé, las que también le dijo a A. Cómo se enamoró de A. Cómo no supe decirle que A no lo quería a él, sino a mí. Las tardes y noches en que hablaba y hablaba y hablaba y yo solo lo escuchaba (creo que aprendí algo sobre el arte de escuchar allí). Las maneras en que teníamos de pagar (y evadir) los pasajes. Su forma ridícula y tiesa de bailar (y también de cantar). Su influencia, su aprobación. La habitación en Roma de Eielson. Unas conferencias sobre filosofía, una caminata por San Marcos. La noche en que compartimos los tres un vino. La noche en que le dije que hablaba demasiado, que se callara, ¡por favor! Los libros que aún me debe. Los libros que aún le debo. La mañana en que, luego de un concurso de poesía, me mostró una manera de ser que pocos conocían: la del muchacho frágil y cariñoso que me hacía su amigo.

La última vez que lo vi estaba esperando el tren. Seguía delgado, huesudo, el bigote ya estaba poblado, pero el cabello seguía desordenado. Una chompa azul, un maletín negro, una camisa a cuadros: era un intelectual, de esos que enseñan en la universidad. Como yo mismo lo soy, o intento serlo, ahora. Solo lo vi de lejos, no quise acercarme a saludarlo. Irónicamente (o quizá como un tributo malsano) me puse a leer a Borges. Elegí, porque sí, Episodio del Enemigo (solo la Chica dragón entenderá esta referencia). Entonces el ciego me dijo: “además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón”.

Creo que me reí muy fuerte.

Creo que él me vio.

Pero nadie dijo nada.

Fue mejor así.

jueves, mayo 09, 2019

XXIII. ¿Dónde será que estás ahora en este instante?

Día vientitres: jueves 9 de mayo



Esta foto me la tomó mi amiga Mary, hace mil años.
Ayer cumplí noventa días sin fumar. Estas son semanas demasiado ocupadas. Me he mudado (parcialmente), intento pensar en otro idioma por las mañanas, trato de ser responsable. También consecuente. A veces sueño que fumo o que, más bien, estoy siendo fumado. Es raro de explicar, así que imagínense ustedes qué significa esto de soñar que uno es fumado. Tengo muchos textos a medio terminar que deberían ir completando este espacio: sobre un amigo que ya no veo y a quien enseñé a fumar, sobre las imágenes de colección que colocan las cajetillas en sus empaquetaduras, sobre mi madre fumando cada noche con más o menos los mismos gestos, sobre mi hermana pidiéndome un cigarrillo mientras bailamos Un verano en Nueva York, sobre otras maneras de fumar, sobre cómo estoy intentando sobrevivir a este ejercicio de autocontrol y despojo. Espero irlos acabando en esas noches en que paso café y me siento a mirar (algo sosprendido, algo dichoso, algo melancólico) cómo las cosas han cambiado. 

Por lo pronto, dejo esta canción como testimonio de una noche pasada, de una tarde actual, también de una mañana por venir. Me gusta mucho. Si alguien se preguntara, en este preciso momento, qué está haciendo el sujeto de chompa azul con puntitos (ese con cara desesparada) 
que se refugia de la celebración (que se refugia de una verdad) mientras escribe estas líneas, yo le contestaría que escucho esto. Y no es poca cosa:


Dove sei, bella? Dove vai?
¿Dónde será que estás ahora en este instante?
¿En cuál de tus varios mundos distantes?


Cause you come and you go
you go and I wait,
I wait and you move,
you move and I come.

Dove sei, bella? Dove vai?
¿Será que sientes en la distancia, mi comprañía?
¿Y en cuál de tus varias sillas vacías?


Cause you come and you go
you go and I wait,
I wait and you move,
you move and I come.

Dove sei, bella? Dove vai?
¿Dónde será que estás ahora en este instante?
¿En cuál de tus varios mundos distantes?



 

martes, abril 09, 2019

XXII. La chica que cazaba dragones



Día vientidós: martes 9 de abril



Hay una escena. Me ha estado llamando desde muy temprano, el día anterior, la noche pasada. Alguien ya no está y ella está empezando a padecer su ausencia. Ahora yo la espero, bajo un sol de domingo y mediodía. Aún puedo fumar. Todavía nos mantenemos en contacto y hablamos con regularidad. Esa noche no he dormido bien: ha sobrevenido un poco de exceso, pero ella jamás lo sabrá. No tendría por qué. Suena Pulpos y yo creo ver, en su letra y melodías, algunas verdades (palabras de amor) que no podré decirle mientras la abrace y llore sobre mí, absoluta y perdida. Recuerdo que llevaba consigo algunas prendas que no eran suyas y que nunca la había visto tan enloquecida. Si en algún momento se convirtió en mi amiga, en mi confidente, fue porque ella podía ver/entender en mí algunas cosas que también eran suyas. Hermanos en la (auto)expulsión. Pero ahora estamos allí y caminamos sin rumbo. Así nos recuerdo cada vez que suena Pulpos. Hay un momento en que yo me pierdo, me dejo seducir por su dolor, unos instantes en que verdaderamente no sé qué hacer. (Hace años tuve que sacrificarla para seguir creyendo en una idea.) Pero pronto ella nos rescata: sus genuinos impulsos por observarse desde el lado maternal de las cosas. Entonces me conduce. Entiendan la paradoja: yo estaba allí para cuidarla y ella me termina conduciendo a mí. Le comento sobre esta canción, me dice que no la ha escuchado. Mucho tiempo después me contará que no le gusta tanto, yo le responderé que de maneras inevitables me recuerda a ella. 

