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lunes, febrero 25, 2019

XVI. La locura de ser... madre


DÍA DIECISEIS: sábado 23 de febrero


Al colocarse audífonos, uno se escapa un poco del rostro sonoro y monstruoso de la ciudad. Usarlos es una medida protectora, aislante: un gesto que nos evita la inmersión completa en la bulla y que, a mí, me garantiza una mayor concentración. Así, abstraído en el bus, puedo corregir con desesperación todo tipo de evaluaciones (las largas, aburridas e inútiles; aunque también esas pocas que sorprenden o motivan), terminar de leer algunos libros (de pie, sentado, ahogándome de calor o maldiciendo el frío) y escribir/rescribir –en el felizmente sencillo Google Keep– textos como este que ahora lees, internauta voyeur. Siempre, aun con el riesgo que ello implique, los oídos taponeados de música.

Sin embargo, todo se agota: llega un momento en que esta elección satura. Entonces me libero la escucha, despierto un poco y contemplo las calles, sin amor: el motor de los carros y sus cláxones, gente que conversa, que grita, que se hipnotiza a sus celulares, silenciosa, una emisora mal sintonizada, monedas cliqueantes, ventanas semiabiertas, llamados de rutas, pitidos, un heladero y su chicharra, alguien que reproduce para sí un video que todos oímos, un niño llora, una señora se ríe fuerte, tose, estornuda varias veces… tantos sonidos, tanta bulla: nuestra cotidiana sonoridad. En ese momento suben ellas al bus. 

Estoy en la Avenida Grau, en los límites del Centro de Lima. Es sábado por la tarde. Me dirijo a un concierto donde estaré ocho horas de pie. Y aunque en ese momento la posibilidad me suena divertida, más tarde estaré lamentando esta decisión. Allí, sostenido en el pasamanos, espero que mi paradero se acerque, ya sin audífonos, observando cómo el carro se queda sin pasajeros. Trato de adivinar cuántos otros de allí, jóvenes con vestimenta más o menos similar a la mía (alguna prenda negra, un poco de furia en la mirada), van al mismo concierto que yo.
Lima 6:43 pm, de Julius Sobrino. Cada uno de nosotros componemos un color
en este cuadro caótico que es la ciudad. Tomé la imagen de aquí.
Entonces me distraen los balbuceos que ella lanza. No articula palabras, solo mueve la boca y un bufido quejoso se escucha. Suelo ser un sordo infame, por eso pienso que –como tantas otras veces– no estoy escuchando bien lo que la vendedora ambulante de turno está diciendo. Pero no vende, y no estoy oyendo mal. Habla así y está pidiendo dinero. O comida. O ropa. No se entiende bien. Lo que sí creo descifrar: que le avisen cuando lleguemos a la avenida Alfonso Ugarte.

No había terminado de entender la situación, cuando escuché que un muchacho le decía a su compañero de asiento –¿acaso su amigo, su novio, su hermano, su conocido?– “se ha subido una loca”. Recién allí la miré con atención. ¿Cuántas veces has cruzado la acera, te alejaste un par de pasos, evitaste transitar por el mismo lugar donde ese loco existe, extraviado y mugriento? Siempre me ha fascinado/perturbado cómo estas personas resultan la representación máxima de lo expulsado, lo aberrante. En nuestro grupo cultural –y creo que junto a los terroristas, ese otro sistemáticamente repudiado– los locos callejeros son el significante más radical de alteridad. Todos les huyen, y aunque a veces causan pena y conmueven, los queremos lejos del espacio que ocupamos, fuera de la descendencia genética, negando alguno de sus rasgos en nosotros mismos.

La mujer llevaba la cara manchada de algo que me pareció grasa, estaba sudorosa y el cabello lo tenía largo y suelto, enredado. Su polo –de un azul desteñido (y obviamente sucio)– tenía una rotura en el hombro izquierdo. El pantalón buzo era plomo, lo llevaba arrastrando, estaba mojado en la entrepierna. ¿Esa humedad era orín, excremento líquido, simple agua? Deducciones sin importancia, porque su atuendo era el esperable. Uno se imagina estas descripciones clichés cuando piensa en un sujeto enloquecido y en abandono: la ropa traposa, el mal olor, la incapacidad para conectarse –con el lenguaje, con un gesto, con la mirada– a nuestra violenta y fragilizada realidad. Pero en ella, lo extraordinario –eso que resultó imprevisto e impactó– era la niña que llevaba consigo.

