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lunes, abril 08, 2019

XXI. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida


DÍA VEINTIUNO: lunes 8 de abril 


Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Dejé de escribir en este espacio por falta de tiempo, no porque haya retomado el arte de consumir cigarrillos. Me mantengo intacto de tabaco y demás sustancias. La cuarentena ya se cumplió, pero mi abstinencia continúa: aún no he fumado. Hay (muchas) más ganas, aunque también un poco más de control. A veces siento demasiada ansiedad (ganas de soltarlo todo y largarse), pero aparecen nuevas certezas que calman, estremecen, enrumban: ya no estoy hablando solo de los cigarrillos. Después de todo, esto siempre ha sido un pretexto –una posibilidad– para escribir. Es cierto que he estado a punto de quebrar el pacto y correr a comprar una cajetilla para reventarme la boca fumándome el paquete de una sola vez (idea para un video estúpido en YouTube: un sujeto se introduce todos los cigarros que caben en su boca e intenta encenderlos, y fumarlos todos, a la vez). Pero desistí. También es cierto que he olido demasiado cerca el tabaco de algunos acompañantes: envidio su condición de sujetos que no necesitan demostrarse su capacidad de contención. En fin. Quise probar con inhaladores digitales pero creo que me identifico como un sujeto más o menos analógico: uno envejece sin que lo note con claridad. La escena del cigarrillo virtual, imaginado, ficticio, recreado, me sigue sosteniendo. Pero no basta. Así que aquí estamos, cínico lector: hoy cumplo sesenta días sin fumar. 

Cuando me propuse esta cuarentena de autocontrol (y autoconfesión), supuse que algo así pasaría. Que en algún momento se interrumpiría esta simulación de diario personal. Quizá no había calculado que oficializar mi trabajo como docente universitario me consumiera tanto tiempo. Confieso que desde hace algunos años me dedico a este rubro –el arte de convencer a jóvenes incrédulos de leer (y reflexionar) los textos que yo les asigno–, pero creo que antes no me había esforzado tanto por diseñar los cursos que este ciclo ya estoy dictando. El porqué tiene muchas respuestas, pero la principal es enteramente pasionaria: me gustan los temas que ahora enseño. Trabajo gozoso. Aunque agotador. En días como hoy, en que regresaré a casa golpeado por el cansancio, queriendo una ducha, una cama, un cuerpo para amar, me pregunto si sentirse así tiene sentido: es un acierto que todavía pueda contestarme sí. 

Yo, en una foto divertidamente posera, durante esos días en que anduve encerrado en la biblioteca.
La foto la tomó K., que anda desaparecida de las redes y se le extraña (más).

Por supuesto, como suele gustarme, me doblé la apuesta. Si termino los días agitado y en lamento es porque mi horario está exigente. Me levanto muy temprano y me acuesto muy tarde; y en el intervalo, hago demasiadas cosas. Pero está bien, no me quejo (del todo). Ya era necesario retomar ciertos temas y ocuparse de algunas decisiones. Veo poco a mi familia y no paso mucho tiempo de calidad con K. Tampoco webeo tanto como quisiera. Lamentación en clave cliché: a veces extraño esos días en que, luego de alguna clase aburrida, me iba al bosque de Letras, con baños inmundos, y, allí, abandonado, me ponía a leer o fumar, despreocupado. Fin del episodio cliché. Ahora soy un sujeto ocupado. Tanto, que empecé a esbozar estas palabras en los resquicios entre clase y clase, mientras vuelvo a casa, en los extramuros de esta ciudad, cuando cierta ansiedad aparece y no se calma. 