A mi amiga y a mi, durante mucho tiempo, nos gustó Fito Espinoza.
Ella solía identificarse con este cuadro

Hay otra escena. Es madrugada, hace mil años, tenemos 20 o quizá 10, tal vez solo somos unos cigotos interactuando entre sí. Hemos ido a una simulación de concierto sobre el tipo que nos musicaliza la amistad. En algún momento de la noche, los roles, las identidades, se van a confundir. Yo exploraré sus miedos, su cuerpo. Ella me dirá cosas demasiado importantes para olvidar. Cosas que a veces preferiría no saber. Vamos a estar frente al mar. Vamos a caminar demasiado. Tiempo después la vida nos dinamitará. Pasarán muchos años hasta que volvamos a tener este tipo de conversaciones, de intimidad. Esta vez estamos en una banca, en alguna parte de la ciudad. El humo nos ha marcado y reímos a carcajadas, exagerados y estimulados por las posibilidades de la noche, de la amistad. Ya hemos llorado juntos y abrazados en una esquina miraflorinamente concurrida. Ya me he disculpado. Ya me ha enviado un mensaje (que luego borró) para estar al tanto si el procedimiento no sale bien. Ya me ha contado su cuota de toxicidad, sus sueños, sus nuevos ritmos de vida, sus gatos, la planta que cuidó su padre, su nombre falso, esos esporádicos encuentros con él, la voz de su madre, luna. Yo creo haberla escuchado un poco, le he ofrecido muchos cigarrillos, el número de mi terapeuta, creo que también le enseñé a abrazar bien. A veces, cuando (ya) no (me) responde, miro nuestras conversaciones pasadas, interacciones digitales que testimonian una amistad, algunas complicidades, varias confesiones. 

La chica dragón (también de Fito Espinoza). ¿No es acaso una linda alegoría
sobre las posibilidades de aprender a controlar a las propias bestias?
Alguien dijo que la familia son los amigos que uno escoge. Alguien más dijo (creo que Borges) que los verdaderos amigos no necesitan verse o saber del otro siempre. Yo creo en ello cada vez que pienso en ese puñado de personas que tanto quiero, que tanto lastimo, que tanto amor y violencia me han generado. Y pienso en eso cada vez que la evoco, cada vez que le escribo cartas imaginarias, cada vez que nos recuerdo –jóvenes y hermosos– en el pórtico de Letras. Una vez soñé contigo, autoapodada chica dragón. Cazar dragones debe ser un arte estúpido, te decía (mientras fumaba). , pero es un arte valiente, me respondiste. 

Luego 
tú 
dragón 
alzaba(s) 
vuelo

lunes, abril 08, 2019

XXI. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida


DÍA VEINTIUNO: lunes 8 de abril 


Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Dejé de escribir en este espacio por falta de tiempo, no porque haya retomado el arte de consumir cigarrillos. Me mantengo intacto de tabaco y demás sustancias. La cuarentena ya se cumplió, pero mi abstinencia continúa: aún no he fumado. Hay (muchas) más ganas, aunque también un poco más de control. A veces siento demasiada ansiedad (ganas de soltarlo todo y largarse), pero aparecen nuevas certezas que calman, estremecen, enrumban: ya no estoy hablando solo de los cigarrillos. Después de todo, esto siempre ha sido un pretexto –una posibilidad– para escribir. Es cierto que he estado a punto de quebrar el pacto y correr a comprar una cajetilla para reventarme la boca fumándome el paquete de una sola vez (idea para un video estúpido en YouTube: un sujeto se introduce todos los cigarros que caben en su boca e intenta encenderlos, y fumarlos todos, a la vez). Pero desistí. También es cierto que he olido demasiado cerca el tabaco de algunos acompañantes: envidio su condición de sujetos que no necesitan demostrarse su capacidad de contención. En fin. Quise probar con inhaladores digitales pero creo que me identifico como un sujeto más o menos analógico: uno envejece sin que lo note con claridad. La escena del cigarrillo virtual, imaginado, ficticio, recreado, me sigue sosteniendo. Pero no basta. Así que aquí estamos, cínico lector: hoy cumplo sesenta días sin fumar. 

Cuando me propuse esta cuarentena de autocontrol (y autoconfesión), supuse que algo así pasaría. Que en algún momento se interrumpiría esta simulación de diario personal. Quizá no había calculado que oficializar mi trabajo como docente universitario me consumiera tanto tiempo. Confieso que desde hace algunos años me dedico a este rubro –el arte de convencer a jóvenes incrédulos de leer (y reflexionar) los textos que yo les asigno–, pero creo que antes no me había esforzado tanto por diseñar los cursos que este ciclo ya estoy dictando. El porqué tiene muchas respuestas, pero la principal es enteramente pasionaria: me gustan los temas que ahora enseño. Trabajo gozoso. Aunque agotador. En días como hoy, en que regresaré a casa golpeado por el cansancio, queriendo una ducha, una cama, un cuerpo para amar, me pregunto si sentirse así tiene sentido: es un acierto que todavía pueda contestarme sí. 

Yo, en una foto divertidamente posera, durante esos días en que anduve encerrado en la biblioteca.
La foto la tomó K., que anda desaparecida de las redes y se le extraña (más).

Por supuesto, como suele gustarme, me doblé la apuesta. Si termino los días agitado y en lamento es porque mi horario está exigente. Me levanto muy temprano y me acuesto muy tarde; y en el intervalo, hago demasiadas cosas. Pero está bien, no me quejo (del todo). Ya era necesario retomar ciertos temas y ocuparse de algunas decisiones. Veo poco a mi familia y no paso mucho tiempo de calidad con K. Tampoco webeo tanto como quisiera. Lamentación en clave cliché: a veces extraño esos días en que, luego de alguna clase aburrida, me iba al bosque de Letras, con baños inmundos, y, allí, abandonado, me ponía a leer o fumar, despreocupado. Fin del episodio cliché. Ahora soy un sujeto ocupado. Tanto, que empecé a esbozar estas palabras en los resquicios entre clase y clase, mientras vuelvo a casa, en los extramuros de esta ciudad, cuando cierta ansiedad aparece y no se calma. 

