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sábado, agosto 17, 2019

XXV. Nunca es suficiente para mí


Día veinticinco: sábado 17 de agosto


Es sábado por la noche y estoy estimulado por el humo que no fumo. Vengo escuchando a Natalia Lafourcade desde hace unas horas. Anoche Kristhel me hizo prestar atención a algunas de sus canciones. Quizá como queriendo dedicármelas, pero sin decirlo explícitamente.


Lafourcade cantando a través del humo

Nunca es suficiente me ha parecido bastante honda. Me conmueve. Creo que me gusta muchísimo la facilidad con que expresa el desamor en uno de sus puntos más dolorosamente agudos: el momento exacto de la comprensión atroz (tú eliges si será breve o extensa) de que todo se acabó.

Solo quien ha terminado una relación amorosa importante, de esas que cambian y enrumban la vida, de esas que marcan y que con el recuerdo fresco todavía provocan calambres en el alma, solo ellos, solo ellas, los sobrevivientes del desamor, saben lo difícil e insoportable que puede llegar a ser ese momento exacto.

Esta canción, lenta y llorosa pero bella, habla de ello. Del momento en que el amante, ese sujeto al que nos hemos entregado, se va. Quizá no físicamente (porque podrían pasar todavía unos meses, unos años hasta verbalizarlo o decidirlo), pero sí del ‘nosotros’: cuando entiendes que, como canta Natalia, ese que amabas se perderá en los recuerdos por haberte hecho llorar.

De toda la canción, esta parte me conmueve mucho:
"Mi corazón estalla por tu amor y ¿tú qué crees?, ¿que esto es muy normal? Acostumbrado estás tanto al amor que no lo ves, yo nunca he estado así: si de casualidad me ves llorando un poco es porque yo te quiero a ti."
Creo que me he sentido en ambas posiciones: como el que canta esas letras y como al que se las cantan. Es el reclamo legítimo, entre esos dos que ya no son uno, de quien ha sido menos amado. Tan acostumbrado has estado a que te ame de esa manera que no has sido capaz de comprender la verdadera dimensión de lo que significa mi amor: esa es la exigencia. No es poca cosa, pues avizora la grieta insalvable que ahora los separa.

Hay varias versiones. La del Spotify Session me gusta por lo íntimo que resulta. La versión oficial me gusta por su videoclip. Comienza con una cama que gira mientras va mostrando varias parejas en sus diferentes desencuentros: el aburrimiento, lo que agota, ese final que se aproxima. Llama la atención lo que aquí se propone con los personajes: cómo se transita con tanta facilidad de esa proximidad amorosa al contacto agresivo, de los abrazos a los golpes. Acaso porque ambas situaciones son formas del contacto corporal, acaso porque ambos gestos –los golpes, los abrazos– son los símbolos de lo más irracional que tiene el amar: la pasión, la desesperación.



Nunca es suficiente para mí es, por tanto, un himno a esa declaración que, un poco escondida, contiene la canción: “yo quisiera hacerte más feliz”. Pero claramente no puedo. Así que solo queda aceptar el fin. Cantar la pena, musicalizarse el dolor y seguir. Seguir.


jueves, agosto 15, 2019

XXIV. 187 días sin fumar: mi amistad con Campo B



Día veiticuatro: miércoles 14 de agosto


I

Llevo 187 días sin fumar.
Seis meses y seis días exactamente.
Alrededor de cuatro veces más la propuesta que inicialmente me atribuí en este espacio.
(cuatro, como las partes de este texto confesional)

Que no se piense que escribo estas líneas para presumir mi abstinencia, lo hago tan solo para evidenciar mi ansiedad.

Porque esta es –quizá– una forma de retomar este espacio: como quien vuelve a su habitación después de un largo viaje y halla sus cosas, sus recuerdos, una parte de su vida, intactos.

Intactos en este lugar.


II

Así que quiero contar o, para ser más exacto, interpretar aquí –con ligereza y brevedad– la historia de mi amistad con Campo B. Me gustaría afirmar que esta fue una relación ejemplar sobre los modos en que he sobrellevado mis aproximaciones amicales (el símbolo de algo fallido que no logro identificar con claridad). Pero no estoy seguro de que las palabras que aquí escribo alcancen para sostener algo así.

¿Ausencia de representatividad? Tal vez.

Aunque probablemente se trate de mi incomodidad por revelar tanto a partir de tan poco.

(Quizá sea, más bien, esa incapacidad para sujetarse completamente a la verdad que todo testimonio conlleva. Porque el recuerdo de uno siempre termina ficcionando algo de lo relatado: unas palabras inexactas, el tono impreciso con que se dijo, la secuencia variable de los hechos. Simular es re-crear. Y probablemente solo lo colectivo garantice una aproximación verosímil a los hechos. Probablemente solo nuestras dos voces podrían acertar sobre lo que fue nuestra amistad. Y este espacio digital es tan monologante...)

Así que advierto: esto resultará incompleto, intervenido y algo ficcionado: quizá falseable, pero no falso.

Borges, indudablemente.

III

Esteban conoció a Campo B en el colegio. Cuando tenían catorce o quince años: más, menos. Y siempre le pareció un tipo raro. De esa rareza que se ubica con difícil claridad entre la brillantez y la estupidez. Entre lo ridículo y lo asombroso. Ya por esas épocas, esos compañeros que odiábamos mucho –porque eran tontos, porque no leían o veían lo que nosotros sí, porque se divertían de un modo que resultaba imposible (e inalcanzable) para nosotros– le decían ‘el viejo’ o ‘el abuelo’. No recuerdo exactamente cuál era el apodo, pero era un término vinculado con su seriedad. Con su silencio. Con esas expresiones duras y aparentemente frías que le conoció tan bien. Con su modo de aproximarse a los demás. Era un tipo diferente. Y a Esteban (que ya andaba tan solo en esos años) le llamó mucho la atención. Eso, en principio.

Empezaron a frecuentarse por Borges. Él le prestó por primera vez El Aleph y Ficciones: algo que debería bastar para hacerte amigo de alguien. También porque ambos venían de familias con trabajos más o menos precarios que no alcanzaban para pagar las boletas mensuales de esa jaula religiosa. Así que, sin poder entrar a clases, se quedaban afuera del colegio, conversando sobre lo que luego empezarían a llamar con demasiado fanatismo (y simplicidad) el sistema capitalista. Creo que también hablaban sobre dios. En esa época lo recuerda así: delgado, con ese uniforme escolar horrible, con unos pómulos levemente alterados por el acné; los inicios de una barba que siempre se mantuvo incipiente, breve e hirsuta; dedos largos, labios algo trompudos, orejón, cara ovalada. Hablaban, hablaban mucho.