Tenía visiblemente sueño y era muy pequeña. No sé identificar edades en niños (todos me parecen iguales), pero ella ya caminaba. Cabello mal cortado, polo rosado de unicornios percudidos, sandalias muy grandes. Se sobaba la cara con las manos sucias y todos los que la contemplamos sentimos ¿pena?, ¿consternación?, ¿una culpa social por el abandono de estos cuerpos? Lo siento, no pretendo hacer aquí un abordaje victimista, ni intentar retratarlas desde lo triste que resultó el que hayan avanzado hasta el fondo, sin que nadie les ofreciera nada, y allí, instaladas, se hayan tirado a dormir, desparramadas y absolutas, en el último asiento del bus, ya casi vacío. No quiero conmover o interpelar con esta descripción. Mis intenciones son mucho más egoístas (y por eso, supongo, honestas): quiero testimoniar aquí lo que me generó ver a una mujer enloquecida –abandonada y absorta– llevando a su hija de la mano.

Aunque quizá puede que no haya sido su hija. Ya sabemos que suelen alquilarse niños para mendigar: seres que fungen de objetos que amplían la pena, la conmoción, esa capacidad para sacar del bolsillo más monedas y colaborar. Podría haber sido esta la situación. Ella una alcohólica o drogadicta o simple estafadora disfrazada de mendiga: entonces deberíamos entender a esta niña como una sección más del atuendo, junto a la cara grasosa y al performance de precariedad.

Pero creo que había realidad en esta mujer, en esta niña a la que abrazaba fuerte, como se abraza lo que se ama, lo que te pertenece, lo que es tuyo y de nadie más. Hay algo más: el olor no se puede falsificar. Entiendo que cualquiera podría performar miseria –las ropas y el maquillaje lo garantizan–, pero ese olor a excremento putrefacto, a orín empozado, esa herida que tenía en la mano sucia y sin curar, eran reales. No podían ser gestos inventados.

Quiero creer que esta mujer enloquecida es la madre de esa niña que, probablemente, heredará la misma suerte (si es que sobrevive hasta la edad en que pueda heredar algo). Cuando la cobradora se les acercó, volvió a repetir lo de avisarle cuando lleguen a Alfonso Ugarte (que ya estaba más o menos cerca). No dijo nada más, solo se durmió, abrazando a la niña. Recién allí pude notar que la madre estaba descalza. ¿Cómo había logrado sobrevivir tanto tiempo con su hija?, ¿dónde había estado todos estos años?, ¿cuándo y por qué enloqueció?, ¿era alcohol barato –además de la mierda y el orín– a lo que también olía?, ¿hay un padre en esta historia?, ¿hay más hijos?
Esto fue robado de aquí. Me gusta por esa barriga, tipo pez ciego, que 
está por colisionar con la cabeza de ese cuerpo fragmentado. 
Una metáfora dura e irónica sobre la maternidad.
No logré encontrar la autoría de la imagen.

El psicoanálisis ha profundizado, con algunas certezas, en la problemática relación entre ser mujer y ser madre: posiciones contrapuestas que no van en continuidad, que no se complementan (como suele creerse). Esa idea de que la mujer se realiza siendo madre es una creencia demasiado extendida, demasiado tóxica. No solo porque no todas quieren serlo, sino porque asumir este rol implica una negación de lo que previamente eras. Para ser madre, para adquirir el goce de la maternidad, dice Lacan y sus amigos, hay que abandonar algo como mujer, padecer la pérdida de algo que te constituía en ese sujeto femenino. Dejar uno y asumir lo otro puede ser mortificante, cruel, por la imposición social que significa. Y sobrellevar (sobreponerse a) esta dualidad puede conducirte, incluso, a la locura… como la madre y su hija enloquecidas que vi la tarde del sábado.

Por supuesto, escribo todo esto desde mi limitada comprensión masculina (imposible de parir); también desde apenas unas pocas lecturas (que me hacen simplificar el argumento). Pero, sobre todo, a partir del video donde Marita Hamman –en el marco de las jornadas sobre maternidad que organizó la NEL de Lima (y de donde robé el título de este texto: ver foto de arriba)– lo explica. No obstante, estas aproximaciones teóricas solo acompañan la escena que vi el sábado por la tarde, antes de permanecer de pie durante ocho horas, cuando me quité los audífonos para contemplar sin amor el sonido cotidiano de quienes viajamos en bus. El decorado conceptual ayuda, pero lo que importa son los sujetos que movilizan esta escena: una mujer, balbuceante y enloquecida, con su hija, sucia y frágil, durmiendo al fondo del bus. Cuando bajé del carro, las vi que seguían allí y sin poder fumarme un cigarrillo (este tipo de cosas siempre me provocan uno), me pregunté si acaso esta no era una metáfora perversa de esta psibilidad: la locura que puede significar ser… madre.




lunes, febrero 18, 2019

VIII y IX. Formas de la celebración (o escribir con resaca)


DÍAS OCHO Y NUEVE: viernes 15 y sábado 16 de febrero


Tres situaciones de la noche. Duran hasta hoy. No resumen todo lo acontecido (¿qué podría realmente hacer eso?), pero la iluminan bien. Son fragmentos. Retazos que delinean el trayecto emocional de un viernes por la noche, de un sábado por la madrugada. Tres formas de la celebración.