Entonces me rehúso a retomar los cigarrillos sin haber terminado la ¿promesa? de escribir cuarenta entradas aquí. Cuarenta textos breves que testimonien algunas ideas, un par de sensaciones, experiencias, goces (negados o acontecidos), en relación al arte de fumar. No pretendo decir algo importante o trascendente, solo quiero hablar desde la cotidiana abstinencia, desde la más elemental y común capacidad para no ceder. Así que esta es mi forma de retomar. En estos primeros días de clases, cuando empiezo a sentir el ciclo en su intensidad y a rezar en los dioses que no creo para que, por lo menos, la mitad de matriculados se retire del curso (para poder corregir menos y mejor), pienso que puedo sumarle unas monedas extras a la apuesta de la vida y, también, ocuparme de escribir este diario digital. Le haré caso a papá Bob que, precisamente, me está cantando "don't think twice, its alright". Ojalá que sea así. 

viernes, marzo 01, 2019

XX. Veinte días sin fumar: veinte ideas fragmentadas


DÍA VEINTE: miércoles 27 de febrero


He estado ocupado. Escribiendo un artículo infinito, elaborando los sílabos de los cursos que dictaré este ciclo, también jugando FIFA 2019. He estado sin ganas. Por el calor que me anula (he elegido una mala temporada para escribir diariamente), por la falta de ideas concretas para desarrollar (a veces no se me ocurre nada: el cliché termina siendo certero), porque he estado algo obsesionado con el sílabo sobre análisis del discurso (y también con FIFA 2019, todo sea dicho). Así que no he publicado nada aquí en estos días. No porque haya vuelto a fumar –sigo intacto en la abstinencia de tabaco–, sino porque me he sentido un poco aletargado e inmovilizado (quizá sea el efecto de conocer a Talese y su historia cultural sobre sexualidad norteamericana, La mujer de tu prójimo: uno queda devastado –o sea, sin ganas de escribir– luego de leerlo).

En todo caso, para aplacar la sequía de textos, me propuse escribir, a propósito de mis veinte –malditos– días sin fumar, algunos fragmentos inconexos. Distintos momentos que anoté en mi libreta digital y que aquí desarrollo someramente, como para dejar constancia de estos embriones de futuras historias. Son veinte ideas, recuerdos, vaguedades: simples, privadas, independientes entre sí, improvisadas (bueno, no tanto) y breves. En el día veinte sin fumar.



1. Durante muchos años escuché a Silvio Rodríguez. Era un fan enamorado de él. Tenía casi todos sus discos (incluyendo los Inéditos). Mis amigos del colegio descubrían el reguetón o el rock; yo, la trova cubana. Esta no es una declaración de superioridad moral, menos estética: es solo una manera de justificar por qué, a veces, me siento tan desactualizado.

2. Uno de mis recuerdos más antiguos es verme a mí mismo sentado sobre un bacín. Estoy allí, cagando. Tengo 2 o 3 años. Y estoy solo. O al menos así parece. Sostengo ante mí una máscara de plástico (esas antiguas que llevaban una liga frágil para colgar sobre tu cabeza). Y la rompo. Voy cortándola con mis manos, tiras largas, e introduzco los fragmentos de la máscara rota en el bacín, con la ilusión –¿ilusión?– de que suceda algo. Siempre lo cuento, siempre regreso a esta escena. ¿No hay algo simbólico aquí?

3. Hace mucho tiempo, cuando estaba quebradísimo, sujeto culpable y asustado, entraba al cine a ver una, dos, tres películas seguidas. Cualquier cosa, no importaba el título. Solo importaba escapar. No llegar a casa, no pensar en ella, no recordar eso.

4. Una de esas veces, lloré demasiado con los primeros minutos de un filme llamado Valerian: Bowie forever. Puede ser que necesitara llorar y tomara como excusa eso (porque la película, a excepción de ese primer momento, es una completa mierda). Pero, en todo caso, esa escena me inquietó demasiado. Aún lo hace cada vez que la veo. Mírala acá y dime si no es una utopía conmovedora: 





5. Acabo de verla otra vez y he descubierto, con horror, que entre los jefes humanos participantes de este encuentro sideral nunca hay una mujer: los otros que llegan son seres de distintos tamaños y géneros, pero aquí, en la Tierra, los jefes siguen siendo hombres. De distintas razas, edades, apariencias o costumbres, pero siempre varones. El recuerdo afectuoso que tenía por esta escena está dañado.

6. Cuando estaba en el colegio fui brigadier general. Y, a pesar de lo que podrías creer, hacia cumplir inexpugnablemente la norma. Si me conoces algo, sé que eso podría parecerte una contradicción: las normas están para quebrarse –suele decir/asumir, a veces, la parte más estúpida de mí. Sin embargo, si lo pensamos bien, no lo es: suelo ser un tipo al que le gusta quebrar las reglas, a menos, claro, que las reglas las imponga yo. Perverso, pero honesto.

7. La otra noche conocí a un hombre que acusaba a Donald Trump de confabular contra él. Compartimos asiento en el bus y me contó que era ecologista, que los ríos estaban contaminados, que sus tierras ya no producían. También habló de sus hijas, posibles asesinas; de su exesposa, hermana de los mandos más importantes del MRTA, y, por supuesto, de cómo Trump era dueño del oro peruano. A pesar de su evidente demencia, no pude evitar pensar que, de cierto modo, tenía un poco de razón. Me dio su tarjeta, me recomendó visitarlo y comer ciertos granos para no contraer el cáncer.


El ingreso a la comunidad nativa Chachibai, estuve allí durante mucho tiempo, en otra vida.