Hicieron teatro juntos, entraron a la universidad en carreras más o menos cercanas. Aunque a Esteban no le guste aceptarlo (o contarlo), coquetearon –aquel más que él– con un partido de izquierdas hoy ya desacreditado. Presentaron en su viejo local la veintiúnica obra de su grupo llamado Ulises (en claro homenaje a Joyce). Una obra en clave de farsa que parodiaba la política latinoamericana. El argumento era sencillo: dos mendigos que juegan a gobernarse van pasando por distintos estadios –monarquía, democracia, dictadura–, hasta que uno se cansa y hace la revolución. La gente solía reírse mucho con esa obra. Yo creo que eran divertidos y únicos sobre el escenario. Tenían bastante química.

Por esa época hacían muchas cosas juntos: salían a caminar, veían exposiciones, nadaban, jugaban básquet, hablaban sobre pornografía, drogas y algunas formas para seducir mujeres. Alguna vez se emborracharon. Otra vez se quedaron varados a mitad de la noche en el centro de la ciudad y nadie quiso llevarlos. Compartían lecturas, películas, problemas familiares, canciones de Silvio. Era claramente una amistad fuerte, intensa. Se decían hermanos. Se querían mucho. Esteban solía acompañar a Campo B, incluso le regaló un poemario de Brecht. Campo B hizo entender a Esteban algunas cosas que él no quería ver. Era una amistad masculina que se miró con sospecha, que resultó fragilizada, cuestionada. Muchos, cercanos y ajenos, pensaron alguna vez –en broma y en serio– que eran una pareja. Dos hombres no pueden andar juntos mucho tiempo, les decían. Y era difícil: ahora mismo, mientras le dicto a Esteban estas palabras recuerdo lo difícil que era abrazarnos, decirle que era una persona muy importante para mí, que su amistad me había salvado muchas veces del delirio de sentirme solo y abandonado. Dos hombre no podían ser amigos, insistían.

Pero de alguna forma eso terminó siendo verdad. Demasiado tiempo juntos fue una fórmula que terminó agotándose. En algún momento ya no se soportaron. Campo B era un ofidio intenso en sus críticas, en sus ganas de hablar, en sus maneras de querer que lo quieran. Esteban era un caballo desbocado, gozosa y patéticamente herido, ridículo en sus manifestaciones de poder. Eso es todo lo que diré. Sin detalles específicos sobre el desamor, la lucha por ciertas posiciones o los abismos de su amistad. Porque no se habla mal de los muertos.

En algún momento de la Historia, estos cigarrillos solían costar dos por cincuenta centavos.

 IV

Así que cerremos esto de una puta vez. Si escribo aquí sobre Campo B. Si me performo en Esteban para hablar de mi amigo de adolescencia y primera juventud –ese sujeto que ya no volví a ver más, que una noche simplemente desapareció de mi vida– es porque quiero contar cómo le enseñé a fumar.

Fue sencillo: compré un par de Pall Mall mentolados en la rotonda de Letras, la de baños inmundos. Y de mi cajetilla de fósforos saqué algunos cerillos. Los encendí, aspiré. Le pasé el cigarro. Él no aspiró, sino que lo chupó. Creo que lo insulté por haber mojado el filtro, creo que me respondió, creo que nos divertimos. Nos acabamos ese cigarrillo rápidamente y luego le pedí que encendiera el otro. No le fue bien al principio, pero terminó funcionando. Ya no recuerdo si se atoró. Tampoco si le enseñé a golpear el humo allí. Hicimos eso porque en una presentación que el grupo Ulises tenía (nos pagaron cincuenta soles) él debía fumar. 

Y ya que no sabía, yo –Esteban– aproveché la ocasión.

Luego volvimos a fumar varias veces. Me pregunto si aún ahora lo hace. En una de nuestras últimas noches, me dijo que se sentía muy agobiado por todo lo que mi presencia significaba para él. Me has hecho mucho daño, creo que me dijo. Y yo, que a esas alturas ya no me importaba casi nada, simplemente le di la razón. Luego confesó algo, creo que emocionado, y se fue.

Por supuesto, hay detalles en los que aquí no me detendré. Algunos que pasan rápidamente por mi cabeza ahora, digo, por la cabeza de Esteban: los argumentos de cuentos que me dio, la relación con su padre, su hermana G a quien nunca pude acercarme bien, su linda y pequeña casa, su madre, las cosas que le dijo a Sé, las que también le dijo a A. Cómo se enamoró de A. Cómo no supe decirle que A no lo quería a él, sino a mí. Las tardes y noches en que hablaba y hablaba y hablaba y yo solo lo escuchaba (creo que aprendí algo sobre el arte de escuchar allí). Las maneras en que teníamos de pagar (y evadir) los pasajes. Su forma ridícula y tiesa de bailar (y también de cantar). Su influencia, su aprobación. La habitación en Roma de Eielson. Unas conferencias sobre filosofía, una caminata por San Marcos. La noche en que compartimos los tres un vino. La noche en que le dije que hablaba demasiado, que se callara, ¡por favor! Los libros que aún me debe. Los libros que aún le debo. La mañana en que, luego de un concurso de poesía, me mostró una manera de ser que pocos conocían: la del muchacho frágil y cariñoso que me hacía su amigo.

La última vez que lo vi estaba esperando el tren. Seguía delgado, huesudo, el bigote ya estaba poblado, pero el cabello seguía desordenado. Una chompa azul, un maletín negro, una camisa a cuadros: era un intelectual, de esos que enseñan en la universidad. Como yo mismo lo soy, o intento serlo, ahora. Solo lo vi de lejos, no quise acercarme a saludarlo. Irónicamente (o quizá como un tributo malsano) me puse a leer a Borges. Elegí, porque sí, Episodio del Enemigo (solo la Chica dragón entenderá esta referencia). Entonces el ciego me dijo: “además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón”.

Creo que me reí muy fuerte.

Creo que él me vio.

Pero nadie dijo nada.