Primera situación

El bar Don Lucho ha perdido algo. Ahora tiene dos televisores enormes por donde pasan canciones estridentes que potencian mi precaria posibilidad de escuchar. Si ya soy ligeramente sordo con el sonido cotidiano, aquí, a cada molestoso rato, debo volver a preguntar qué dijo quien hablaba. ¡Ah?, ¿qué cosa?, exclamo. Mis amigos primero me ayudan: me vuelven a decir lo que el otro contó. Incluso, a veces, él o ella se repite: vuelve a usar la misma inflexión con que cerró la broma, reaplica ese tono peculiar que usó al relatar el chisme. Una cerveza Cusqueña y tres Pilsen después, ya no me hacen tanto caso. Me ignoran con un poco de indulgencia. Y los entiendo. Alguien está contando algo sobre el trabajo y esto acaba de provocar una risotada entre los otros tres, pero Marc Anthony no me ha dejado escuchar bien el remate. Todos se ríen, mientras yo sigo preguntando, ya avergonzado, ¿qué dijo, qué dijo? Pasan unos segundos, me contemplan… ahora se están riendo de mi sordera.


La mítica rockola del bar Don Lucho (el nombre exacto de la máquina es 'gramola',
un gramófono eléctrico que funciona a monedas). La imagen la tomé de aquí.

No siempre fue así. Ese bar me gustaba porque la escasa bulla era casi siempre monopolizada por dos circunstancias: una rockola, viejísima y de contadas canciones del recuerdo (a dos por cincuenta centavos, solo las necesarias, escuchadas en un lapso prolongado de tiempo); y las voces de los propios convidados (risas, chillidos, gritos, insultos y demás) que resultaban un indicador efectivo del estado etílico –el carnaval– que allí acontecía. Pero ahora no puedo escuchar lo que mis amigos dicen. El negocio visiblemente ha crecido –hay un altillo nuevo y dos mozos más–, aunque Ciro está más viejo y los baños siguen conteniendo el nauseabundo espectáculo de siempre. Todavía se puede fumar allí, no sé si aún te traerán ceniceros. Pero nos fuimos pronto, rápido.


Segunda situación

Fernando atiende este lugar que, poco a poco, se ha convertido en uno de mis espacios favoritos de la ciudad. Es un bar pequeño y frágil. También inesperado. Sus paredes están adornadas con objetos disímiles entre sí, pero que, en conjunto, cobran una fuerza simbólica inusitada. Recito algunos rápidamente, los que más recuerdo: anuncios de productos antiguos (té Huyro o gaseosas Lulú, por ejemplo), una cruz breve, botellas al parecer jamás abiertas, una vieja butaca de cine (donde he visto a G jugar un par de veces), la fotografía de unos niños sobrevolando la Plaza San Martín (lo que más me gusta), sillones antiguos, un piano que ya no funciona, afiches de películas, disquets como posavasos, un cartel que dice Estación de la sal y tantos otros adornos que parecen sacados de Camaná (la calle donde se consiguen cosas viejas en Lima). El bar está iluminado con delicadeza, siempre pone buena música (a bajo volumen) y tiene una trastienda discreta; en el baño hay una radio antigua y, para llegar allí, se camina por un pasadizo donde alguna vez pensé en besarte. Cuando salía a fumar, antes, cuando fumaba, me solía preguntar cómo cabían tantas cosas (y personas) en este bar. Posee cierta singularidad. Creo que lo mejor son sus cartas de bebidas. En la contratapa estas tienen frases sobre el (desa)amor y otros dilemas: “sé que lo nuestro fue un error, pero también sé que debemos equivocarnos otra vez” o “nunca has sabido lo que quieres y siempre estás queriendo saber algo” (ven las fotos). Sus boletas de venta, aunque suene raro, también me gustan mucho: incluyen poemas y, en la parte que va el nombre del consumidor, Fernando escribe siempre “chicos” con una caligrafía de sujeto tímido y tierno, atento pero cordialmente distante (vean las fotos, otra vez). Es un tipo que se hace querer por su amabilidad y que le otorga un aura especial al comercio del alcohol. Nos fotografió la primera vez que fuimos, le obsequió un queque –diminuto y lindo– a Z cuando celebramos allí su cumpleaños. Siempre te hace sentir cómodo, a gusto, como si estuvieras en la sala de un viejo amigo.