Entonces me rehúso a retomar los cigarrillos sin haber terminado la ¿promesa? de escribir cuarenta entradas aquí. Cuarenta textos breves que testimonien algunas ideas, un par de sensaciones, experiencias, goces (negados o acontecidos), en relación al arte de fumar. No pretendo decir algo importante o trascendente, solo quiero hablar desde la cotidiana abstinencia, desde la más elemental y común capacidad para no ceder. Así que esta es mi forma de retomar. En estos primeros días de clases, cuando empiezo a sentir el ciclo en su intensidad y a rezar en los dioses que no creo para que, por lo menos, la mitad de matriculados se retire del curso (para poder corregir menos y mejor), pienso que puedo sumarle unas monedas extras a la apuesta de la vida y, también, ocuparme de escribir este diario digital. Le haré caso a papá Bob que, precisamente, me está cantando "don't think twice, its alright". Ojalá que sea así. 

jueves, febrero 21, 2019

XII. Escribir agota


DÍA DOCE: martes 19 de febrero



Escribir agota. Es un ejercicio mental y físico que requiere esfuerzo, dedicación, sobreexigencia. Al menos así funciona para mí. Por eso detesto a quienes señalan que escribir es un placer sin más. Hace tiempo, un poeta medianamente potente dijo que él se sentaba y disfrutaba escribiendo. Desprecié su intervención. ¿Qué de placentero puede tener unir palabras, una tras otra, con desesperación, con angustia, intentando construir las formas precisas que mejor revelen eso que quieres decir?

Escribir no es placentero, provoca tensión, te pone ansioso, estresa. Cuando escribo, me cuesta. Inicio anotando palabras sueltas, suburbios de alguna idea, frases que inicien párrafos, que conecten experiencias, que anclen al lector. Luego voy depurando: meto comas, cursivas, interrogaciones, dos puntos, ¿dónde están los dos puntos?, me gustan demasiado. Voy encontrándole un ritmo, una tonada precisa, una coloración especial que materilice el sentimiento en ese montón de palabras que arrimo, tarjo, edifico. 

Pero mi edificio de palabras siempre amenaza con caerse: no sé cómo generar el cierre, a veces falta fuerza en la capacidad de conmover; no hay una verdad que genere empatía, identidad; no logro cierta singularidad; las descripciones resultan flojas, los diálogos aburridos… tantas debilidades, tanta fragilidad. Escribir agota. Súmese a eso mi dispersión: anoto líneas y luego divago en la red, apago el wifi y me distraigo con las propiedades de algún archivo, escribo a mano y empiezo a dibujar malas abstracciones en mi libreta.

Así que esta es mi cuota de escritura diaria en este –poco más que anónimo– espacio virtual: el reconocimiento de que este goce es una tarea fatigosa y aplastante, doblega el bienestar. Te hace sudar, comerte las uñas, dolerte el culo; se te engrasa el cabello, el aliento se te descompone, la panza aumenta; la circulación se daña, el sueño se interrumpe, debes consumir cigarrillos. Maldito goce malsano: porque creo que solo puede entenderse así. Si esto me genera tanta incomodidad, ¿por qué regreso siempre aquí, de manera compulsiva, reincidente, dañina? Todo quiero ponerlo en palabras, todo lo ando pensando en breves relatos, siempre ando escribiendo. Insisto: maldito goce malsano.


El poeta pobre (1839), de Carl Spitzweg.
Prototipo del sujeto abandonado, solo, sucio y desordenado, pero escribiendo.

Hoy desperté alrededor del mediodía luego de haber terminado un texto para una revista, me bañé y continué escribiendo ese paper que ya debería estar acabado. En el trayecto de la jornada, escribí chats, correos de respuesta, acuerdos para una próxima reunión, excusas, un par de saludos de cumpleaños, las ideas de un proyecto futuro, nombres para poemas que aún no escribo, una dedicatoria posible. Ahora, por la noche, luego de una jornada encerrado y escribiendo, anoto estas líneas pesimistas, resignadas, declaratorias: escribir me agota, hace daño, perturba… y sin embargo, estoy aquí, escribiendo.

Bolaño lo supo bien:


Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.


Sus palabras funcionan como un mantra en esos interminables y tormentosos momentos de escritura, como el de ahora.