Fue mejor así.

lunes, abril 08, 2019

XXI. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida


DÍA VEINTIUNO: lunes 8 de abril 


Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Dejé de escribir en este espacio por falta de tiempo, no porque haya retomado el arte de consumir cigarrillos. Me mantengo intacto de tabaco y demás sustancias. La cuarentena ya se cumplió, pero mi abstinencia continúa: aún no he fumado. Hay (muchas) más ganas, aunque también un poco más de control. A veces siento demasiada ansiedad (ganas de soltarlo todo y largarse), pero aparecen nuevas certezas que calman, estremecen, enrumban: ya no estoy hablando solo de los cigarrillos. Después de todo, esto siempre ha sido un pretexto –una posibilidad– para escribir. Es cierto que he estado a punto de quebrar el pacto y correr a comprar una cajetilla para reventarme la boca fumándome el paquete de una sola vez (idea para un video estúpido en YouTube: un sujeto se introduce todos los cigarros que caben en su boca e intenta encenderlos, y fumarlos todos, a la vez). Pero desistí. También es cierto que he olido demasiado cerca el tabaco de algunos acompañantes: envidio su condición de sujetos que no necesitan demostrarse su capacidad de contención. En fin. Quise probar con inhaladores digitales pero creo que me identifico como un sujeto más o menos analógico: uno envejece sin que lo note con claridad. La escena del cigarrillo virtual, imaginado, ficticio, recreado, me sigue sosteniendo. Pero no basta. Así que aquí estamos, cínico lector: hoy cumplo sesenta días sin fumar. 

Cuando me propuse esta cuarentena de autocontrol (y autoconfesión), supuse que algo así pasaría. Que en algún momento se interrumpiría esta simulación de diario personal. Quizá no había calculado que oficializar mi trabajo como docente universitario me consumiera tanto tiempo. Confieso que desde hace algunos años me dedico a este rubro –el arte de convencer a jóvenes incrédulos de leer (y reflexionar) los textos que yo les asigno–, pero creo que antes no me había esforzado tanto por diseñar los cursos que este ciclo ya estoy dictando. El porqué tiene muchas respuestas, pero la principal es enteramente pasionaria: me gustan los temas que ahora enseño. Trabajo gozoso. Aunque agotador. En días como hoy, en que regresaré a casa golpeado por el cansancio, queriendo una ducha, una cama, un cuerpo para amar, me pregunto si sentirse así tiene sentido: es un acierto que todavía pueda contestarme sí. 

Yo, en una foto divertidamente posera, durante esos días en que anduve encerrado en la biblioteca.
La foto la tomó K., que anda desaparecida de las redes y se le extraña (más).

Por supuesto, como suele gustarme, me doblé la apuesta. Si termino los días agitado y en lamento es porque mi horario está exigente. Me levanto muy temprano y me acuesto muy tarde; y en el intervalo, hago demasiadas cosas. Pero está bien, no me quejo (del todo). Ya era necesario retomar ciertos temas y ocuparse de algunas decisiones. Veo poco a mi familia y no paso mucho tiempo de calidad con K. Tampoco webeo tanto como quisiera. Lamentación en clave cliché: a veces extraño esos días en que, luego de alguna clase aburrida, me iba al bosque de Letras, con baños inmundos, y, allí, abandonado, me ponía a leer o fumar, despreocupado. Fin del episodio cliché. Ahora soy un sujeto ocupado. Tanto, que empecé a esbozar estas palabras en los resquicios entre clase y clase, mientras vuelvo a casa, en los extramuros de esta ciudad, cuando cierta ansiedad aparece y no se calma. 

Entonces me rehúso a retomar los cigarrillos sin haber terminado la ¿promesa? de escribir cuarenta entradas aquí. Cuarenta textos breves que testimonien algunas ideas, un par de sensaciones, experiencias, goces (negados o acontecidos), en relación al arte de fumar. No pretendo decir algo importante o trascendente, solo quiero hablar desde la cotidiana abstinencia, desde la más elemental y común capacidad para no ceder. Así que esta es mi forma de retomar. En estos primeros días de clases, cuando empiezo a sentir el ciclo en su intensidad y a rezar en los dioses que no creo para que, por lo menos, la mitad de matriculados se retire del curso (para poder corregir menos y mejor), pienso que puedo sumarle unas monedas extras a la apuesta de la vida y, también, ocuparme de escribir este diario digital. Le haré caso a papá Bob que, precisamente, me está cantando "don't think twice, its alright". Ojalá que sea así. 

viernes, marzo 01, 2019

XX. Veinte días sin fumar: veinte ideas fragmentadas


DÍA VEINTE: miércoles 27 de febrero


He estado ocupado. Escribiendo un artículo infinito, elaborando los sílabos de los cursos que dictaré este ciclo, también jugando FIFA 2019. He estado sin ganas. Por el calor que me anula (he elegido una mala temporada para escribir diariamente), por la falta de ideas concretas para desarrollar (a veces no se me ocurre nada: el cliché termina siendo certero), porque he estado algo obsesionado con el sílabo sobre análisis del discurso (y también con FIFA 2019, todo sea dicho). Así que no he publicado nada aquí en estos días. No porque haya vuelto a fumar –sigo intacto en la abstinencia de tabaco–, sino porque me he sentido un poco aletargado e inmovilizado (quizá sea el efecto de conocer a Talese y su historia cultural sobre sexualidad norteamericana, La mujer de tu prójimo: uno queda devastado –o sea, sin ganas de escribir– luego de leerlo).

En todo caso, para aplacar la sequía de textos, me propuse escribir, a propósito de mis veinte –malditos– días sin fumar, algunos fragmentos inconexos. Distintos momentos que anoté en mi libreta digital y que aquí desarrollo someramente, como para dejar constancia de estos embriones de futuras historias. Son veinte ideas, recuerdos, vaguedades: simples, privadas, independientes entre sí, improvisadas (bueno, no tanto) y breves. En el día veinte sin fumar.



1. Durante muchos años escuché a Silvio Rodríguez. Era un fan enamorado de él. Tenía casi todos sus discos (incluyendo los Inéditos). Mis amigos del colegio descubrían el reguetón o el rock; yo, la trova cubana. Esta no es una declaración de superioridad moral, menos estética: es solo una manera de justificar por qué, a veces, me siento tan desactualizado.