8. A veces recuerdo ese viaje a Chachibai y la noche en que nos gritamos mucho: en plena oscuridad amazónica, mientras los iskonawa dormían lejos de nosotros. Absolutamente aislados de lo que tú despreciabas (o no entendías). También recuerdo mi inestabilidad navegando en bote, un regreso a oscuras, los baños precarios, esa posibilidad de perderme entre pájaros y árboles para no volver. Aún conservo, entre algunos libros mojados, las hojas que recogí aquella vez.

9. Una vez, cuando todavía dormíamos en ese camarote, Lorena me preguntó quién me gustaba. Me propuso decirme quién le gustaba a ella, si yo decía quién me gustaba a mí. Éramos aún pequeños y aún compartíamos ese espacio de proximidad que, creo, poco a poco se va perdiendo (y aunque doloroso, supongo que es necesario). Ella me lo dijo primero: un chico con el que no llegó a bailar –¿o sí?– su vals de promoción. Cuando me tocó a mí, yo no supe qué responder: me gustaban todas, ¿cómo enunciar eso? Así que le dije que no me gustaba nadie. Espero que me haya perdonado la treta.

10. La violencia contenida con que te penetro: mis palabras evocando agresividad. Mi lengua humedecida por ti y en ti. Te cojo las manos con fuerza, jalo tu cabello, muerdo tu piel, la marco. Dos, tres dedos, ¿cuatro?. Tu saliva confundida sobre mis vellos, la piel de mis testículos marcada por tu boca. Tres orgasmos y medio. Te pregunto si te gusta, si quieres más, si te corres conmigo. Palabras inconexas que encadenan un significado: pinga, putita, cachar, tírame, chúpame, rico, así, sí, sí. Dos cuerpos confundidos violenta y gozosamente en uno.

11. La editorial de un sol, Toribio Anyarin Injante, nutrió mis primeras lecturas. Hay cosas que no se olvidan: historias recortadas, algunos vacíos inexplicables, lecturas posteriores en las que notabas que lo leído había sido una completa mierda (como Valerian). Una editorial 'chicha': sí, es probable. Pero era una posibilidad para leer.

12. Hace mucho tiempo perdí el talento para expropiar libros. Debería escribir (y quizá volver) sobre ello.

13. Quisiera estar afuera, fumando. Y no escribiendo estas letras inútiles.

14. La otra noche, K y yo vimos Mary Queen of Scots (Rourke, 2018), aquí traducida como Las dos reinas. Siento que es una película que debió tener mejor suerte: se estrenó en la misma temporada de La Favorita (Lanthimos, 2018) y esta se tragó por completo la atención sobre los dramas imperiales. No obstante, entre varias otras, me quedó esta idea muy marcada en la cabeza: lo masculino como potencialmente dañino. En este relato, todos los hombres son traidores, asesinos, estúpidos, crueles e infames. Y esa es una verdad que no está, para nada, alejada de la realidad.


15. Cuando me confesé por primera vez, le conté al cura que tenía “pensamientos indebidos” (así me dijeron que debía enunciarlo): fantaseaba con mis compañeras de colegio, me imaginaba besándoles el cuerpo, mordiéndole los pezones, convenciéndolas de tener una gran orgía conmigo. Una cosa curiosa: nunca hubo fantasía de penetración, todo era salival y táctil. Pero no se lo conté así, solo le dije que tenía pensamientos indebidos y, cuando quiso que profundizara, ya no le dije más. Entonces me recomendó que cada vez que fantaseara con ello, me imaginara a mi madre viéndome. Así de retorcido, pero efectivo. Me asustó mucho. Dejé de hacerlo por un tiempo, luego regresé. Pero el cura ya había efectuado su poder: instauró la culpa.

16. Me gustan los videojuegos por la capacidad de inmersión que producen. No juego tanto como me gustaría, pero cada cierto tiempo reinstalo mi adolescencia digital. Recuerdos de un visitante de cabina (por cinco horas, una gratis): StarCraft, Age of Empries, Counter Strike, WOW. El problema es que me envicio, y pierdo noción del tiempo, de las cosas, de la realidad. Entonces, con la ludopatía inoculada, abandono toda clase de deberes: comer, salir con mi novia, hablar con mi familia, ir al trabajo… solo un acto de voluntad radical –eliminarlo todo, ya mismo– me logra salvar.

17. David Bowie me gusta por lo que es: un tipo transgresor. Su propuesta, que me muscaliza muchos momentos de la vida, me parece muy potente. Algunos de sus temas: ambigüedad sexual, violencia desaforada, soledad estelar, experimentación, destino. He pensado en tatuarme su rayo emblemático en alguna parte del cuerpo que aún no decido.

Bowie sideral: aún mantengo la esperanza de vestirme como él en alguna fiesta de disfraces.

18. Un conjunto de versos sobre la masculinidad: tóxica, frágil, infantil. Un conjunto de ensayos sobre las diversas formas de violencia cotidiana (e imperceptible). Una reunión de perfiles de escritores peruanos malditos. Una investigación sobre los sujetos que no aceptaron militar en nuestra guerra interna (y que por ello pudieron escapar o, al menos, sobrellevar la vergüenza y deshonra que, en ese momento, significó decir no). 

19. Un ejercicio de intertextualidad. Este es un precepto teórico-político (también ético), escrito por Žižek, que me gusta bastante:
«Quizás, el enigma final de la posmodernidad reside en esta coexistencia de las dos actitudes inconsistentes, no percibidas por la crítica de izquierda habitual de los jóvenes intelectuales que, aunque son teóricamente conscientes de la maquinaria capitalista de la industria cultural, disfrutan de los productos de la industria del rock sin problematizarlos.»
20. Escribir es testimoniar. 

jueves, febrero 28, 2019

XIX. Constantine o la inesperada virtud de la redención


DÍA DIECINUEVE: martes 26 de febrero



Nuestras elecciones revelan el tipo de persona que somos. Eso es algo que ya sabemos. Mínimas o trascendentes, cotidianas o excepcionales, cada decisión acusa algo de nosotros. El color que vestimos, los cuerpos que amamos, las fantasías a las que recurrimos para gozar, ese derrotero inalcanzable, ese modo de sufrir. Las músicas favoritas, libros y lugares a los que siempre regresamos: confiesa qué eliges y descubre quién eres. 