Así que hasta allí nos movimos, a Olvídate Bar. Él pidió un capitán, ellas macerados, nosotros dos chilcanos. Hablamos de la primera vez que fuimos a ese lugar, de los padres que nos tocó a cada uno, las familias y ciertas miserias, de los proyectos futuros, las becas, los hijos que no tendrán, el doctorado, K hizo un brindis porque gané un concurso, conversamos sobre nuestras exparejas, A profundizó en sus razones para haber acabado una larga relación, G recordó un anillo, ella un deseo, yo varios viajes. En medio de la conversa, Fernando preguntó si alguien fumaba. Le dije que solía hacerlo pero que estaba en abstinencia. Entonces me obsequió un cigarrillo Inca. Es de los años setenta, está intacto, me dijo. Creo que sonrió. Se abalanzaron para que lo encienda allí mismo, pero yo vi una suerte de señal en el obsequio y no les hice caso. Así que lo guardé en el bolsillo de mi camisa, dispuesto a no fumarlo nunca.


Tercera situación

Más inmundo que los baños de Don Lucho es el piso de Vichama. Una mezcla de escupitajos, colillas, chela derramada, sudor acumulado (y probablemente orín) que el agua no limpia. Cuando llegamos, un concierto de rock duro, metálico, chirriante estaba terminando. Ellas fueron por reguetón, Z por trago, yo por cualquier cosa. G ya nos había abandonado (se fue con la excusa de terminar una tesis que ahora avanza con desesperación, dice). Creo que al final Z y yo nos divertimos más. Los videos de nosotros dos bailando así lo prueban. Nunca pasaron las canciones que ellas esperaban. Mientras, nosotros, jugamos al fálico fulbito de mesa en un destartalado armatoste (las manijas se salían cada vez que las manipulabas). Me ganó 4 a 3 y lo celebró como si Cueva no hubiese fallado ese penal (traumas de la historia nacional). Compramos varias cervezas. Hacia el final de la noche, estábamos más borrachos de lo que nos hubiese gustado aceptar. Un par de horas después, dormía en el sillón de K.

Hace mucho tiempo que no vomito. Me gustaba pensar que era una de las pocas cosas que, a diferencia de muchos, no realizo. Puedo –o podía– beber demasiado y no vomitar. Mantenerme incólume, sin exhibiciones grotescas. Es una afirmación algo tonta, pero válida, de la cual me sentía discretamente orgulloso. Pero la madrugada del sábado devolví tanto de mí que esa racha se quebró con violencia. El punto climático fue a la mañana siguiente, cuando luego de habérseme ido la vida sobre un sanitario ajeno, y escapar algo avergonzado de ese lugar, tuve que bajarme apresurado del bus que me trasladaba a casa, porque –oh, malditas arcadas– mi cuerpo amenazaba con hacer un espectáculo. No hubo tal cosa, es cierto. Pero sí algo cercano a la ironía vergonzosa: luego de reponerme un poco, noté que estaba a punto de vomitar afuera del campus de esa vieja universidad estatal en la que tantas veces me emborraché. Como quien contiene un dejavú o un acertijo indescifrable pero insultante, solo atiné a sonreír y recobrar la compostura. No vaya a ser que alguno de mis estudiantes me encuentre así, ¡já!

***

En fin, esas fueron las tres situaciones. Un bar que ya no me gusta, otro que sí. Una conversación fluida (y franca) sobre el futuro, un lugar que aún permanece inmundo. Y una racha quebrada por muchas náuseas matutinas. El cigarrillo Inca, regalo de Fernando, sobreviviente de los años setenta, resistió toda la jornada en el bolsillo de mi camisa blanca. En varios momentos me olvidé de él y no sé cómo permaneció sin quebrarse… Hasta la tarde del domingo, en que –vuelto a la vida– empecé a tomar nota de estas ideas (escribir con resaca es una actitud para valientes) y, al cogerlo para observarlo de cerca (pensé en describir su aspecto), se me rompió. Absurdo y descarado. También irónico e inesperado. ¿Acaso debo entender esto como una metáfora de mi alejamiento total de los cigarrillos y el acto de fumar? No lo sé. Pero el quiebre me pareció tan idóneo, que lo fotografié: ahora es la portada de este espacio digital de testimonios.