2. Uno de mis recuerdos más antiguos es verme a mí mismo sentado sobre un bacín. Estoy allí, cagando. Tengo 2 o 3 años. Y estoy solo. O al menos así parece. Sostengo ante mí una máscara de plástico (esas antiguas que llevaban una liga frágil para colgar sobre tu cabeza). Y la rompo. Voy cortándola con mis manos, tiras largas, e introduzco los fragmentos de la máscara rota en el bacín, con la ilusión –¿ilusión?– de que suceda algo. Siempre lo cuento, siempre regreso a esta escena. ¿No hay algo simbólico aquí?

3. Hace mucho tiempo, cuando estaba quebradísimo, sujeto culpable y asustado, entraba al cine a ver una, dos, tres películas seguidas. Cualquier cosa, no importaba el título. Solo importaba escapar. No llegar a casa, no pensar en ella, no recordar eso.

4. Una de esas veces, lloré demasiado con los primeros minutos de un filme llamado Valerian: Bowie forever. Puede ser que necesitara llorar y tomara como excusa eso (porque la película, a excepción de ese primer momento, es una completa mierda). Pero, en todo caso, esa escena me inquietó demasiado. Aún lo hace cada vez que la veo. Mírala acá y dime si no es una utopía conmovedora: 





5. Acabo de verla otra vez y he descubierto, con horror, que entre los jefes humanos participantes de este encuentro sideral nunca hay una mujer: los otros que llegan son seres de distintos tamaños y géneros, pero aquí, en la Tierra, los jefes siguen siendo hombres. De distintas razas, edades, apariencias o costumbres, pero siempre varones. El recuerdo afectuoso que tenía por esta escena está dañado.

6. Cuando estaba en el colegio fui brigadier general. Y, a pesar de lo que podrías creer, hacia cumplir inexpugnablemente la norma. Si me conoces algo, sé que eso podría parecerte una contradicción: las normas están para quebrarse –suele decir/asumir, a veces, la parte más estúpida de mí. Sin embargo, si lo pensamos bien, no lo es: suelo ser un tipo al que le gusta quebrar las reglas, a menos, claro, que las reglas las imponga yo. Perverso, pero honesto.

7. La otra noche conocí a un hombre que acusaba a Donald Trump de confabular contra él. Compartimos asiento en el bus y me contó que era ecologista, que los ríos estaban contaminados, que sus tierras ya no producían. También habló de sus hijas, posibles asesinas; de su exesposa, hermana de los mandos más importantes del MRTA, y, por supuesto, de cómo Trump era dueño del oro peruano. A pesar de su evidente demencia, no pude evitar pensar que, de cierto modo, tenía un poco de razón. Me dio su tarjeta, me recomendó visitarlo y comer ciertos granos para no contraer el cáncer.


El ingreso a la comunidad nativa Chachibai, estuve allí durante mucho tiempo, en otra vida.

8. A veces recuerdo ese viaje a Chachibai y la noche en que nos gritamos mucho: en plena oscuridad amazónica, mientras los iskonawa dormían lejos de nosotros. Absolutamente aislados de lo que tú despreciabas (o no entendías). También recuerdo mi inestabilidad navegando en bote, un regreso a oscuras, los baños precarios, esa posibilidad de perderme entre pájaros y árboles para no volver. Aún conservo, entre algunos libros mojados, las hojas que recogí aquella vez.

9. Una vez, cuando todavía dormíamos en ese camarote, Lorena me preguntó quién me gustaba. Me propuso decirme quién le gustaba a ella, si yo decía quién me gustaba a mí. Éramos aún pequeños y aún compartíamos ese espacio de proximidad que, creo, poco a poco se va perdiendo (y aunque doloroso, supongo que es necesario). Ella me lo dijo primero: un chico con el que no llegó a bailar –¿o sí?– su vals de promoción. Cuando me tocó a mí, yo no supe qué responder: me gustaban todas, ¿cómo enunciar eso? Así que le dije que no me gustaba nadie. Espero que me haya perdonado la treta.

10. La violencia contenida con que te penetro: mis palabras evocando agresividad. Mi lengua humedecida por ti y en ti. Te cojo las manos con fuerza, jalo tu cabello, muerdo tu piel, la marco. Dos, tres dedos, ¿cuatro?. Tu saliva confundida sobre mis vellos, la piel de mis testículos marcada por tu boca. Tres orgasmos y medio. Te pregunto si te gusta, si quieres más, si te corres conmigo. Palabras inconexas que encadenan un significado: pinga, putita, cachar, tírame, chúpame, rico, así, sí, sí. Dos cuerpos confundidos violenta y gozosamente en uno.

11. La editorial de un sol, Toribio Anyarin Injante, nutrió mis primeras lecturas. Hay cosas que no se olvidan: historias recortadas, algunos vacíos inexplicables, lecturas posteriores en las que notabas que lo leído había sido una completa mierda (como Valerian). Una editorial 'chicha': sí, es probable. Pero era una posibilidad para leer.

12. Hace mucho tiempo perdí el talento para expropiar libros. Debería escribir (y quizá volver) sobre ello.

13. Quisiera estar afuera, fumando. Y no escribiendo estas letras inútiles.

14. La otra noche, K y yo vimos Mary Queen of Scots (Rourke, 2018), aquí traducida como Las dos reinas. Siento que es una película que debió tener mejor suerte: se estrenó en la misma temporada de La Favorita (Lanthimos, 2018) y esta se tragó por completo la atención sobre los dramas imperiales. No obstante, entre varias otras, me quedó esta idea muy marcada en la cabeza: lo masculino como potencialmente dañino. En este relato, todos los hombres son traidores, asesinos, estúpidos, crueles e infames. Y esa es una verdad que no está, para nada, alejada de la realidad.


15. Cuando me confesé por primera vez, le conté al cura que tenía “pensamientos indebidos” (así me dijeron que debía enunciarlo): fantaseaba con mis compañeras de colegio, me imaginaba besándoles el cuerpo, mordiéndole los pezones, convenciéndolas de tener una gran orgía conmigo. Una cosa curiosa: nunca hubo fantasía de penetración, todo era salival y táctil. Pero no se lo conté así, solo le dije que tenía pensamientos indebidos y, cuando quiso que profundizara, ya no le dije más. Entonces me recomendó que cada vez que fantaseara con ello, me imaginara a mi madre viéndome. Así de retorcido, pero efectivo. Me asustó mucho. Dejé de hacerlo por un tiempo, luego regresé. Pero el cura ya había efectuado su poder: instauró la culpa.