La realidad digital ha radicalizado esta posibilidad. Si alguien revisara nuestra lista de likes, favs, subscripciones, búsquedas y seguimientos sabría con certeza quiénes somos. Esto debería aterrorizarnos (al menos un poco), pero, en cambio, nos gusta. Creo que somos unos sujetos morbosos: sé que disfrutas secretamente cuando sabes que alguien te está mirando.

Pensaba en esto el otro día, sudoroso y abandonado en la cama, cuando buscaba una película. Lo que elijas dirá algo sobre ti, era el mantra que me repetía mientras exploraba las posibilidades de Netflix. Quería ver algo ligero, para reír y estar. Terminé eligiendo Constantine (2005), la película sobre exorcismos y demonios, basada en el cómic Hellblazer, dirigida por Francis Lawrence, con Keanu Reeves y Rachel Weisz jovencísimos.

Ya le he visto antes, pero esta vez me gustó mucho. No es una obra maestra, por supuesto, pero propone algunas ideas que la colocan por encima del promedio. Así que quiero comentar aquí –en este habitáculo temporal de abstinencia– un par de cosas sobre esta película. Puede ser un buen ejercicio para confesar por qué la elegí, qué me gusta en ella, quién soy. Porque al igual que con las elecciones, la manera cómo te aproximas explicita qué o quién eres.

Constantine es una película sobre la redención. El personaje de Reeves es un sujeto que halla demonios y los exorciza porque quiere el perdón de Dios: hace años (casi) se mató y, como bien sabemos, los suicidas no van al cielo. Injusticias (e incongruencias) divinas. Sin embargo, el perdón no llega. El propio arcángel Gabriel le asegura que sus conjuros contra esos esbirros no le aseguran nada, puesto que él ya está condenado. Así que desahuciado por un cáncer de pulmón –fuma con desesperación–, a Constantine solo le queda morir y que el propio Lucifer venga por él. La historia se desarrolla en este lapso de su agonía (que no tiene nada de lastimera), cuando él acaba de enterarse que esta vez sí se morirá y de conocer a una policía que investiga el suicidio de su hermana.

No voy a detenerme a contar todo el relato (porque ya lo sabes o porque deberías buscar y ver el filme). Tampoco quiero profundizar en aquellas cosas que no me gustaron: esas escenas de acción forzadas (John Constantine emulando a Rambo en su intento por ser matademonios), las resoluciones argumentativas (por ejemplo, una fácil: si Dios rige todo el universo y solo acepta católicos en su reino, ¿qué pasa con los creyentes de otras religiones?), lo maniqueo que por momentos resulta el guion (o sufres en el infierno pecador o vives feliz en el paraíso: ¡qué insultante y obvio, por favor!), el que sea un latino pobre, sucio y malvestido quien inicialmente funge del cuerpo antagónico (estereotipos everywhere). Lo que quiero es comentar dos ideas que me gustaron en esta película (como para que se animen a verla una de estas tardes de verano, sudorosos y abandonados).
Una escena icónica: Lucifer encendiéndole el último cigarrillo a Constantine.

Obviamente, el asunto con los cigarrillos es algo a lo que presté mucha atención. Este rasgo se articula bastante bien con la caracterización del personaje central. Constantine fuma desesperado, sabiendo que va a morirse, resignado a esa elección. Es solitario y apático, permanece asustado, acechante, está trastornado: es una propuesta de antihéroe. Salva personas poseídas, pero no por un bien altruista, sino por conveniencia propia. Quiere que Dios le perdone el haberse tajado las venas. Este cinismo no es exclusivo de él, sino que impregna toda la película. La andrógina enviada de Dios, el arcángel Gabriel, desprecia a los humanos (sus líneas sobre cómo solo el horror genera nobleza son de una psicosis singular). Angela, la policía, ha negado durante mucho tiempo su habilidad para presenciar espíritus –a costa de la locura de su hermana suicida. Lucifer, a quien la película muestra con un precioso traje blanco, pero con las bastas del pantalón embarradas (¡qué buen símbolo!) es uno de los personajes más carismáticos: ¿cómo se explica que Satanás termine cayéndote bien? El propio relato se desencanta por mostrar un no-amor: cada vez que parece concebirse una oportunidad para que los personajes de Reeves y Weisz concreten el afecto, esto no pasa (porque él no lo nota, porque ella se va). Constantine es, por tanto, un relato cínico. Y esta característica se resume bien en la elección de él por fumar: sabe que se va a morir, que tiene los pulmones dañados, pero insiste compulsivamente en la inhalación del humo. Esa situación es algo que me asusta, pero creo que también me gusta.

La contraparte de esto es la posibilidad del despojo como redención. Porque en los segundos finales antes de su muerte, Constantine, que le ha hecho un favor a Lucifer, le pide la retribución de este: salvar a la hermana de Angela, pasarla del infierno de los suicidas y atormentados al incognoscible cielo de paz. Y así lo hace. Entonces Dios lo perdona. Sé que podría criticarse esta resolución por simplona. Pero antes de que la película amenace con pervertirse y emular el edulcorado final de Gosth (con Patrick Swayze entre las nubes luminosas de Dios), Satanás hace una jugada potente: le cura los pulmones a Constantine y, así, este ya no puede morir. Entonces no se va al cielo, pero tampoco al infierno, sino que se queda en la tierra, con los pulmones sanos: una opción para redimirse. Todo lo que vendrá después es parte de la cura. En las escenas finales nuestro cazademonios ya no fuma, consume chicles de nicotina y deja su encendedor como ofrenda en la tumba de su amigo muerto.

Supongo que es un final aceptable. Aunque yo tengo sentimientos encontrados frente a esto. Creo que me resulta un poco decepcionante: algo en mí hubiese disfrutado viéndolo reincidir en el tabaco. No obstante, otra parte acepta esto y piensa en cómo este sujeto puede volver a probarse: ¿cuántas veces no hemos queridos todos –absolutamente todos– tener una segunda oportunidad? Porque quizá de eso se trate redimirse: no de alcanzar un perdón libertario y gratuito, una gracia que nos rescate con borrón y cuenta nueva, sino de poseer una nueva oportunidad para elegir y así demostrar qué o quién somos: una nueva posibilidad –legítima y necesaria– pero sin garantías.

miércoles, febrero 27, 2019

XVIII. Sueño (desnudo) de una noche de verano


DÍA DIECIOCHO: lunes 25 de febrero



Hace dos semanas y media que no fumo. Es lo que te dices, mientras te observas al espejo. Estás desnudo, no llevas barba y tienes el cabello muy corto, casi rapado. Miras tu sexo con ternura, tocas la punta de tu cuerpo enamorado. Hay algo en tus ojos que te perturba: una forma de mirar que no reconoces en ti. Introduces tus dedos, retiras los globos oculares con facilidad. Los limpias. No hay sangre, no hay dolor, no hay miedo. Solo un par de cavidades vacías y húmedas. ¿Cómo puedo ver todo esto si mis ojos están aquí debajo, entre mis manos? La persona que te acompaña, acabas de notarla, no te responde. Una música suena a lo lejos. Una radio mal sintonizada, quizá es mi tornamesa con algún disco sucio, piensas. Entonces notas que esta no es tu casa: pero es un lugar familiar. Reconoces a lo lejos unos libros tuyos –la poesía completa de Borges, unos ensayos sueltos de Gutiérrez–, hay fotografías con ella, también una maleta semiabierta, tu cenicero está limpio. 

Pero no te mueves, sigues mirándote al espejo. Quieres descubrir allí algo sobre ti que no sabrás jamás. Entonces algo pasa. Ahora no lo recuerdas (los sueños se olvidan rápido), pero el escenario cambia. Ya no estás frente a un espejo, en esa habitación, sino en la universidad. Estás frente al grupo de estudiantes, estás hablando, sigues desnudo, pero nadie parece notarlo. Algo más, una cosa muy importante: tienes un cigarrillo encendido entre los labios. ¿Sobre qué estás hablando? Tampoco lo recuerdo, pero ellos te prestan atención. Son muchos, demasiados. Sientes vergüenza, quizá miedo, sales del salón.

Triple autoretrato (1960), Norman Rockwell

Aquí ya todo se confunde (más). Estás caminando, creo que corres, sabes que estás desnudo pero ya no te importa. ¿Hacia dónde vas? Sigues sosteniendo el cigarrillo, quieres sacarlo de tu boca pero no puedes, se ha pegado a ti. Piensas que si desarmas tu rostro quizá este pueda salir. Entonces inicias: retiras los dientes, la piel, la lengua (es larga y rojiza). Nuevamente, no hay sangre, no hay dolor, no hay miedo. Pero el cigarrillo no se desprende. Sigue unido a ti. Entonces pruebas sacando la nariz, la mandíbula tosca, otra vez los ojos, el cabello, las orejas, el cerebro. Ya no hay nada. Lo estás viendo, en tercera persona, en primer plano. Ves cómo Oswaldo se desarma la cara para quitarse el cigarrillo. Y ves cómo este no sale. Porque allí, en el espacio donde deberían estar sus labios gruesos, sus ojos tristes, esa piel marcada, ya no hay nada: solo el cigarrillo sosteniéndose en el vacío. Imperturbable, invencible. El cuerpo sin rostro manotea, desolado.

Entonces te despiertas. Aún es de noche, pero ya no podrás volver a dormir.

martes, febrero 26, 2019

XVII. Segunda carta para Esteban: eres un sujeto de bares o de discotecas


DÍA DIECISIETE: domingo 24 de febrero



Eres un tipo que se aburre con facilidad, despreciable Esteban. Abandonaste rápidamente (y con pocas culpas) trabajos, mujeres, pasatiempos, lecturas. Los relatos que inicias nunca obtienen final. Más de una vez te has retirado de las fiestas –también de las salas de cine– cuando la celebración aún no terminaba. Sabes, de algún modo lo sabes, que eso resulta problemático. Te lo dices, en voz alta incluso, caminando solo y fumando (un cigarrillo se enciende luego de otro). Te lo has dicho en ese diván incómodo, con Alfonso de testigo, mirando sus libreros lacanianos, el techo recién pintado, su celular que interrumpe, la voz confesional y entrecortada. Sueles decírtelo, pero eso no evita que persistas, compulsivamente, en esa falta de constancia, en las pocas ganas de algo: esa suerte de nihilismo que siempre te provoca dejarlo todo y largarte.


Ahora deben ser las tres de la mañana, es domingo y sientes esas ganas. Te has retirado del grupo, has pedido una cerveza y, desde la barra, contemplas a la gente bailar, beber, gozar. Imaginas que tienes un cigarrillo, anotas estas palabras inconexas en tu libreta digital, imaginas que estás sentado cómodamente en un bar y no de pie, aquí, en el rincón de esta discoteca. No creo que pueda estar más tiempo así, te dices, me dices, nos decimos. Piensas, pensamos, que de algún modo todo nos resulta obvio: sexualidad desbordada, baile frenético y bello, un caos atractivo, bullicioso, alegría honesta pero en estampida. ¿Somos sujetos tan fáciles de descifrar y complacer? Bebemos un poco de alcohol, suena una melodía excitante, nos rozamos el cuerpo con fuerza y ya está, listos para entregarnos y ser uno con otro.