16. Me gustan los videojuegos por la capacidad de inmersión que producen. No juego tanto como me gustaría, pero cada cierto tiempo reinstalo mi adolescencia digital. Recuerdos de un visitante de cabina (por cinco horas, una gratis): StarCraft, Age of Empries, Counter Strike, WOW. El problema es que me envicio, y pierdo noción del tiempo, de las cosas, de la realidad. Entonces, con la ludopatía inoculada, abandono toda clase de deberes: comer, salir con mi novia, hablar con mi familia, ir al trabajo… solo un acto de voluntad radical –eliminarlo todo, ya mismo– me logra salvar.

17. David Bowie me gusta por lo que es: un tipo transgresor. Su propuesta, que me muscaliza muchos momentos de la vida, me parece muy potente. Algunos de sus temas: ambigüedad sexual, violencia desaforada, soledad estelar, experimentación, destino. He pensado en tatuarme su rayo emblemático en alguna parte del cuerpo que aún no decido.

Bowie sideral: aún mantengo la esperanza de vestirme como él en alguna fiesta de disfraces.

18. Un conjunto de versos sobre la masculinidad: tóxica, frágil, infantil. Un conjunto de ensayos sobre las diversas formas de violencia cotidiana (e imperceptible). Una reunión de perfiles de escritores peruanos malditos. Una investigación sobre los sujetos que no aceptaron militar en nuestra guerra interna (y que por ello pudieron escapar o, al menos, sobrellevar la vergüenza y deshonra que, en ese momento, significó decir no). 

19. Un ejercicio de intertextualidad. Este es un precepto teórico-político (también ético), escrito por Žižek, que me gusta bastante:
«Quizás, el enigma final de la posmodernidad reside en esta coexistencia de las dos actitudes inconsistentes, no percibidas por la crítica de izquierda habitual de los jóvenes intelectuales que, aunque son teóricamente conscientes de la maquinaria capitalista de la industria cultural, disfrutan de los productos de la industria del rock sin problematizarlos.»
20. Escribir es testimoniar. 

martes, febrero 26, 2019

XVII. Segunda carta para Esteban: eres un sujeto de bares o de discotecas


DÍA DIECISIETE: domingo 24 de febrero



Eres un tipo que se aburre con facilidad, despreciable Esteban. Abandonaste rápidamente (y con pocas culpas) trabajos, mujeres, pasatiempos, lecturas. Los relatos que inicias nunca obtienen final. Más de una vez te has retirado de las fiestas –también de las salas de cine– cuando la celebración aún no terminaba. Sabes, de algún modo lo sabes, que eso resulta problemático. Te lo dices, en voz alta incluso, caminando solo y fumando (un cigarrillo se enciende luego de otro). Te lo has dicho en ese diván incómodo, con Alfonso de testigo, mirando sus libreros lacanianos, el techo recién pintado, su celular que interrumpe, la voz confesional y entrecortada. Sueles decírtelo, pero eso no evita que persistas, compulsivamente, en esa falta de constancia, en las pocas ganas de algo: esa suerte de nihilismo que siempre te provoca dejarlo todo y largarte.


Ahora deben ser las tres de la mañana, es domingo y sientes esas ganas. Te has retirado del grupo, has pedido una cerveza y, desde la barra, contemplas a la gente bailar, beber, gozar. Imaginas que tienes un cigarrillo, anotas estas palabras inconexas en tu libreta digital, imaginas que estás sentado cómodamente en un bar y no de pie, aquí, en el rincón de esta discoteca. No creo que pueda estar más tiempo así, te dices, me dices, nos decimos. Piensas, pensamos, que de algún modo todo nos resulta obvio: sexualidad desbordada, baile frenético y bello, un caos atractivo, bullicioso, alegría honesta pero en estampida. ¿Somos sujetos tan fáciles de descifrar y complacer? Bebemos un poco de alcohol, suena una melodía excitante, nos rozamos el cuerpo con fuerza y ya está, listos para entregarnos y ser uno con otro.

Todo es culpa del cansancio. Esta mañana te levantaste muy temprano (o casi). Anoche estuviste bebiendo hasta tarde con algunos conocidos. Fresco y agradable. Oliste de cerca un cigarrillo, te reíste mucho, cantaste, compartiste un taxi. Hoy, aquí, te sientes un poco fuera de lugar. Estás escribiendo estas líneas y alguien te coge la mano, sonríes amablemente, desistes. Vuelves a imaginar que fumas, que follas, que nos fuimos a ver el mar. La cerveza se está acabando y el ritmo ha cambiado. Si no estuvieras tan cansado pondrías un mejor gesto, Esteban. Incluso bailarías. Lo sabes. Con los años te has hecho un animal más tolerante, ya no haces desplantes estúpidos, comentarios pasivo-agresivos, intervenciones ofensivas. Quizá por eso has venido hasta aquí a fumarte un cigarrillo inexistente y a beber tu cerveza: solo, como a veces nos gusta estar.


Que el humo hable por nosotros.
(Tomé de de aquí la imagen)

Pero digámoslo de una puta vez: eres un tipo de bares y no de discotecas. Una dicotomía algo forzada, pero válida para expresar cómo te sientes ahora. Aunque las detesto, creo que estos gestos radicales de elegir un bando ayudan a resolver cierta identificación básica: sucede en los deportes, en las elecciones sexuales, en el tipo de alimentación, ¿por qué no sucedería también en la manera como celebramos? Eres, Esteban, un tipo que goza más de estar sentado en un bar. La posibilidad de conversar, los tragos que puedes beber con lentitud, la distancia suficiente de la gente y la música que no te dejará más sordo. Te gusta estar así, no te culpo por eso.