Todo es culpa del cansancio. Esta mañana te levantaste muy temprano (o casi). Anoche estuviste bebiendo hasta tarde con algunos conocidos. Fresco y agradable. Oliste de cerca un cigarrillo, te reíste mucho, cantaste, compartiste un taxi. Hoy, aquí, te sientes un poco fuera de lugar. Estás escribiendo estas líneas y alguien te coge la mano, sonríes amablemente, desistes. Vuelves a imaginar que fumas, que follas, que nos fuimos a ver el mar. La cerveza se está acabando y el ritmo ha cambiado. Si no estuvieras tan cansado pondrías un mejor gesto, Esteban. Incluso bailarías. Lo sabes. Con los años te has hecho un animal más tolerante, ya no haces desplantes estúpidos, comentarios pasivo-agresivos, intervenciones ofensivas. Quizá por eso has venido hasta aquí a fumarte un cigarrillo inexistente y a beber tu cerveza: solo, como a veces nos gusta estar.


Que el humo hable por nosotros.
(Tomé de de aquí la imagen)

Pero digámoslo de una puta vez: eres un tipo de bares y no de discotecas. Una dicotomía algo forzada, pero válida para expresar cómo te sientes ahora. Aunque las detesto, creo que estos gestos radicales de elegir un bando ayudan a resolver cierta identificación básica: sucede en los deportes, en las elecciones sexuales, en el tipo de alimentación, ¿por qué no sucedería también en la manera como celebramos? Eres, Esteban, un tipo que goza más de estar sentado en un bar. La posibilidad de conversar, los tragos que puedes beber con lentitud, la distancia suficiente de la gente y la música que no te dejará más sordo. Te gusta estar así, no te culpo por eso.

Y aunque algunas horas después (cuando la música se haya acoplado a tus ritmos, cuando vuelvas a oler un cigarrillo mientras caminas a ver el mar, cuando el desacuerdo haya pasado) nada de esto importe, aquí, ahora, escribes estas líneas como una forma de liberarte. Quizá, todas estas palabras son un modo de calmarte –de calmarnos– el aburrimiento, estas ganas por abandonarlo todo. Ya vete, Esteban. Debo volver a ponerme la máscara.

lunes, febrero 25, 2019

XVI. La locura de ser... madre


DÍA DIECISEIS: sábado 23 de febrero


Al colocarse audífonos, uno se escapa un poco del rostro sonoro y monstruoso de la ciudad. Usarlos es una medida protectora, aislante: un gesto que nos evita la inmersión completa en la bulla y que, a mí, me garantiza una mayor concentración. Así, abstraído en el bus, puedo corregir con desesperación todo tipo de evaluaciones (las largas, aburridas e inútiles; aunque también esas pocas que sorprenden o motivan), terminar de leer algunos libros (de pie, sentado, ahogándome de calor o maldiciendo el frío) y escribir/rescribir –en el felizmente sencillo Google Keep– textos como este que ahora lees, internauta voyeur. Siempre, aun con el riesgo que ello implique, los oídos taponeados de música.

Sin embargo, todo se agota: llega un momento en que esta elección satura. Entonces me libero la escucha, despierto un poco y contemplo las calles, sin amor: el motor de los carros y sus cláxones, gente que conversa, que grita, que se hipnotiza a sus celulares, silenciosa, una emisora mal sintonizada, monedas cliqueantes, ventanas semiabiertas, llamados de rutas, pitidos, un heladero y su chicharra, alguien que reproduce para sí un video que todos oímos, un niño llora, una señora se ríe fuerte, tose, estornuda varias veces… tantos sonidos, tanta bulla: nuestra cotidiana sonoridad. En ese momento suben ellas al bus. 

Estoy en la Avenida Grau, en los límites del Centro de Lima. Es sábado por la tarde. Me dirijo a un concierto donde estaré ocho horas de pie. Y aunque en ese momento la posibilidad me suena divertida, más tarde estaré lamentando esta decisión. Allí, sostenido en el pasamanos, espero que mi paradero se acerque, ya sin audífonos, observando cómo el carro se queda sin pasajeros. Trato de adivinar cuántos otros de allí, jóvenes con vestimenta más o menos similar a la mía (alguna prenda negra, un poco de furia en la mirada), van al mismo concierto que yo.
Lima 6:43 pm, de Julius Sobrino. Cada uno de nosotros componemos un color
en este cuadro caótico que es la ciudad. Tomé la imagen de aquí.
Entonces me distraen los balbuceos que ella lanza. No articula palabras, solo mueve la boca y un bufido quejoso se escucha. Suelo ser un sordo infame, por eso pienso que –como tantas otras veces– no estoy escuchando bien lo que la vendedora ambulante de turno está diciendo. Pero no vende, y no estoy oyendo mal. Habla así y está pidiendo dinero. O comida. O ropa. No se entiende bien. Lo que sí creo descifrar: que le avisen cuando lleguemos a la avenida Alfonso Ugarte.

No había terminado de entender la situación, cuando escuché que un muchacho le decía a su compañero de asiento –¿acaso su amigo, su novio, su hermano, su conocido?– “se ha subido una loca”. Recién allí la miré con atención. ¿Cuántas veces has cruzado la acera, te alejaste un par de pasos, evitaste transitar por el mismo lugar donde ese loco existe, extraviado y mugriento? Siempre me ha fascinado/perturbado cómo estas personas resultan la representación máxima de lo expulsado, lo aberrante. En nuestro grupo cultural –y creo que junto a los terroristas, ese otro sistemáticamente repudiado– los locos callejeros son el significante más radical de alteridad. Todos les huyen, y aunque a veces causan pena y conmueven, los queremos lejos del espacio que ocupamos, fuera de la descendencia genética, negando alguno de sus rasgos en nosotros mismos.

La mujer llevaba la cara manchada de algo que me pareció grasa, estaba sudorosa y el cabello lo tenía largo y suelto, enredado. Su polo –de un azul desteñido (y obviamente sucio)– tenía una rotura en el hombro izquierdo. El pantalón buzo era plomo, lo llevaba arrastrando, estaba mojado en la entrepierna. ¿Esa humedad era orín, excremento líquido, simple agua? Deducciones sin importancia, porque su atuendo era el esperable. Uno se imagina estas descripciones clichés cuando piensa en un sujeto enloquecido y en abandono: la ropa traposa, el mal olor, la incapacidad para conectarse –con el lenguaje, con un gesto, con la mirada– a nuestra violenta y fragilizada realidad. Pero en ella, lo extraordinario –eso que resultó imprevisto e impactó– era la niña que llevaba consigo.

Tenía visiblemente sueño y era muy pequeña. No sé identificar edades en niños (todos me parecen iguales), pero ella ya caminaba. Cabello mal cortado, polo rosado de unicornios percudidos, sandalias muy grandes. Se sobaba la cara con las manos sucias y todos los que la contemplamos sentimos ¿pena?, ¿consternación?, ¿una culpa social por el abandono de estos cuerpos? Lo siento, no pretendo hacer aquí un abordaje victimista, ni intentar retratarlas desde lo triste que resultó el que hayan avanzado hasta el fondo, sin que nadie les ofreciera nada, y allí, instaladas, se hayan tirado a dormir, desparramadas y absolutas, en el último asiento del bus, ya casi vacío. No quiero conmover o interpelar con esta descripción. Mis intenciones son mucho más egoístas (y por eso, supongo, honestas): quiero testimoniar aquí lo que me generó ver a una mujer enloquecida –abandonada y absorta– llevando a su hija de la mano.

Aunque quizá puede que no haya sido su hija. Ya sabemos que suelen alquilarse niños para mendigar: seres que fungen de objetos que amplían la pena, la conmoción, esa capacidad para sacar del bolsillo más monedas y colaborar. Podría haber sido esta la situación. Ella una alcohólica o drogadicta o simple estafadora disfrazada de mendiga: entonces deberíamos entender a esta niña como una sección más del atuendo, junto a la cara grasosa y al performance de precariedad.

Pero creo que había realidad en esta mujer, en esta niña a la que abrazaba fuerte, como se abraza lo que se ama, lo que te pertenece, lo que es tuyo y de nadie más. Hay algo más: el olor no se puede falsificar. Entiendo que cualquiera podría performar miseria –las ropas y el maquillaje lo garantizan–, pero ese olor a excremento putrefacto, a orín empozado, esa herida que tenía en la mano sucia y sin curar, eran reales. No podían ser gestos inventados.

Quiero creer que esta mujer enloquecida es la madre de esa niña que, probablemente, heredará la misma suerte (si es que sobrevive hasta la edad en que pueda heredar algo). Cuando la cobradora se les acercó, volvió a repetir lo de avisarle cuando lleguen a Alfonso Ugarte (que ya estaba más o menos cerca). No dijo nada más, solo se durmió, abrazando a la niña. Recién allí pude notar que la madre estaba descalza. ¿Cómo había logrado sobrevivir tanto tiempo con su hija?, ¿dónde había estado todos estos años?, ¿cuándo y por qué enloqueció?, ¿era alcohol barato –además de la mierda y el orín– a lo que también olía?, ¿hay un padre en esta historia?, ¿hay más hijos?
Esto fue robado de aquí. Me gusta por esa barriga, tipo pez ciego, que 
está por colisionar con la cabeza de ese cuerpo fragmentado. 
Una metáfora dura e irónica sobre la maternidad.
No logré encontrar la autoría de la imagen.

El psicoanálisis ha profundizado, con algunas certezas, en la problemática relación entre ser mujer y ser madre: posiciones contrapuestas que no van en continuidad, que no se complementan (como suele creerse). Esa idea de que la mujer se realiza siendo madre es una creencia demasiado extendida, demasiado tóxica. No solo porque no todas quieren serlo, sino porque asumir este rol implica una negación de lo que previamente eras. Para ser madre, para adquirir el goce de la maternidad, dice Lacan y sus amigos, hay que abandonar algo como mujer, padecer la pérdida de algo que te constituía en ese sujeto femenino. Dejar uno y asumir lo otro puede ser mortificante, cruel, por la imposición social que significa. Y sobrellevar (sobreponerse a) esta dualidad puede conducirte, incluso, a la locura… como la madre y su hija enloquecidas que vi la tarde del sábado.

Por supuesto, escribo todo esto desde mi limitada comprensión masculina (imposible de parir); también desde apenas unas pocas lecturas (que me hacen simplificar el argumento). Pero, sobre todo, a partir del video donde Marita Hamman –en el marco de las jornadas sobre maternidad que organizó la NEL de Lima (y de donde robé el título de este texto: ver foto de arriba)– lo explica. No obstante, estas aproximaciones teóricas solo acompañan la escena que vi el sábado por la tarde, antes de permanecer de pie durante ocho horas, cuando me quité los audífonos para contemplar sin amor el sonido cotidiano de quienes viajamos en bus. El decorado conceptual ayuda, pero lo que importa son los sujetos que movilizan esta escena: una mujer, balbuceante y enloquecida, con su hija, sucia y frágil, durmiendo al fondo del bus. Cuando bajé del carro, las vi que seguían allí y sin poder fumarme un cigarrillo (este tipo de cosas siempre me provocan uno), me pregunté si acaso esta no era una metáfora perversa de esta psibilidad: la locura que puede significar ser… madre.