Y aunque algunas horas después (cuando la música se haya acoplado a tus ritmos, cuando vuelvas a oler un cigarrillo mientras caminas a ver el mar, cuando el desacuerdo haya pasado) nada de esto importe, aquí, ahora, escribes estas líneas como una forma de liberarte. Quizá, todas estas palabras son un modo de calmarte –de calmarnos– el aburrimiento, estas ganas por abandonarlo todo. Ya vete, Esteban. Debo volver a ponerme la máscara.

domingo, febrero 24, 2019

XV. Ayudante de carpintería


DÍA QUINCE: viernes 22 de febrero


Ya lo sabemos: algunas cosas se heredan. Vicios y enfermedades, ciertas predisposiciones afectivas. Los colores y las formas que condicionan nuestros cuerpos. Estilos de vida, las posibilidades (o ausencias) adquisitivas. Fama y algo de reputación, diversas suertes, fortunas, bienes. Los deseos de venganza, tus maldiciones, sus secretos, nuestras fotografías. Animales domésticos, canciones favoritas. Los gustos, esos recuerdos. También los oficios –de algún modo– se legan. Mi bisabuelo le heredó el artificio de la madera a mi abuelo, y este se lo enseñó –mal que bien– a mi padre. Soy un descendiente de carpinteros.

Cuidado que te vuelas un dedo con el formón, pásame la güincha, aprende a cubicar la madera, no metas la mano cuando la máquina esté encendida, agarra acá, búscame clavos de media pulgada, ¿dónde está el cebo?, no juegues con el taladro, no metas la mano, sostén esto, martilla, agarra el triplay, que no se caiga, marca aquí, alcánzame el destornillador estrella, el más grande, el alicate rojo, no metas la mano te estoy diciendo, cuida las herramientas, necesito una broca igual a esta, tornillos de pulgada y media, marca ahí mientras yo cargo, esto se hace con lijas de 120, esta madera tiene vetas bonitas, sigue lijando, falta más, no hables fuerte que te van a escuchar, el terokal ya secó, pega eso, que no juegues, que no metas la mano, ¿está derecho?, ¿cómo no vas a saber cubicar la madera?, ¿qué te han enseñado en la universidad?




Me lo ha dicho tantas veces que ya lo recuerdo así: estoy sentado sobre un montículo gigante de troncos, en una maderera. Este es uno de mis primeros recuerdos. Es Villa María del Triunfo, hay aserrín y virutas en el suelo. Fue hace más de veinte años, cuando Villa el Salvador –y su práctica melamina– aún no lo acaparaban casi todo. Probablemente visto un short y un polo delgado, debe ser verano. Mi madre está en casa, preparándonos el almuerzo (históricos roles familiares). Mi hermana aún no existe; lo sé porque mi fragilidad y pequeñez son evidentes, y en este recuerdo sirven para marcar temporalidad: apenas llevo unos años aquí. Mi padre, que está más allá, que elige y mide maderas para después transformar, dice que lloré, reclamándolo, insistiendo su presencia, lamentando el supuesto abandono del que me quejaba. Allí estoy, eso me ha contado, así me recuerdo. Entre ese montón de maderas humedecidas, rasposas, con olor a selva, con ese color de madera transportada por el río, cortada con violencia y descuido en aserraderos, negociada y malpagada en provincias: un tronco que ha sobrevivido cientos de años para que un niño llorón empiece a patearlo reclamando a su padre, que mide maderas, que elige troncos, que acuerda precios, que recuerda muchos años después este momento. 

Serrucha sin salirte de la línea marcada, echa poca goma, esta goma pega rápido, no gastes tanta goma, ¡no te comas la goma!, no cargues tú el maletín más pesado, ¿ya tienes hambre? vámonos a almorzar, no ensucies tanto, limpia, coge el huaype y échale tíner, ¿quién es el maestro aquí?, ¿tú o yo?, es como si yo me metiera a decir algo sobre todos esos libros que lees, ayúdame a sostener esto, vuelve a sostener eso, te estoy diciendo que prestes atención, déjame pensar, yo no soy ebanista, soy carpintero, me falta más técnica para lo primero, redáctame este presupuesto, así no, no te lo escribí así, pero así lo entiendes tú, no yo, ¿tienes tiempo?, redáctame este otro presupuesto, esta es capirona, esta pumaquiro, el cedro es más elegante, pero tornillo está bien, la melamine es más fácil de armar, me duele un poco la columna.




La familia es también –en algunos sectores más que otros– un medio de producción. Un hijo en casa de obreros es un cuerpo más en la obtención del capital: unas manos que alcanzan, una espalda que carga, una mirada que cerciora. Así, me hice, me hicieron, ayudante de carpintería. Obviamente, solo de manera extraoficial (y en vacaciones). A mi viejo no le gusta el trabajo grupal y siempre ha preferido evitar las tumultuosas y coimeras obras. Él trabaja por su cuenta, solo (una elección que también heredé), sin horarios específicos y sin intermediarios (aunque con exigencias igual de neuróticas que el jefe explotador que te reclama horas extras y compromiso laboral sobrehumano). En fin, la jerarquía es simple, aunque creo que ahora –salvo algunos espacios gremiales de construcción– permanece casi inexistente. Sé que la diré incompleta, aunque él me la haya repetido muchas veces mientras yo jugaba Candy Crush:

Primero está el maestro, el tipo más experimentado y con frecuencia de mayor edad y respeto. Lee planos, tiene diversas habilidades, conoce mucho más, suele liderar al grupo y resolverle los problemas al ingeniero estúpido y joven que gana mucho más, que no sabe, pero tiene título universitario.
Después viene el operario, que creo también llaman oficial (no estoy seguro de eso: sorry, pa’). Pero es el mando intermedio: un trabajador que ya tiene experiencia y que, con frecuencia, está a cargo de secciones específicas dentro de la obra. Entre otras cosas, por ejemplo, instala puertas, les coloca las chapas y bisagras, constata que la línea de luz entre el marco y la puerta se mantenga exacta, imperturbable, perfecta.
Al final está el ayudante, el rol que cumplí es esporádicas ocasiones durante algunos años. Es el tipo que acerca herramientas, que barre las virutas y junta el aserrín. Echas cola, buscas y luego alcanzas clavos o tornillos, cambias la broca de acero del taladro por una para perforar aluminio, vas a comprar (o a veces recibir) el almuerzo, lijas como desquiciado, marcas con un lápiz dónde debe martillarse, qué espiga empata con otra, a qué altura se coloca la bisagra. Suele ser un joven inexperto y, en mi caso, un poco ahuevado e inoportuno.
Por desamar, reconstruir y reinstalar, debo ir al contador, ¿puedes ayudarme mañana?, no, no te metas a cargar tú, vámonos ya, todo salió cuadra, no me dejas concentrarme, recoge las herramientas, que todo esté ordenado, toma, por tu ayuda de hoy, dice que hoy no va a pagar, no hay chamba, voy a comprar material, en ese tiempo caminábamos un montón buscando trabajo, él no sabía cubicar, entonces Marcos, entonces Rachi, entonces Peñarrieta, nosotros hicimos ese techo, un par de veces, luego del trabajo, nos fuimos a ver el mar, plata como mierda, ese es una cagada, ¡no, huevón!, putamadre, ¿ahora?, agarra acá, búscame clavitos así como este, de pulgada y media, sostén el desarmador rojo, échale grasa a los tornillos, marca ahí, no me distraigas, no cojas eso, enrolla la extensión, ¿dónde está el cebo?, no encuentro el alicate amarillo, presta atención, ¡que no cojas eso, carajo!, ¿quién se va a quedar con mis herramientas cuando yo no esté?




Creo que en esos años hubiese preferido quedarme (más) en casa, viendo TV, jugando algún videojuego o leyendo algo entretenido. Pero uno no elige su suerte cuando tiene quince años y yo terminaba ahí, con él, alcanzando martillos y lijando. Era una situación de exigencia física, prototípicamente masculina, es verdad. Pero al final de cada jornada, agotados y expectantes, había cierto placer honorable por el trabajo cumplido. Algo así como una emoción de heroicidad cotidiana, sencilla pero honesta: ese goce que –imagino– deben sentir todos aquellos que hacen su trabajo bien. No quiero ponerme solemne o glorificar estos episodios de ayudantía. El esfuerzo físico nunca me gustó y, por eso, apenas entré a la universidad (y hallé trabajo enseñando, leyendo, corrigiendo y escribiendo), lo abandoné. 

Sin embargo, a veces, en noches como esta, cuando por quiceava vez no hay cigarrillos para combatir el insomnio, y cuando él y mi madre me cuentan rápidamente que acabaron un nuevo trabajo (ahora ella es su ayudante y es mil veces mejor que yo), nos recuerdo a ambos, allí, en el trabajo. Él explicándome para qué sirve cada una de sus herramientas y qué debo hacer (también diciéndome que no toque nada y yo tocándolo todo). Entonces recuerdo los libreros que me ha hecho, el techo de nuestra casa, la mesa donde cenamos y hemos llorado juntos, los sillones de madera que tiñó junto a mamá, nuestras camas, las divisiones de nuestros cuartos, las repisas que le hizo a mi hermana, ese formón que su papá improvisó, las veces en que madrugaba todos los días para trabajar en otra ciudad, la gente que lo respeta, sus manías y desquicios, esa máquina que tanto le costó comprar, las herramientas que alguna vez heredaré, el color de la madera en mate y no brillante, las polillas que cada cierto tiempo amenazan esta casa, el polvillo miserable cada vez que se lija, el olor inconfundible de la madera. Y allí, también, lo recuerdo contándome mucho de su padre, de su abuelo, de cómo trabajaba con ellos, de la elección fortuita de este oficio (necesidad antes que aptitud): tantas historias sobre este linaje de carpinteros que yo no continuaré.

miércoles, febrero 20, 2019

XI. Tres escenas velópatas


DÍA ONCE: lunes, 18 de febrero


«La máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella», canta Drexler. ¿Qué es lo que hacemos nosotros con esta máquina llamada bicicleta?, ¿a qué emociones la vinculamos?, ¿cuáles son las posibilidades –tangibles o imaginadas– que proporciona este artefacto cultural?, ¿qué nos recuerda, por dónde nos extravía? Recurrir a la memoria –la inventora– es una opción siempre válida. A mí, tres situaciones/emociones se me revelan cada vez que evoco velopatía, ese amor desesperado por la bicicleta. 
Al velódromo (1912), del cubista fancés Jean Metzinger



Estamos sentados en el paradero. Yo enciendo un cigarrillo y ella sostiene su bicicleta. No nos vemos hace tiempo, aunque el esporádico contacto no quiebra nada. Está sudorosa, ha pedaleado desde casa hasta aquí, al otro lado de la ciudad. No importa por qué nos hemos juntado, tampoco el que ahora solo nos veamos unos minutos. Ella habla, yo inhalo y escucho. Las otras noches hubo un chico, un muchacho tonto que salía con su amiga y le gustaba. Un tipo cara-tierna que le hizo el amor dos veces –agradables y repetibles–, pero que la confunde. Él no es tan claro como ella quisiera. Lo odiamos. Pero también hay, está habiendo, una chica. Es más clara, pero esa claridad provoca miedo. Han bebido, a veces se han besado. A ella le gusta mucho cómo esta se despista y pierde con facilidad, cómo se hace necesitar, desear. Entonces creo que estoy indecisa, debería haberme dicho. Pero no recuerdo eso, porque probablemente no lo estaba. Lo que yo recuerdo es la manera en que sus puños sostienen el timón: firme y aferrada, como si de ese sostener (y mantener así el artefacto intacto) dependiera todo su futuro. Me habla, me sigue hablando, y yo contemplo sus manos sujetas al vehículo: imperturbables para lo que vendrá. 



II 

Mi padre discute el precio, yo contemplo el espectáculo: centenares de bicicletas alineadas confusamente. Podría ser Grau, debe ser de mañana, en algún día de mis ocho o nueve años. Me compró una linda imitación de Goliat. Tubos de color rojos y negros, llantas aro 24, pedales limpios, cadena nueva y engrasada, sin rueditas cobardes y con un timón envuelto en plástico de burbujas para reventar. Lo llevamos a casa en transporte público, dentro de esos buses viejos y antiguos que a esa hora y en esa época andaban despoblados. Creo que pagamos el pasaje de la bicicleta. Creo también que esa misma tarde me lleva a un descampado donde me enseña a manejarla. Mantener el equilibrio –con este objeto de dos ruedas, con ese otro objeto llamado vida– no es sencillo. Me voy a caer antes de lograr manejar/vivir bien. Años después, voy a destrozar el regalo. He subido a una de las pistas más empinadas de este lugar (ventajas de vivir en los cerros: el goce del vértigo y la adrenalina es más próximo). Llevo a alguien conmigo. Bajamos a velocidad, suicidas y hermosos. Algo nos golpea (¿una moto, una piedra, el espejo retrovisor de un auto, la mano inasible de Dios?) y caemos. Violencia y destrucción. Mi cara se deforma, mi bicicleta también. Me quedan un par de marcas para testimoniarlo. 



III 

Compró un promoción para alquilar bicicletas por algunas horas. Se está acabando lo suyo, pero aún no lo saben. Ese día se toman una foto que obtiene muchos likes. Al principio manejan con temor, él detrás de ella. Hay sol y demasiada gente, su lindo polo verde hace juego con esa cajetilla de mentolados que lleva en el bolsillo y que permanecerá intacta. Recorren el malecón, la tarde se acaba con ellos montados y fallidamente felices. De pronto, el vehículo de uno se estropea. Debe haber una metáfora críptica en esta imagen que no logro comprender: la cadena ha salido de su eje y lo ha desconfigurado todo. Sus ánimos, sus promesas de futuro, esa salida en bicicletas. Hay discusión, es un preámbulo para otras. Hay silencio, desacuerdo, ruptura. Varios meses después, cuando estén devolviéndose cosas y desterrando escenas compartidas, recordarán esta salida como una de sus últimas felicidades. Amar es dar lo que no tienes a quien no es, dijo Lacan. Quizá sea mejor así.

domingo, febrero 17, 2019

VII. Dos poemas de Eielson sobre el amor


DÍA SIETE: jueves 14 de febrero


Jorge Eduardo Eielson es sin duda uno de mis poetas favoritos. 

Sus versos-flechas me han atravesado-conmovido muchas veces. Todavía lo siguen haciendo. Hay algo en cómo dice las palabras que me hace sentirlo muy cercano, íntimo. Debe ser el modo en que describe el cuerpo («miro mi sexo con ternura, toco la punta de mi cuerpo enamorado»), o cómo convoca la soledad que lo habita («el mismo que se refleja en el espejo y ríe»), quizá sea la expresión singular de sus dudas («y no soy yo que veo, sino el otro, el mismo mono milenario que se refleja en el espejo y llora»). Hay algo allí. 

Fue uno de mis primeros descubrimientos en la universidad. Recuerdo haber leído su Poesía escrita con un asombro inusitado, pasional. Como la llegada del primer orgasmo, como el descubrimiento de algo que saboreas demasiado bien en el paladar, así, con esa fascinación, leí sus poemas en las bancas de Letras, en su pórtico, en los largos trayectos que recorría de regreso hasta mi casa, al sur de la ciudad. 

Hay lecturas que envejecen: ciertas novelas, algunos cuentos, varios poemas que releí hace poco ya no emocionan como antes. Pero con Eielson esto no ha pasado. Los mismos versos, los que más me gustaron, que leí desaforado y angustioso en cierta prehistoria de mi vida, me siguen estremeciendo, permanecen intactos en su compulsión. Quizá la clave esté en cómo sus palabras representan bien ese malestar para aproximarse (o sostener) el lazo con el otro del amor. 


Esta última idea no es mía, sino de Alfonso. Y no las dijo sobre Jorge Eduardo, sino sobre mí. Pero desde que mi terapeuta las escribió, yo no he dejado de pensar/sentir que Eielson ya me las había estado diciendo desde mucho antes. Probablemente, desde que hallé, conmovido, su póstumo Habitación en Roma (2008). Este es un libro que yo memorizaría esta noche, si mañana se acabara todo, todo. Veinte poemas (más uno agregado). A veces, me parece, siento que quien habla en este libro está encerrado en una habitación con balcón amplio y vistoso. Y desde allí, desde esa prisión irónica y privilegiada, va describiendo lugares, personajes, sentimientos y momentos que observa y recuerda. Pero esta es solo una impresión, al menos funciona para los dos poemas que quiero compartir aquí. 

Resultan doblemente idóneos: están ubicados casi a la mitad del poemario y están presentados uno después del otro. Son próximos y medulares, emocionalmente cercanos. No pretendo detenerme aquí a realizar un análisis sobre por qué son hermosos o potentes. Esto no es una clase, sino una exhibición. No es una conferencia; a lo mucho, quiere ser una suerte de lectura poética digitalizada. Por eso, me gustaría compartir, de todas las maneras posibles, estos dos poemas de Eielson sobe el amor (¿un regalo tardío de San Valentín?, quizás). Y para ello, creo que no bastan las imágenes que contienen las letras de ambos poemas. Por eso les puse voz. 

Hace un rato, me grabé leyéndolos: una sola pasada, una única grabación. Como cuando lees en algún recital y solo tienes una oportunidad para conmover. Disculparán la técnica fallida (creo que el primero me quedó mejor que el segundo), pero no quería dejar de hacerlo. Así que estos son los poemas –Albergo del sole II y Junto al Tíber la putrefacción emite destellos gloriosos–, y esta es mi vergonzosa voz leyéndolos:


  
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Siento que yo podría testimoniar muchas de las palabras que en estos versos Eielson enuncia. No entraré en detalles, porque ahora no importa, pero en Albergo del sole II hay toda una verdad sobre el arrepentimiento amoroso: ese dolor que uno no controla, pero que tampoco quiere controlar. No solo eso, también hay un reconocimiento y una descripción íntima de lo que Sabina dice al principio de Y sin embargo, pero de manera más vulgar:

«De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que darí­a por ti la vida entera: por ti, la vida entera. Y sin embargo, un rato, cada dí­a, ya ves, te engañarí­a con cualquiera, te cambiarí­a por cualquiera»

Esta es una posibilidad del amar, la del arrepentimiento. Pero no es la única. En Junto al Tíber…, en cambio, la posición del sujeto es otra, aunque igual de profunda. Aquí se parte del arrepentimiento hasta llegar –delirios y cigarrillos (que tampoco fumé) de por medio– al renacimiento del amor. Entre sus labios resecos, en esos versos que ya no serán durmientes, sino activos, poderosos e impactantes como lo pueden ser los balazos: ese gesto de reconstrucción es también una forma del amar.

Yo he sentido ambas dimensiones del amor. Estoy seguro que tú también: esa gran complejidad para sostener el lazo de reconocimiento mutuo con algún otro. Y aunque a veces –cuando me nublo y dudo y me pongo psychokiller– quiero dejarlo todo y largarme, creo que estoy aprendiendo –K de por medio– a lidiar con todo esto. Entre tantas otras cosas, le estoy muy agradecido por ello. Que así sea.